Que me besen los besos de tu boca (Un poema apasionado)

La poesía amatoria existe y existirá siempre pues nos apasionan ambas cosas: la poesía y el amor. Ejemplos los hay a mares y desde todos los tiempos y lugares del mundo, aun el más recóndito, pero nos detendremos en un poema que llama la atención por su publicación y su estilo.

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La pasión según Sara Gallardo

Un análisis a Eisejuaz, la obra emblemática de la autora, la más exigente y no solo de su bibliografía, se puede decir de toda la literatura argentina. Cercanías y distancias con su contemporánea Clarice Lispector. La experimentación del lenguaje por parte de Sara Gallardo.

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Los monstruos del sacro bosque

Nota explicativa:

Este relato pertenece a una novela aún inédita. Para darle aún más autonomía, dos datos:

  • Los “Bullpento” son unos cuatriciclos eléctricos solares. Disponen de un acumulador de energía dinámico inventado por Leo, uno de los personajes.
  • Los hechos acontecen a partir de la cota máxima del Camino del Pumbo, en la actual provincia argentina de Córdoba.

65…

…los kilómetros transitados, mil ciento diez metros de altura, las cimas cerca de los dos mil, las nueve y treinta de la noche; todos números, como los últimos mil doscientos metros ascendidos (y veinte de pendiente) para llegar a ese rellano; números ascendidos y caminados pues los Bullpento habían llegado al cero de reserva y ellos, los cuatro, casi llegaron al mismo cero. Números, números y más números. Un impass entre los números se produjo cuando Giulietta, echada sobre la hierba de ese rellano para recuperarse un poco del esfuerzo, dijo: Miren las estrellas; y todos miraron, y se maravillaron; y Yaura, que no se había echado sobre la hierba sino que avanzó unos metros más por el camino, dijo: Miren el valle, allá, al otro lado. Lo hicieron, y se volvieron a maravillar: las estrellas arriba, las ciudades abajo. A ver si lo recuerdo dijo Panda fortaleciendo el impass, No, no lo recuerdo, esperen. Fue a su Bullpento, a su morral, tomó una tablilla, leyó: “Siempre he tenido ante mis ojos la imagen de mi pri­mera noche de vuelo en la Argentina; una noche sombría en que centelleaban, como estrellas, las luces dispersas en la llanura”. ¿Quién dijo eso?, preguntó Yaura. Saint de Exupery[1]. ¿El aviador?, preguntó Giulietta. Sí, anduvo por estas tierras. Y lo comentaron, y volvieron a mirar, y se volvieron a maravillar, pero Yaura, Giulietta y Panda pues Leo, quien apenas pispeara las luminarias, se volcó a revisar una y otra vez cada Bullpento, tomando nota (otra vez los números) del consumo de líquido de freno, del depósito de la lubricación, del desgaste de las cubiertas; a cada dato una anotación, números, números y más números. Leo, no olvides poner las alarmas, dijo Panda mientras armaban la carpa. Sí, sí, yo me encargo, respondió, pero siguió tomando nota y revisando los números de los kilómetros andados, los ascendidos, los valores promedios, o sea: más números. ¡Panda!, exclamó en un momento: ¿Apenas dos kilómetros por hora? Con ciento setenta metros fue el promedio de este último tramo, y añadió, mientras preparaban la cena: No olvides las alarmas. Sí, sí, respondió Leo mientras leía algún número más.

Tengo un chiste, dijo Panda metido dentro de su bolsa de dormir: Estaban en parlamento los caciques Paja Brava, Lloriqueo, Nube Pinchada y Casimiro Loquemeo. En medio de las risas Leo preguntó: ¿Y el chiste? Ése es el chiste. Pero un chiste es como un cuento, debe tener introducción, nudo y desenlace. Éste lo tiene, insistió Panda; Introducción: “Estaban en parlam…”. ¡Ya, cállense! dijeron a coro aún riendo Yaura y Giulietta, Vamos a dormir de una vez. Giulietta se dio vuelta, Yaura cumplió con su salvaje costumbre de dormir desnuda y Leo, a medias entre los Bullpento y el día de mañana, miró el resplandor que emitía la tablilla de Panda. ¿Qué lees?, preguntó. Una novela histórica, respondió Panda pasándole por un momento el texto. Mirá esta parte: la descripción del Sacro Bosque con sus colosales rocas; el duque hizo construir en ellas… ¡No! Me corrijo: hizo tallar la piedra haciendo emerger ballenas, elefantes, monstruos, dragones, bestias del tamaño de un edificio. Antes, al mirar las rocas que nos rodean, tuve la sensación de estar allí. ¡Ay, Panda!, exclamó Giulietta, ¡Linda comparación para este lugar! Vamos a dormir, que estamos lejos de los ocho kilómetros por hora de promedio, dijo Yaura cubriendo su naturaleza con el saco de dormir; algo que Panda no pasó por alto. ¿A ver? dijo Leo comenzando a leer.

Y en medio de la serenidad de esa noche, con la sola claridad de la tablilla, observó divertido que Cuerpo de Oso miraba con cierta excitación, cosa que no pasó inadvertida por la dulce Iaguareté, el cuerpo de Luna Brillante, cuerpo que él, Piel de León, vio crecer, ya que juntos, desde muy niños, corretearon, jugaron y acompañaron a los mayores en los largos peregrinajes de caza y pesca, de invernadas y veranadas, recorriendo los suelos agrestes, lujuriosos y esteparios de estas vastedades, habitadas miles de primaveras atrás por sus antepasados. Y que él, Piel de León, de niño, gustaba redondear pequeños maderos y hacerlos correr en las pendientes que de a miles se aparecían en aquellos suelos agrestes, lujuriosos y esteparios; y que un día, él, Piel de León, ya no tan niño, al tener que mover una bestia de gran tamaño bajada por una certera boleada y ultimada por un eficaz lanzazo, no hallaba cómo hacerlo. Entonces, él, Piel de León, perforó por el centro un par de esos “maderos que giran”, ensartó su lanza por ellos, ató unas ramas generando una suerte de plataforma, cargó la bestia y la llevó hasta la toldería, para beneplácito de sí mismo y asombro de los que allí vivaqueaban. Adormecido en esos recuerdos, súbitamente se sintió zamarreado mientras una voz gritaba: ¡Piel de León, Piel de León! ¡Nos atacan las fieras de Orsini! Y vio que Cuerpo de Oso tomaba un leño encendido y se atrevía a enfrentar unas bestias oscuras y bufantes, de colosales cuernos, que ya habían arrasado con parte de lo que habían dejado la noche anterior cerca del mismo fuego que les diera calor, lumbre y grata comida, y que Luna Brillante, que fuera quien le zamarreara, y la dulce Iaguareté intentaban recuperar los mantos, las pieles, los cuchillos de obsidiana, las hachas de piedra, los odres de cuero, los “maderos que giran” que hábilmente ideara él mismo, las hondas y las bolas, comenzadas ya a ser arrojadas contra esas colosales bestias que, a los cielos gracias, al venerable Rastro del Choique gracias, habían sido contenidas por la eficaz reacción de Cuerpo de Oso, que ya estaba saliendo de la caverna portando el chifle y el tambor, el chifle y el tambor…

¡El chifle y el tambor! se dijo y un grito se le atragantó al darse cuenta que donde momentos antes esas bestias habían arrasado a fuerza de coces y cornadas estaban los chifles de Luna Brillante, Iaguareté y el suyo, olvidados por él, obsesionado como lo había estado de revisar sus “maderos que giran”, maravilloso invento que les permitía migrar la patria con más soltura, toda vez que ya las cargas no debían ser soportadas por sus espaldas ni esforzadamente arrastradas en las milenarias rastrilladas. Y un inmenso e insoportable malestar le arrebató cuando recordó que no había puesto las trampas, pese a que Cuerpo de Oso se lo advirtiera mientras cenaban la rica sopa de maíz… Decidido se dirigió hacia la caverna para reingresar en ella y recuperar los chifles del mismo lugar donde las colosales bestias etruscas se empacaban en defender el territorio ocupado. Sin medir peligros trepó la escarpa y ya estaba a pocos pasos de la terrible boca que diseñara el duque giboso cuando un tibio peso lo contuvo, unas tibias palabras lo refrenaron, un amor de hermana le decía “Detente, por favor; no sigas”, y reconoció la voz de Yaura, hermanita querida, que allí, aún semidesnuda, le acariciaba la blonda melena, su espesa barba y repetía su nombre: Leo, Leo, por favor, ven abajo, mientras las voces de Giulietta y Panda gritaban: ¡Bajen pronto, bajen pronto! ¡Las baterías, Las baterías!, decía una y otra vez mientras Panda le acercaba un poco de agua, Giulietta lo abrazaba y Yaura, al fin, se vestía. ¡Las baterías! ¡Las alarmas!, seguía lamentándose mientras algo desayunaban a la luz del amanecer y a la espera de que los Bullpento se nutrieran de la energía del sol. Yaura reaccionó preocupada al ver su rostro enrojecido por la desesperación: Nos vamos a arreglar igual. Está completo el equipo de Panda y está el transmisor general, le dijo para aliviarlo; Con sólo mantenernos en pareja la posibilidad de comunicarnos entre los cuatro y el exterior no se pierde, intervino Panda, agregando: No te des manija por lo de las alarmas. Te lo dije, es cierto, pero si pienso en todas las macanas que me mando yo… Pero Leo no salía de la suya. Los Bullpento se alistaron y reiniciaron la Travesía, tratando Yaura, Panda y Giulietta que las cosas sean agradables; vano intento de que el barbado amigo se sobreponga porque para Leo la Travesía se había convertido en una pesadilla, en una sucesiva aparición de imágenes, en un confuso discurso interior en el que se mezclaban la pérdida de las baterías y su omisión de instalar las alarmas con la estampa de las colosales bestias, en medio de ese Sacro Bosque colmado de gigantescas rocas con forma de elefantes cornudos, ballenas de siete patas, dragones peludos y él en medio, en busca de los necesarios chifles, pues, sin ellos, ¿cómo se comunicarían? Y cómo explico, cómo justifico que fue por mi culpa. Y tras esa curva una roca se le semejaba una arpía, la rama de un árbol una serpiente, la brisa de la mañana el rebufo de las bestias de Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo, el creador del Sacro Bosque, cuyo horóscopo auguraba eternidad; que así lo sería, puesto que “murió esa noche de marzo de 1572 en que yo, tumbado sobre la mesa de la boca del infierno, sentí el frío de la piedra contra mi cara”[2], y que estaba aquí, cinco siglos después y al otro lado del mundo para sentir el frío de la piedra y el mismísimo infierno, ya no en mi cara sino en lo más profundo de mi ser…

¡Bajada!, gritó Panda sacando a Leo de tan estrafalarias conversaciones interiores. ¡Tengo una idea!, retumbaron los auriculares del casco. Una apuesta: los varones contra las mujeres, el que llega primero a este punto, y señaló en el mapa que se desplegaba en los visores de cada uno de los cuatro, hoy no cocina. Mientras Panda, Yaura y Giulietta discutían los pormenores de la apuesta, Leo se acercó y, medianamente interesado, dejó hacer, y los dejó partir. Tan cierta fue la apuesta que de pronto se halló en medio del roquedal que le intimidaba, y así sea por la apuesta o por la intimidación se lanzó también, dejando que su Bullpento obedezca su poca pericia conductiva, temiendo algún golpe contra la montaña o, peor, que se desbarranque y su máquina se destroce; y recordó que Panda es un temerario, quién sabe qué haría con su Bullpento, o Yaura, o la misma Giulietta, que poca práctica había tenido en conducir esos vehículos; y así, discurriendo un nuevo coloquio interior, bajó y bajó, doblando a derechas y a izquierdas, pasando cerca de la pared de filosas rocas o del borde del despeñadero y, de pronto, al mirar la velocidad, se asombró hallarse cercano a los setenta kilómetros por hora, velocidad en recta que un mes atrás Panda lograra; pero al recordar el estado en el que había quedado el Esperpento se le helaron las venas. Sin embargo, el “setenta y uno” que acusaba su visor le hizo crecer la sensación de proeza y así, un tanto subyugado por lo que estaba haciendo, llegó casi sin darse cuenta al lugar un tanto llano en el que Panda y Yaura discutían, ¿cuándo no?, que ganamos nosotras pues llegamos primero, que sí pero yo llegué primero, que no, que eso es trampa, y Leo los dejó, aún agitado de su propia hazaña, que discutan esos dos y se puso a mirar su Bullpento mientras Giulietta se le acercaba, y entre los dos comenzaron a mirar la grabación de la bajada para intentar dar corte a la discusión; entonces el visor arrojó un singular dato, en ese mismo lugar en el que Leo sintió la pared de filosas rocas tan cerca y el despeñadero a un paso de su Bullpento, y un “¡Oh!” exclamó Giulietta y mudo quedó Leo no pudiendo creer lo que estaba viendo. Giulietta llamó a Panda, que seguía discutiendo con Yaura (¡cuándo no!) y los hizo callar, y así pudieron todos ver el dato que Leo no podía creer: “v: 92,065 km/h”. Un número más, es verdad, pero que sacó a Leo de su entuerto: la apuesta se olvidó y Panda fue felicitado, pero, a poco y sin decir nada, los tres miraron al barbado amigo y hermano y lo abrazaron.

Por un momento recordó los toros, los “monstruos de Bomarzo” y, claro, su error: Tanto preocuparme por los números y no vi lo más importante. Pero, cosa extraña, primera vez que lo llamó “error” y, cosa extraña, ya no sentía que lo ahogaban esos monstruos y todos los desvaríos que leyera en la novela. Miró el paisaje, volvió la vista hacia aquellas cumbres que guardarían las peores imágenes de su vida. Miró a Yaura… “Luna Brillante”, recordó sonriendo.

—Necesito contarles algo —dijo.

—¿Qué?

—Un sueño muy extraño que tuve anoche.


[1] En Tierra de hombres.

[2] En Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez.

Vidas paralelas

Desde un comienzo el ser humano imaginó dioses, espíritus y demás, tal vez para cubrir esa sensación de soledad ante el universo, pero debió llegar la Ciencia Ficción para que que el propio ser humanos los “fabrique”. Y así se hicieron presentes robots, androides o lo que la creatividad (bendito atributo literario) imagine.
Abordamos el tema bajo la mirada de dos autores: Isaac Asimov y Rosa Montero.

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El aleph de Héctor Oesterheld

La reciente publicación de una Antología permite conocer cuentos inéditos de Héctor Oesterheld, a la vez que nos acerca su profesión de escritor por sobre la de guionista.
Entre esos cuentos, unos nos lleva a relacionar su creatividad con el emblemático cuento “El Aleph” de Jorge Luis Borges.
Al final, a modo de apéndice, una mirada a toda la Antología.

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Shylock, el buitre de Shakespeare

Se afirma que la dramaturgia de William Shakespeare ahonda en las psicologías de los personajes, un carácter que pronostica la teoría de Sigmund Freud[1]. Hay otra característica anticipatoria, de algo que sería realidad recién en el siglo XX, la cinematografía. Aun respetuoso de la cronología de los hechos, varias de sus obras saltan de acto en acto y de escena en escena de un lugar a otro y de unos personajes a otros. El hecho de que fuese el propio Shakespeare quien dirigía la puesta le permitía resolver los cambios escénicos in situ, detalle que explica por qué en sus textos no aparece prácticamente ninguna didascalia. Hoy es la cinematografía la que nos cambia de lugar y de clima emocional sin solución de continuidad. Llama poderosamente la atención que en aquel teatro del siglo XVI se lograra esa dinámica pues la tramoya era otra[2].

Shylock1Esta característica se nota muy bien en el “El mercader de Venecia”, donde los cambios son abruptos: de una calle de Venecia vamos a un palacio en Belmont, del diálogo entre los amigos de Antonio a los de Bassanio y Shylock, del clima casi bélico que propone el judío al romántico de los pretendientes de Porcia. Pero además, si no es suficiente esta suma de características (psicología de los personajes, dinámica de las escenas), “El mercader de Venecia” consta de dos relatos paralelos: uno, inicio y cierre de la comedia, los idilios entre Porcia y Bassanio, Nerissa y Graciano, Jessica y Lorenzo; y otro, y objeto de este ensayo, el contrato entre Antonio y Shylock.

Bassanio recurre a Antonio por un préstamo. Como el mercader tiene su capital en barcos por diversos lugares del mundo, le aconseja solicite un crédito que él le sale de garante. Hace su aparición Shylock, a quien Bassanio pide tres mil ducados por tres meses. Shylock acepta al saber que es Antonio el garante, de quien piensa:

¡Qué fisonomía semejante a un hipócrita publicano! Le odio porque es cristiano, pero mucho más todavía porque, en su baja simplicidad, presta dinero gratis y hace así descender la tasa de la usura en Venecia. Si alguna vez puedo sentarle la mano en los riñones, satisfaré por completo el antiguo rencor que siento hacia él. Odia a nuestra santa nación, y hasta en el lugar donde se reúnen los mercaderes se mofa de mí, de mis negocios y de mi ganancia legítimamente adquirida, que él llama usura. Maldita sea mi tribu si le perdono.[3]

Shylock y Antonio, en adelante acreedor y deudor, llegan a un acuerdo, pero un extraño acuerdo:

…a manera de broma será estipulado que, si no pagáis tal día, en tal lugar, la suma o las sumas convenidas, la penalidad consistirá en una libra exacta de vuestra hermosa carne, que podrá ser escogida y cortada de no importa qué parte de vuestro cuerpo que me plazca.

Bassanio se niega a que Antonio acepte semejante punitorio. Antonio lo tranquiliza: en dos meses, uno antes del vencimiento, su barcos le traerán “tres veces el triple” de los tres mil ducados.

Dos calamidades, una singular, la otra fatídica, sucederán a lo largo de esos tres meses. Jessica, hija de Shylock, se va (literalmente huye) de su casa para casarse con Lorenzo, un cristiano, llevándose joyas y dinero como una suerte de dote. La segunda calamidad: los barcos de Antonio encallan, chocan con los arrecifes, se hunden. Ante estas dos calamidades interesa lo que Shakespeare construye para Shylock:

Shylock2SHYLOCK. —¡Hola, Túbal! ¿Qué noticias hay de Geno­va? ¿Has hallado a mi hija?

TÚBAL. —He parado en más de un lugar donde se habla de ella, pero no he podido encontrarla.

SHYLOCK. —¡Oh, ay, ay, ay! ¡Un diamante perdido que me había costado dos mil ducados en Francfort! La maldición no había nunca caído sobre nuestro pueblo hasta la fecha; yo no la había sentido jamás hasta hoy. ¡Dos mil ducados perdidos con ese diamante, y otras preciadas, muy preciadas alhajas! Quisiera que mi hija estuviese muerta a mis plantas, con las joyas en sus orejas; quisiera que estuviese enterrada a mis pies, con los ducados en su féretro. ¿Ninguna noticia de los fugitivos? No, ninguna. Y no sé cuánto dinero gastado en pesquisas. ¡Ah! ¿Ves tú? ¡Pérdida sobre pérdida! ¡El ladrón ha partido con tanto, y ha sido necesario dar tanto para encontrar al ladrón y ninguna satisfacción, ninguna venganza, ninguna mala suerte para otras espaldas que estas mías, ningunos otros suspiros que los que yo lanzo, ningunas otras lágrimas que las que yo vierto!

TÚBAL. —¡Sí, otros hombres tienen también su mala suerte! Antonio, por lo que he sabido en Génova…

SHYLOCK. —¿Qué, qué, qué? ¿Una desgracia? ¿Una desgracia?

TÚBAL. —Ha perdido un galeón que venía de Trípoli.[4]

SHYLOCK. —¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! ¿Es verdad?

TÚBAL. —He hablado con algunos de los marineros que han escapado del naufragio.

SHYLOCK. —Te doy las gracias, mi buen Túbal. ¡Buenas noticias! ¡Buenas noticias! ¡Ja, ja! ¿Dónde fue eso? ¿En Génova?

TÚBAL. —Vuestra hija ha gastado en Génova, según he oído decir, ochenta ducados en una noche.

SHYLOCK. —Me hundes un puñal en el corazón; no volveré a ver más mi oro. ¡Ochenta ducados de una sola vez! ¡Ochenta ducados!

TÚBAL. —Han venido en mi compañía, camino de Venecia, diversos acreedores de Antonio, que juraban que no podría evitar la bancarrota.

SHYLOCK. —Me alegro mucho de eso; le haré padecer, le torturaré. Estoy gozoso.

TÚBAL. —Uno de esos acreedores me ha enseñado un anillo que había recibido de vuestra hija a cambio de un mono.

SHYLOCK. —¡Maldita sea! Me atormentas, Túbal. Era mi turquesa. La adquirí de Leah cuando era muchacho; no la habría dado por todo un desierto lleno de monos.

TÚBAL. —Pero Antonio está ciertamente arruinado.

SHYLOCK. —Sí, sí, es verdad; es muy cierto. Anda Túbal; tenme a sueldo un corchete; prevenle con quince días de anticipación. Si no está puntual en el día fijado, quiero tener su corazón; porque, una vez [Antonio] fuera de Venecia podré hacer todo el negocio que se me antoje.

Ante la caída del contrato y la inminencia del juicio, dos significativas escenas:

SALARINO. —¡Bah! Estoy seguro de que si no está en regla, no le tomarás su carne. ¿Para qué sería buena?

SHYLOCK. —Para cebar a los peces. Alimentará mi venganza, si no puede servir para nada mejor.

(…)

SALARINO. —Estoy seguro de que el Dux no otorgará jamás la ejecución de ese contrato.

ANTONIO. —El Dux no puede impedir a la ley que siga su curso, a causa de las garantías comerciales que los extranjeros encuentran cerca de nosotros en Venecia; suspender la ley sería atentar contra la justicia del Estado, puesto que el comercio y la riqueza de la ciudad dependen de todas las naciones.

En Belmont, Bassanio informa las novedades a Porcia quien, alarmada, junto con su doncella Nerissa, instan a sus prometidos formalizar los matrimonios pero que la noche nupcial se demore hasta la solución del pleito entre Antonio y Shylock, y les instan a que partan inmediatamente a Venecia para ayudar al amigo en apuros. Mientras, algo conviene con Nerissa.

Tribunal de Justicia. Preside el Dux, máxima autoridad de Venecia. Comparecen las partes; asisten otros notables y amigos de Antonio. La solicitud de convertir la multa estipulada en el contrato por otro resarcimiento surge tanto del Dux como de los demás asistentes. Shylock exige se ejecute lo convenido en el contrato y les recuerda a todos que no se puede desdecir la ley sin perjudicar el sistema jurídico de Venecia. Las cartas están echadas y Antonio pide se lleve adelante lo que corresponda, esto es, quitarle una libra de carne de su cuerpo. Ya nada ni nadie puede evitar lo inevitable.

En ese momento hacen su aparición dos jóvenes, uno un abogado, otro su auxiliar (Porcia y Nerissa debidamente disimulados), enviados por el doctor Belanio, un notable jurisconsulto de Padua y primo de Porcia. Es aceptada la intervención por el Dux. Se suceden una serie de intercambios entre el abogado y Shylock, incluyendo que el demandante acepte un resarcimiento en dinero (oferta que llega a varias veces el valor original) a cambio de la cláusula firmada en el contrato. Shylock se niega reiterando su amenaza sobre la situación jurídica de Venecia. Pregunta el abogado a Shylock si previó un cirujano para la salvaguarda de la vida del deudor. “¿Figura eso en el contrato?” pregunta Shylock. Una última pregunta, si renuncia a toda otra oferta que no sea lo pactado en el contrato, a lo que Shylock responde: “¡Que mis acciones caigan sobre mi cabeza! Exijo la ley, la ejecución de la cláusula penal y lo convenido en mi documento”. Cerrada la discusión, el abogado anuncia que ya es momento de llevar adelante la ejecución. Shylock se regodea alabando al letrado como un notabilísimo juez, pero éste produce un giro generando el desenlace de esta parte de la comedia:

PORCIA [En la apariencia del joven abogado]. —…podéis cortar esa carne de su pecho. La ley lo permite y el tribunal os lo autoriza.

SHYLOCK. —¡Doctísimo juez! ¡He ahí una sentencia! ¡Vamos, preparaos!

PORCIA. —Detente un instante: hay todavía alguna otra cosa que decir. Este pagaré no te concede una gota de sangre. Las palabras formales son éstas: una libra de carne. Toma, pues, lo que te concede el documento: toma tu libra de carne. Pero si al cortarla te ocurre verter una gota de sangre, tus tierras y tus bienes, según las leyes de Venecia, serán confiscadas en beneficio del Estado de Venecia.

SHYLOCK. —¿Es ésa la ley?

PORCIA. —Verás tú mismo el texto; pues ya que pides justicia, ten por seguro que la obtendrás, más de lo que deseas.

SHYLOCK. —Acepto su ofrecimiento entonces: págue­me tres veces el valor del pagaré y déjese marchar al cristiano.

BASSANIO. —Aquí está el dinero.

PORCIA. —¡Despacio! El judío tendrá toda su justicia. ¡Despacio! Nada de prisas. No tendrás nada más que la ejecución de las cláusulas penales estipuladas. (…) ¿Por qué os detenéis?

SHYLOCK. —Dadme mi principal y dejadme partir.

PORCIA. —Lo ha rehusado en pleno tribunal. Obtendrá justicia estricta y lo que le conceda su pagaré.

SHYLOCK. —¿No conseguiré pura y simplemente mi principal?

PORCIA. —No tendrás sino la retractación estipulada para que a tu riesgo la tomes.

Las consecuencias para Shylock son peores: pierde todos sus bienes. Tanto que Graciano le advierte: “Suplica que te den permiso para ahorcar­te en persona; sin embargo, como todas tus riquezas están confiscadas en provecho del Estado, no te queda el valor de una cuerda; por tanto, debes ser ahorcado a expensas del Estado”.

Shylock3Hasta aquí lo esencial. Una observación: Shakespeare deja mal parado al pueblo judío; por qué razón lo hace, no lo sabemos, más allá de la fama que se le atribuye a ese pueblo, pero elige a Shylock, un judío, como arquetipo del usurero. Podría haber elegido a otro (un turco, un holandés, por qué no a un inglés) pero su decisión fue esa. Hecha esta salvedad, vamos a lo que rescatamos como significativo de “El mercader de Venecia”.

Si se ha elegido esta parte de la obra, el pleito entre Shylock y Antonio, se debe a la actualidad de lo que Shakespeare denuncia: el criterio a aplicar en el momento de concretar un préstamo en dinero o el manejo que se hace de ello. Para ello pone frente a frente (también frente al Estado y la Ley), a quien presta por el bien del otro (Antonio) y a quien lo hace para beneficio propio (Shylock). La obra recurre a hechos “casuales” pero necesarios: Bassiano necesita dinero, Antonio no se lo puede prestar pero le sale de garante. Shylock, que odia a Antonio porque le entorpece el negocio, resulta el prestamista. Surge el contrato con una cláusula extraña (la libra de carne). Pareciera que ambos, Shylock y Antonio, apuestan: el mercader confiando en sus barcos, el judío por lo contrario, y nadie podía predecir la catástrofe de los barcos de Antonio. Todo es azaroso hasta que las calamidades acontecen y aparece el verdadero Shylock, el codicioso, al punto de no llorar la pérdida de su hija sino de sus bienes y de regocijarse por la bancarrota de Antonio.

El juicio es el centro de la historia. Shylock sabe que la ley lo ampara (todo acuerdo entre partes lo es), rehúsa el dinero y exige el cumplimiento de la cláusula (no olvidemos que su objetivo es: una vez Antonio fuera de Venecia, esto es, muerto, podrá seguir con su usura sin que nadie lo moleste) advirtiendo sobre la seguridad jurídica de Venecia, algo que bien sabía Antonio. Obsérvese que Shakespeare se detiene en esta circunstancia, es bastante explícito al hacer notar que el Dux (el Estado) nada puede hacer, dejando en el desamparo al deudor porque es más importante la seguridad jurídica del país. Pero el juicio revierte todas las expectativas y el final es “feliz”: el contrato será ley, pero está por debajo del Derecho; si la ejecución de la cláusula arrastra consecuencias no contempladas por el contrato (la sangre) y habiendo el acreedor renunciado a todo otro resarcimiento, será responsable de dichas consecuencias. Es verdad que debieron construirse una serie de artificios literarios para llegar a este final, pero importan el enfrentamiento entre quien presta por bien de otro ante quien lo hace para beneficio propio, y el examen ya no de la ley explícita sino de su espíritu, algo que quien hace de juez (Porcia) logra y demuestra.

“El mercader de Venecia” fue escrita en 1598 y publicada en 1600. Estamos en los inicios del Capitalismo y su arma, la Economía de Mercado.[5] Antonio, aun siendo un resabio del señor feudal, es mercader, por lo tanto participa de esa metodología económica, pero lo hace con bienes tangibles. Shylock no, lo hace con dinero, un bien intangible. Ambos pueden o no especular con sus bienes. Hasta donde sabemos, Antonio no lo hace con su dinero, presta sin interés. Shylock practica la usura.[6]

La práctica mercantil existió desde siempre (comenzó con el trueque) y seguirá existiendo, es una manera de satisfacer las necesidades. El dinero también es de larga data, al principio con objetos, luego en metálico, al fin el papel moneda. Ha sido un gran invento. Tanto el Mercado como el dinero son necesarios. El problema es la especulación. Ya Antonio es arquetipo de quien opera con bienes tangibles, surgidos de la producción o, en el más sencillo de los casos, de la extracción; Shylock obtiene ganancia de lo que no produce y comete uno de los más grandes yerros económicos: convertir el dinero en objeto de mercado cuando sólo es medio para permitir las transacciones. Las funciones de banquero, prestamista, financista o inversor caben perfectamente en Shylock. Los bancos son necesarios, alguien debe favorecer financieramente a la producción de bienes, pero el término “inversor” cambia un poco, o tal vez mucho, el horizonte. Ya no se presta para bien del otro, quien producirá o satisfará sus necesidades, sino que el objeto del dinero es el beneficio de quien presta, sin importar qué suceda del otro lado de la transacción. Más aùn cuando el beneficio es a costa de la desgracia del otro; una total deshumanización de la economía y la producción.

Tempranamente, en los inicios de capitalismo, William Shakespeare no solo lo vio sino que denuncia en su comedia la usura, la rigidez de las leyes y la amenaza de su desobediencia (esto “espanta a los inversores”), la actitud agresiva de quien teme por su negocio, la actitud hipócrita de ir adelante sin medir las consecuencias, la pasividad del Estado, o al menos su inoperancia, y, al fin, exalta la lectura del juez que ve lo que no está escrito en el contrato pero que surge del mismo. Y todo esto en los albores del Capitalismo…[7] ¿Otra anticipación por parte de Shakespeare?


[1] Harold Bloom, además de ubicar a Shakespeare en el centro del canon, afirma que la investigación de Freud es reflejo de lo que ya delineara el dramaturgo por medio de sus tragedias.

[2] Bertolt Brecht es el ejemplo de técnicas escénicas complejas, pero qué hubiera podido en tiempoa de Shakespeare.

[3] El texto de la obra segùn traducciòn de Luis Astrana Martín y Manuel Mujica Lainez. William Shakespeare, Teatro, Poesía; Círculo de lectores, Barcelona, 1982.

[4] Túbal habla del barco en Trípoli, pero en Venecia van sabiendo que no es el único.

[5] Existe una hipótesis, aún no estudiada en Economía, que asegura que el surgimiento del Capitalismo se debió en buena medida por todo el oro y la plata que Europa extrajo de América. De no haber sido así, tal vez los acontecimientos habrían sido otros.

[6] Debemos aquí aclarar qué es usura y su devenir en la historia. En su acepción original, usura es el interés que se obtiene por el préstamo; con el tiempo se aplicó para cuando el interés es mayor a una media aceptada socialmente. Fue combatida por la antigua India, por Roma y prohibida en la Edad Media. Es criticada en textos como el Antiguo Testamento, el Talmud, el Corán y los Vedas. El Cristianismo lo objeta en gran parte de su doctrina, pero, si bien Lutero y Calvino no están de acuerdo con la usura, es tras la Reforma que las sociedades occidentales comienzan a practicarla con mayor liberalidad.

[7] A medida que pasó el tiempo la Literatura se hizo cargo de este flagelo. Cabe citar dos obras: “Crimen y castigo”, de F. Dostoievsky (la razón del crimen es una usurera), y “La ópera de los tres peniques”, de B. Bretch, que no precisa comentario alguno.

Hipótesis de una historia sin fin

Hay hechos históricos que se convierten en divisoria de aguas: la más o menos reciente caída del muro de Berlín, la antigua de Cartago o el grito de “¡Tierra!” en el amanecer de 12 de octubre de 1492; algunos son inescrutables, como la aparición del habla, y otros son fantásticos, como el encuentro de Moisés y su Dios en el Sinaí. Si bien siempre ha sido de sumo interés para los investigadores escudriñar los hitos de la historia, el de Moisés es mirado con cierta indulgencia por la ciencia, prefiriendo asignar a Hammurabi el origen de la jurisprudencia. Aun así, el famosísimo “No matarás” es un indicio de que la Humanidad, con intervención divina o sin ella, intentaba salir de la animalidad. ¿Lo hemos logrado? No lo sé. Ese mismo pueblo no ocupó Canaán precisamente por medio del diálogo, y así seguimos. Pero no es de esto de lo que trata este Ensayo sino de Moisés y su encuentro con el milagro en el Sinaí.

Qué decir de este hombre que vagó por cuarenta años con su pueblo por el desierto siguiendo, dice la leyenda, una fantasmagórica luz por la noche y una columna de humo durante el día. Menos mal que aparecieron las codornices y esa sustancia mágica, el maná, probablemente el tereniabín, porque su pena no habría sido ver pero no pisar la Tierra Prometida sino ser víctima de la antropofagia. Si incluyo este relato es porque la leyenda, hija de la tradición oral, esa etapa previa a la escritura, fue, es y será fuente de información; imperfecta, por cierto, pero fuente al fin. Pero ya es hora de abandonarla e ir a los últimos hallazgos.

En diciembre de 1997 los arqueólogos de Bagdad, luego mudados a Beirut por ciertas cuestiones entre Sadamm, George W. y el resto, hallaron en unas cuevas unas tablillas de arcilla con inscripciones cuneiformes. La datación del Carbono-14 las ubican unos cuatro mil años antes de nuestra era. Las inscripciones fueron escaneadas y sus facsímiles llegaron a la Universidad en la que me desempeño, la de Tres de Febrero. Con ese material se abocó un equipo a un análisis comparado de las lenguas, sin sospechar que otro dato echaría luz sobre lo que no esperaban hallar, puesto que el estudio era de análisis de lenguas y no sus contenidos.

Cierta noche, el radiotelescopio de Pampa del Leoncito captó una secuencia de ondas hertzianas que obedecía a un patrón de emisión. Para que se entienda: ruido llega desde todos los lugares del universo, pero que éste deje de serlo y pase a obedecer a una secuencia es la delicia de los radioastrónomos. Uno de ellos, Luis Benavente, a las once de la noche del 17 de febrero de 2006 captó y grabó una continuidad de treinta y dos segundos y veintiún centésimas. Este hecho se repitió durante las siguientes seis horas con un intervalo de veinte minutos, pero, por más que Benavente y sus colaboradores permanecieron a la escucha los días y las noches siguientes, no volvieron a captarla hasta el año siguiente, más o menos en el mismo día, llegando a la conclusión de que la posición de nuestro planeta era el que permitía captar la secuencia emitida desde un lugar determinado del Universo. Al observarse que el mismo coincidía con la ubicación de Marte se dispararon todas las conjeturas imaginables, incluyendo que se trataba de un mensaje enviado por marcianos y resolviendo la existencia de vida extraterrestre en el barrio vecino, pero no, el paso de Marte era casual y la emisión provenía de más lejos, de mucho más lejos, casi desde el borde del Sistema Solar interior, esto es, más allá de la órbita de Urano desde que Plutón perdiera su jerarquía de planeta.

Los dos hechos, las tablillas halladas en Iraq y las secuencias captadas por Benavente, que pasaron a llamarse justamente Secuencias Benavente, no se hubieran conjugado sin la oportuna participación de Giorda Lurda. Este buen señor no es arqueólogo ni es astrofísico; estudió filosofía sin graduarse pero es un pensador hecho y derecho. Y me atengo a afirmar esto último puesto que Lurda no atiende las especulaciones lógicas a las que es tan proclive la Filosofía sino a las intuitivas; algún día la universidad le dará el título honoris causa. Cuestión que en cierta oportunidad se hallaba merodeando la Universidad, siempre en busca de nuevos conocimientos, y observó que Miriam Rodríguez, una jovencita que estudia Lingüística, estaba leyendo los facsímiles enviados desde Beirut. Lurda le preguntó qué era y Miriam le explicó. Dos horas estuvo escuchando y leyendo. Otro día, pocos después, hizo lo mismo por la Biblioteca, donde acababan de recibir un paper desde la Universidad de Cuyo en el que minuciosamente se exponían los hallazgos, estudios y conclusiones de las Secuencias Benavente. Curioso como el que más, Lurda pidió a ambos departamentos unas copias de sendos trabajos. Conociéndolo, se las proveyeron, y se fue feliz a su casa, feliz de disponer de tanto material novedoso, material que iría a parar a la pila que tiene esa casa tan desordenada y ecléctica como su dueño, pero que esa vez no quedó en la pila y le provocaría en esa misma noche, tras una deleitada cerveza, un cigarrillo y mirando las estrellas desde la ventana de su sala, un presentimiento.

Al día siguiente pidió al rector una reunión académica en el aula magna de la Universidad. Intrigado por la convocatoria asistimos la mayoría, dado que cuando Lurda habla podemos encontrarnos con la más descabellada de las conjeturas como la mayor de las clarividencias. Lejos estaba yo de imaginar que iría a tratar sobre una de las más antiguas. Para la exposición convocó a nuestra joven amiga, Miriam Rodríguez, quien nerviosa pero eficientemente (para ello, al verla temerosa, la había entrenado el mismo Lurda) explicó que el contenido de las tablillas constaba de diez enunciados y que leídos sin pausa considerable podían consumir más o menos medio minuto de parlamento. También convocó a Luis Benavente, quien, sin temor alguno y con un poco de egolatría, demostró que las secuencias recibidas en Pampa del Leoncito es probablemente un mensaje, que consta de diez partes y, ya era sabido, que el tiempo era de poco más de medio minuto. Los asistentes preguntamos si podían decir cuáles eran los contenidos; Benavente sugirió que podría tratarse de un encriptamiento de lenguaje matemático; Rodríguez que podría ser de un lenguaje escrito; y que, una coincidencia que se dilucidó en ese momento entre ambos, las estructuras, en caso de tratarse de lenguaje escrito, tenían similitud a la raíz indoeuropea, desechando todo origen extraterrestre. Puedo decir que fue grande el interés que reinó en la sala ante tantas coincidencias. Entonces habló Giorda Lurda.

—Seré breve —dijo, y todos se lo agradecieron—. Nos hallamos ante algo que atrae al investigador y por ello esta reunión. Todos lo somos y ruego al señor rector organice el estudio y su publicación, y que todos ustedes pongan al servicio de este enigma, porque lo es, todos sus medios y conocimientos para esclarecerlo. Yo tengo una hipótesis —y miró a la audiencia—. Me la van a objetar, pero no me la van a refutar hasta tanto me demuestren lo contrario: este mensaje es el que recibió Moisés en el Sinaí y fue emitido por uno o más seres humanos, que un día partieron de la Tierra en un viaje interplanetario que demoró más de lo previsto y que al retornar se encontraron con un planeta intentando salir de una barbarie en la que había caído. En él no podían vivir, o mejor dicho convivir, y debieron apartarse, pero eso no evitó que entreguen sus saberes, los primordiales, a los más despiertos —en este momento la mayoría sonreía benévolamente los disparates que escuchaban, algunos meneaban sus cabezas—. Las Secuencias Benavente, emisión que está rebotando en el espacio desde hace, al menos, seis a ocho mil años, podría ser lo que escuchó Moisés y que él creyó como voz de Dios, algo mantenido por la tradición oral; y las tablillas son el registro primero de ese acontecimiento, o tal vez uno de ellos.

Se detuvo. Miró al rector, a Miriam, a Benavente y a la audiencia, que ya no sabía si permanecer en la sala, y agregó:

—Sé bien que van a resistir mi hipótesis, pero demuestren fundamentadamente lo contrario. Entretanto, invítenme con una buena cerveza. La ocasión lo amerita.

Yo no sé si fue esta última ocurrencia o porque es conocido por sus insólitas propuestas, lo cierto es que fue aplaudido y felicitado. Lógicamente vino la cerveza, pero también lo hizo Miriam Rodríguez, deseosa de hablarle: “Señor, yo no sé si lo que usted dijo puede ser cierto, habrá que averiguarlo, y para ello muy bien lo que acaba de hacer, esta reunión, pero debo agradecerle por mí. No sólo me dio más seguridad, también me dio una clave: todo es posible”, y dándole un beso se fue muy presurosa. Yo me quedé al lado de Lurda mientras conversaba con Benavente, el rector y otros académicos. La respuesta de mínima en general era que su hipótesis era muy arriesgada (omito por pudor ciertos calificativos empleados por algunos colegas). Giorda Lurda fue directo: “Lo que tenía que decir ya lo dije, ahora le toca a ustedes”.

Pasados tres años el impulso inicial menguó, pese a que la investigación se había extendido a doce universidades por el mundo. Miriam Rodríguez se fue a trabajar a la UNAM, algo que me alegró, y cada tanto le manda un correo a Lurda preguntando por su salud y cómo van las cosas. Pasados tres años casi siempre le responde lo mismo: “Todavía no me refutaron la hipótesis, aunque tampoco aparece la comprobación”. Tal parece que la comprobación no aparecerá. Según las últimas conclusiones las tablillas no contienen los Diez Mandamientos sino el registro de una serie de transacciones de granos de cebada entre dos pueblos precaldeos, y la estructura de las Secuencias Benavente no es del lenguaje matemático sino del escrito, pero cercana a la gramática latina, una lengua que no existía en tiempos de Moisés. Todo lleva a que no hay relación alguna entre lo descubierto en Iraq, lo captado en San Juan y lo que cuenta la leyenda del Sinaí. Giorda Lurda lo tomó de manera pensativa, tal vez meditando con una cerveza parecida a la que se confeccionara con la cebada registrada en las tablillas con escritura cuneiforme. El otro que quedó pensativo y encerrado en cierto mutismo fue Luis Benavente, toda vez que dejó de recibir aquellas secuencias de ondas hertzianas. Pasados esos tres años la investigación cayó en un estancamiento, a tal grado que algunos gabinetes de las otras universidades comenzaron a archivar los estudios realizados y dedicarse a otra cosa. Hasta que apareció un niño.

Giorda Lurda tenía en su casa unas copias de lo hallado en Iraq enchinchadas en una pared de su escritorio y el niño las vio. “¿Qué es esto, tío?”, le preguntó, y el tío le explicó. El niño se quedó mirando, a las copias, claro, tal vez con la percepción de Champollion, tal vez con la de massa Legrand, el de Poe, pero más que nada con la percepción de un niño, y dijo: “Parece un juego”. Un juego, un juego… pensó Giorda Lurda.

—¡Jabberwocky! —exclamó recordando cierta jerigonza.

—¿Qué? —preguntó el sobrino

Pero el tío, lejos de responder, buscó un disco, lo puso en la lectora y dijo:

—Escuchá —y el sobrino escuchó.

—Para la música soy malo.

—¿Música? Lo que escichás es lo que supuse estaba escrito allí.

—¡Nooo! Qué va, ni ahí.

—¿No?

—No… Bah, no sé. ¿Y si es? A ver, dejame escuchar otra vez… Sí, parece un juego, como el que jode mi hermanita que le enseñan en el Jardín.

—¿QUÉ? —preguntó el tío.

Otra vez debimos reunirnos en el Aula Magna de la Universidad. Otra vez a la espera de qué cosa extraña nos iría a proponer Giorda Lurda. Y era extraña, pero inteligente una vez que entendimos qué era lo que había pasado en el diálogo entre tío y sobrino. La propuesta, debidamente presentada, fue enviada a las universidades que estudiaban el caso. Al principio fue bastante resistida pero ciertos ámbitos, los más jóvenes, la aprobaron, y los académicos, los más viejos, pensaron que un poco de ejercitación en cuanto a metodicidad no era perjudicial sino todo lo contrario. Tras varios intercambios se definió el procedimiento y comenzó la experimentación. Cómo sería ésta que cierta tarde Giorda Lurda recibió un llamado telefónico desde México. Era Miriam Rodríguez preguntando cómo era eso de hacer leer las inscripciones cuneiformes y escuchar las Secuencias Benavente a todos los niños de entre tres y diez años, en todas las escuelas, y que luego los docentes sólo tomen nota de qué es lo que dicen esos niños. Giorda Lurda le respondió:

—No sé, pero si en tan solo cinco minutos mi sobrino me hizo despertar una idea, imaginate lo que pueden despertar cientos de miles de niños.

—Maestro —le respondió Miriam—, perdóneme lo que le voy a decir, pero ¡qué familia la suya!

Los resultados son dispares, las conclusiones son dispares. Algunos, como Benavente, acusan a la investigación de muy poco seria mientras otros sostienen que quizá se haya tratado de la investigación conjunta más seria desde que existe el pensamiento científico. Tengo ante mí el texto definitivo e hipotético. Definitivo porque es la síntesis de todas las respuestas, casi un millón de niños; si de muestreo se trata, éste fue muy cumplimentado. E hipotético porque nadie, hasta el más acérrimo defensor de la propuesta, se atreve a decir que tanto las Secuencias Benavente como las tablillas de arcilla dicen exactamente eso. Pero es sugestivo:

Dice el tuerto voy al puerto

y la Luna ay qué hambruna.

Sale el Sol sin color,

las estrellas todas ellas

brilla apaga sin cesar.

Va la nube baja sube

Y la lluvia mojará

al que viene o se aleja

cuál será la moraleja.

Nada dice si estos versículos tienen relación con el Decálogo de Moisés, tampoco si fue, es o sería recibido por cultura alguna motivando su humanización. Aquellas certezas anunciadas al principio seguirán más o menos en las mismas certezas e imprecisiones, pero algo nuevo (¿o quizá nada nuevo?) apareció en las sociedades modernas, posmodernas o trasmodernas (¡qué manera de etiquetar!): la sobrina de Giorda Lurda y cientos de miles de niños cantan, bailan y juegan estas palabras en sus escuelas, en sus casas y en sus calles. Y a veces se animan algunos adultos, como Giorda Lurda, quien la canturrea mientras se deleita con una cerveza.

Lo demás quedará en hipótesis.

El humor en José Saramago

Es aquí tema de observación cuándo la ironía se hace humor y éste, el humor, es el mejor medio para lograr la crítica que supone un compromiso social, la denuncia más allá de las verdades y la metáforas. Bertolt Brecht fue un maestro en el uso de la metáfora como crítica en Madre Coraje, pero también apeló a la ironía y al mismísimo humor en el personaje del juez en El círculo de tiza caucasiano.

José Saramago se caracteriza, además de su estilo narrativo1, por su compromiso social2 y su ironía. Que no necesariamente es humor, aunque se le acerque. En su novela Caín, tras el famoso “¿Qué has hecho?”, cuando aquella primitiva “sociedad rural” entre los hermanos se deshizo de un piedrazo, Saramago, aprovechando que el fraticida es condenado a errar por allí, lleva al lector ante el sacrificio de Abraham, las adversidades de Job, Babel, Jericó, Sodoma, nos encontramos con Lilith y navegamos en el Arca de Noé, todo en un relato sostenido donde Caín siempre es parte, lo es Dios y sus ángeles, en una compulsa constante puesto que a aquella pregunta Caín responde con otra:

Soy yo acaso el guarda­espaldas de mi hermano, Lo has matado, Así es, pero el primer culpable eres tú, yo habría dado mi vida por su vida si tú no hubieses destruido la mía. (…) Soy el dueño soberano de todas las cosas, Y de todos los seres, dirás, pero no de mi persona ni de mi libertad.

La novela es una recreación del relato bíblico con la libertad que el arte permite. En ella hay dos que discuten apelando a todos los recursos, ya no retóricos sino con tanta elocuencia y con tal desparpajo que despierta una sonrisa en el lector por la osadía, pero también por la reescritura de algo tan inamovible como el texto bíblico, haciendo que el lector reflexione, además de sonreír, más allá de las libertades que el autor se otorga. Es desde un comienzo que esa reflexión se inicia, cuando Saramago desliza en boca de Caín un significativo: “pero no de mi persona ni de mi libertad”, algo que es hoy motivo de estudio.

Saramago dispone de un plus para despertar sonrisas en el lector libre de prejuicios: en su origen el texto bíblico es un relato fantástico, producto de la tradición oral, y, bien mirado, lleno de mitos y leyendas. Se puede decir que es similar a la cosmovisión creada por los griegos con los dioses del Olimpo, reflejo de las virtudes y yerros humanos, pero, en este caso, no en clave de tragedia sino de comedia; lo fantástico permite lo irónico. Llegado al caso, nos hallaríamos ante otra versión de Bertolt Brecht, pero, a diferencia del dramaturgo, otra cosa es lograr un relato gracioso respetando los hechos reales y que, además, conserve aquella crítica social.

En El viaje del elefante nos encontramos ya no con la metáfora sino con un fino proceso de trucar la realidad sin destrozarla; la razón de ser de la ficción es matizarla. Saramago aquí busca desnudar realidades humanas en un contexto real, y el medio que emplea es el del humor.

Fue necesario que los ignotos hados se dieran cita en la ciudad de Mozart para que este escritor pudiera preguntar: “¿Qué figuras son ésas?” Las figuras eran unas pequeñas esculturas de madera puestas en fila, la primera de ellas, de derecha a izquierda, era la Torre de Belén de Lisboa. Venían a continuación representaciones de varios edificios y monumentos europeos que manifiestamente anunciaban un itinerario. Me dijeron que se trataba del viaje de un elefante que, en el siglo XVI, exactamente en 1551, siendo rey Juan III, fue conducido desde Lisboa hasta Viena.3

Éste es el punto de partida de la obra, el hecho real, donde son personajes principales Salomón, el elefante, y Subhro, el cornaca (literalmente: ‘amansador de elefantes’), y partícipes necesarios los reyes de Portugal, un comandante de milicias de este país y el archiduque Maximiliano de Austria, yerno de Carlos V y primo de Catalina de Austria, reina de Portugal. Son necesarias estas relaciones de parentesco para comprender el hecho real, el viaje del elefante. Según Saramago, tal parece que fue así:

Con ceñuda expresión, he aquí que el rey comenzó diciéndole a la reina, Estoy dudando, señora, Qué, mi señor, El regalo que le hicimos al primo maximiliano, cuando su boda, hace cuatro años, siempre me ha parecido indigno de su linaje y méritos, y ahora que lo tenemos aquí tan cerca, en valladolid, como regente de españa, a un tiro de piedra por así decir, me gustaría ofrecerle algo más valioso, algo que lla­mara la atención, a vos qué os parece, señora.

Catalina propone tal o cual cosa, se desdice, yerra…

cuando de repente se interrumpió y casi gritó, Tene­mos a salomón, Qué, preguntó el rey, perplejo, sin entender la intempestiva invocación al rey de judea, Sí, señor, salomón, el elefante, Y para qué quiero aquí al elefante, preguntó el rey algo enojado, Para el regalo, señor, para el regalo de bodas, respondió la reina, po­niéndose de pie, eufórica, excitadísima, No es regalo de bodas, Da lo mismo. El rey aseveró lentamente con la cabeza tres veces seguidas, hizo una pausa y aseveró otras tres veces, al final de las cuales admitió, Me parece una idea interesante, Es más que intere­sante, es una buena idea, es una idea excelente, insis­tió la reina con un gesto de impaciencia, casi de insu­bordinación, que no fue capaz de reprimir, (…) Entonces que se vaya a viena, Y cómo iría, preguntó el rey, Ah, eso no es cosa nuestra, si el primo maximiliano se convierte en su dueño, que él lo resuelva…

Ya está, Salomón será del archiduque de Austria, que por más que está en Valladolid su patria es Viena, y a su patria irán sus pertenencias, como el elefante. Pero si hay un elefante hay un cornaca, por lo que serán dos los que viajan a Viena. Fueron meses y leguas, donde elefante, cornaca, milicia portuguesa y servidores van de Lisboa a Castelo Branco, frontera con España, de aquí, junto a la milicia austríaca a Valladolid, donde se hace entrega del regalo de bodas y las milicias portuguesas retornan a Lisboa. De Valladolid al Puerto de Rosas, sobre el Mediterráneo. Embarcar elefante, cornaca, los archiduques y el resto de la comitiva rumbo a Génova. En Italia: Ravena, Padua, Trento y Bolzano. Cruzar los Alpes; Innsbruck y, por vía fluvial, hasta Viena, donde la pareja archiducal entra en triunfo, mejor dicho el elefante y su cornaca.

En todo ese periplo sucedió lo que se pueda imaginar, o lo que imaginó Saramago basándose en los datos históricos a los que llegó, porque el viaje fue real y, ficción o no, reales fueron varios de los sucesos narrados en la novela.

Aquel exabrupto, por así decirlo, de la reina será una de las pocas ocasiones en que el relato adopta un tono exultante. En general el ritmo de la novela, musicalmente hablando, más nos acerca a Vivaldi que a Wagner, priva más la suavidad de los violines que la majestusidad de las trompetas, y, como ya vimos, con humor, sea por medio de los hechos o de las actitudes, pero, más que nada, por medio de las relaciones entre quienes integran la caravana.

El centro es Salomón, pero un elefante no habla, barrita; quien lo hace es Subhro, el cornaca, que de a poco, según Saramago, va mostrando más de lo que parece. Quien primero lo nota es el comandante de las milicias portuguesas, a cargo de la seguridad y la organización. El hombre de corrales y establos ya había sugerido la adquisición de más bueyes para que la caravana avance con mayor rapidez; el comandante, hombre de cuarteles y disciplina, acepta la idea deduciendo: Será hombre de establos pero piensa. Envalentonado, Subhro sugiere otra idea: los bueyes y el elefante adelante, las tropas atrás:

Muy bien, eso se llama una idea, Así me lo parece, Una idea estúpida, quiero decir, Por qué, preguntó subhro, ofendido, Porque mis soldados y yo iríamos tragándonos el polvo que vuestras patas levantaran,(…) y si vuelves a preguntarme por qué, en el tono en que lo has hecho ahora, daré orden de que te den una buena ración de chicote en el lomo, Sí, señor, murmuró subhro con la cabeza baja. (…) Me gustaría saber si es tu voluntad que nos quedemos aquí eterna­mente, Salomón todavía duerme, mi comandante, Ahora resulta que quien gobierna aquí es el elefante, preguntó el militar entre irritado y divertido, Es que, mi comandante, salomón, para que podamos entregarlo con buena sa­lud al archiduque de austria, tendrá que descansar en las horas de calor.

saramago1Esta misma situación se dará meses y leguas más adelante, ya en tierra castellana4, pero quien está frente a Subhro no es un comandante de milicias sino Maximiliano, archiduque de Austria y yerno de Carlos V, hombre de autoridad como el comandante pero no de disciplina: uno obedece las órdenes de su rey (el obsequio de bodas debe llegar en condiciones a Valladolid), el otro se obedece a sí mismo, y convengamos, lejos está Maximiliano de ser hombre de establos. Sin embargo:

Si el archiduque no ha hecho delegación de autoridad, el mando absoluto le pertenece por derecho, tradición y reconocimiento de sus súbditos naturales o adqui­ridos, como es mi caso. Fritz, hablas como un letrado. Soy simplemente un cornaca que hizo algunas lecturas en la vida. Qué pasa con solimán, qué es eso de que tiene que descansar durante la primera parte de la tarde, Son costumbres de la india, mi señor, Estamos en españa, no en la india, Si vuestra alteza conociese a los elefantes como yo tengo la pretensión de conocerlos, sabría que para un elefante hindú cualquier lugar en que se encuentre es la india, Todo eso es muy bonito, pero yo tengo un largo viaje por delante y ese elefante me hace perder tres o cua­tro horas por día, a partir de hoy solimán descansará una hora y basta, Me siento un miserable por no poder estar de acuerdo con vuestra alteza, pero, crea en mí y en mi experiencia, no será suficiente, Veremos. La or­den fue dada, pero cancelada al día siguiente.

Vemos que ya no es Subhro sino Fritz, y que no es Salomón sino Solimán; Maximiliano cancela su orden al día siguiente pero no abdica de su poder, al menos el de cambiar los nombres porque le da en ganas. Subhro se siente herido por ello, pero “Que se caigan los anillos pero que queden los dedos”, reflexiona, por más que sea hombre de establos.

Salomón (o Solimán) es el centro de la historia, por lo tanto debemos ir a él. Quienes nos llevarán son dos comandantes de milicias, cuando portugueses y austríacos se encontraran en Castelo Branco. Receloso, el portugués arenga a su tropa:

De vosotros sólo deseo que cada rostro sea como un libro abierto en una página donde se encuentran escritas estas palabras: Aquí no entran.

Lo que sigue es una verdadera escena de teatro:

Sabéis por qué estamos aquí, hemos venido a buscar el elefante para llevárnoslo a valladolid, es importante que no perdamos tiempo y comencemos ya con los preparativos de la transferencia, de modo que podamos partir mañana lo más temprano posible, son éstas las instrucciones que he recibido de quien puede darlas y que haré cumplir de acuerdo con la autoridad de que me encuentro investido. Mis instrucciones son diferentes, las que recibí también de quien me las podía dar, son simples, llevar el elefante a valladolid y entregarlo al archiduque de austria en persona, sin intermediario. Los coraceros bajo mi mando podrán, a una simple orden, limpiar del campo en menos tiempo del que lleva decirlo, y así será hecho sí no es inmediatamente depuesta la insensata obstinación de la que su comandante está dando muestras, lo que me obliga a avisar de que las inevitables pérdidas humanas, que en la parte portuguesa podrán ser totales, serán de su entera y única responsabilidad, después no vayan por ahí con quejas, Puesto que, si bien lo he entendido, vuestra señoría se propone matarnos a todos, no veo cómo podremos después quejarnos, en cualquier caso supongo que tendrá alguna dificultad en justificar una acción violenta hasta ese punto contra soldados que no hacen más que defender el derecho de su rey a establecer las reglas para la entrega del elefante regalado al archiduque maximiliano de austria, quien, en este caso, me parece haber sido muy mal aconsejado, tanto en el plano político como en el plano militar. El comandante austríaco no respondió inmediatamente, la idea de que tendría que justificar ante viena y lisboa una acción de tan drásticas consecuencias le daba vueltas en la cabeza, y a cada vuelta le parecía más complicada la cuestión. Por fin creyó haber encontrado una plataforma conciliatoria, propuso que les fuese permitido entrar en el castillo para certificarse del estado de salud del elefante. Supongo que sus soldados no son veterinarios, respondió el comandante portugués, en cuanto a vuestra señoría, no sé, pero no creo que se haya especializado en el arte de curar bestias, luego no veo ninguna utilidad en dejarlo entrar, por lo menos antes de que me sea reconocido el derecho de ir a valladolid para hacer personalmente entrega del elefante a su alteza el archiduque de austria. Viendo que la respuesta no llegaba, el alcaide dijo, Yo hablo con él. Al cabo de algunos minutos regresaba con una expresión de alegría en el rostro, Está de acuerdo, Dígale entonces, pidió el comandante portugués, que para mí será un honor acompañarlo en la visita, y dio orden al sargento de mandar formar la tropa en dos filas. Adelantó el caballo cuando la maniobra estuvo concluida hasta ponerlo al lado de la yegua del austríaco, y le pidió al intérprete que tradujese, Sea otra vez bienvenido a castelo rodrigo, vamos a ver al elefante.5

Vamos al elefante; Salomón o Solimán, no importa, que no habla como Subrho sino que barrita, pero se da a entender. Una noche, en plena tertulia junto el fuego, Subhro cuenta a la milicia portuguesa sobre los dioses hindúes, o el dios de diversos nombres: Krisna, Visnú o Ganesh, el dios con cabeza de elefante. Como la Trinidad, comenta un soldado. Ustedes tienen cuatro, responde Subhro. ¿Cómo es eso?, se alarman los cristianos. Digamos, en palabras de hoy, que Subhro observa que la Virgen María tiene más rating que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ten cuidado con lo que dices que está por allí la Inquisición, le advierte el comandante. Quienes también escucharon, pero solo parte de la conversación, fueron unos aldeanos que casualmente pasaban tras ver y admirar a Salomón, que todavía tenía ese nombre, y la parte que oyeron es que habría un dios elefante, asociándolo con el que vieran allí, y, vaya a saber por qué, para sus entendederas, más cerca del Leviatán que de una deidad. Alarmados, lo sacaron al cura de la cama, cabildearon y al amanecer aparecieron cura y paisanos con la excusa de bendecir al elefante, dejando hacer Subhro, quien bien vio que un sacerdote se acuerde de Salomón, y el comandante, a la postre sabedor de latines tras una estadía en un seminario en sus años mozos. No se le acerque mucho, le advirtió al cura que andaba con el aspersor rociando al elefante aquí y allá, hasta que entendió que las oraciones no eran de bendición sino del exorcismo. ¡Qué hace!, se alarma. Pero quien pone las cosas en su lugar es Salomón por medio de una coz, directa pero suave, produciendo en el cura solo algo más que una paralítica. Todos reaccionan, mas dirá el cura:

Ha sido un castigo del cielo, ha sido un cas­tigo del cielo. Y a partir de hoy, cuando se hable de ele­fantes en su presencia, y han de ser muchas las veces, habiéndose visto lo sucedido aquí, en mañana bru­mosa, ante tantos testigos presenciales, siempre dirá que esos animales, aparentemente brutos, son tan in­teligentes que, aparte de tener luces de latín, hasta son capaces de distinguir el agua bendita de la que no lo es.

Salomón no habla pero actúa. Como ser despedirse del comandante portugués posando su trompa sobre el hombro de los cuarteles y la disciplina, que ya no sabía como sostener la emoción. (¿Volveremos a vernos?, le pregunta el comandante a Subhro. No creo, Viena está lejos de Lisboa. Al fin, el de los corrales y el de los cuarteles, eran dos amigos.) O cuando embarcaron en Puerto de Rosas, donde asistió realeza y pueblo a la espera de que el barco se vaya a pique con esa mole de cuatro toneladas cerca del bauprés, sin saber que Salomón había adquirido “pie de marinero” en la mucho más extensa travesía marina por el Indico y el Atlántico desde Goa hasta Lisboa. O el insólito “milagro” frente a la iglesia de San Antonio de Padua, milagro que le valiera a Subhro una dura reprimenda por parte de Maximiliano por el propio hecho y por cierta picardía mercantil. Pero la valía, digamos la verdadera capacidad de Salomón, ahora Solimán, se hará presente en el cruce de los Alpes.

saramago2Elefante y cornaca han nacido y se han criado en tierras donde la temperatura media es de treinta grados y, si bien las lluvias son frecuentes, de nieve, apenas una breve experiencia en Lisboa. Maximiliano, archiduque de Austria y yerno de Carlos V, con todo el poder que dispone, comete el yerro de encarar los Alpes en invierno. Los cartagineses, con Aníbal a la cabeza, en busca de recuperar la supremacía del Mediterráneo, cruzaron estas mismas alturas con sus elefantes, pero Salomón no es africano y mucho menos un mamut siberiano, si aún existiesen. Tras la trepada desde Bolzano, donde ya la nieve los asombra y asusta, llegan los cruces de Isarco y de Bremmen, uno peor que el otro. Mil quinientos metros de altura; viento, nieve, hielo y frío. En medio de desfiladeros con nieve que no sólo cae de las nubes sino de los propios cerros, a veces en forma de alud. Sobre la nuca del elefante, Subhro ya no sabe cómo soportar tanta inclemencia, Salomón tampoco, pero siguen, deben seguir, deben salir de esa trampa, guiados por Subhro, o no, porque el camino entre tanta ventisca es una suposición, tal vez lo hagan por instinto, de Subhro o de Salomón, hasta que al fin llegan a algún lugar donde la caravana se agrupa. Es entonces que Salomón:

Jadeando, pocos metros des­pués de haber dejado atrás la boca del desfiladero, se le vinieron abajo las patas delanteras y las rodillas al suelo. El cornaca tuvo suerte. Lo nor­mal sería que el choque lo hubiera proyectado violen­tamente delante de la cabeza de la infeliz montura, pero la tan celebrada memoria de elefante le hizo recordar a solimán lo que había pasado con el cura de la aldea que pretendía exorcizarlo, cuando, en el último se­gundo, en el postrero instante, logró amortiguar la pa­tada, por ventura mortal, que le había propinado. La diferencia con el caso de ahora es que solimán toda­vía logró recurrir a la energía que le queda­ba para reducir la velocidad de su propia caída, ha­ciendo que las gruesas rodillas tocasen el suelo con la levedad de un copo de nieve. Cómo lo habrá conse­guido, no se sabe, ni es cosa que se le vaya a pregun­tar. Tal como los prestidigitadores, también los ele­fantes tienen sus secretos. (…) Cautelosamente, fritz le dio a entender a solimán que ya era hora de realizar un pequeño esfuerzo para levantarse. No ordenó, no recurrió a su variado repertorio de toques de bastón, sólo lo dio a entender, lo que demuestra una vez más que el respeto por los sentimientos ajenos es la mejor con­dición para una próspera y feliz vida de relaciones y afectos. Es la diferencia entre un categórico Levántate y un dubitativo Y si te levantaras. Hay incluso quien sustenta que esta segunda frase, y no la primera, fue la que realmente jesús profirió, prueba de que la resurrección dependía, sobre todo, de la libre voluntad de lázaro y no de los poderes milagrosos, por muy sublimes que fuesen, del nazareno. Si lázaro resucitó fue porque le hablaron con buenos modos, tan simple como eso. Y que el método sigue dando buenos resultados se vio cuando solimán, sostenién­dose primero sobre la pata derecha, después con la izquierda, restituyó a fritz a la seguridad relativa de una oscilante verticalidad. He aquí pues a solimán ya firme sobre sus cuatro patas, helo aquí súbitamente animado por la llegada de la carreta del forraje. Su casi desfallecida alma recibía ahora el premio por la proeza de haber hecho regresar a la vida a su propio cuerpo postrado, como para no levantarse más, en medio del blanco y cruel paisaje. Allí mismo se puso la mesa y, mientras fritz y el boyero celebraban la salvación con unos cuantos tragos de aguardiente, solimán devoraba fardo tras fardo con enternecedor entusiasmo. Sólo faltaba que brotasen flores de la nieve y que los pajaritos de la primavera vinieran al tirol a entonar sus dulces trinos. No se puede tener todo.

Maximiliano y su esposa María, hija de Carlos V (hasta aquí no la hemos nombrado y es hora), no han pasado semejantes vicisitudes, pues se trasladaban en una carruaje acorde a sus pasajeros; hoy diríamos una limusina, o tal vez un equipadísimo motorhome, pero las vieron. Es así que decidieron una extensa jornada de descanso, dos semanas, en Bresanonne, o Brixen, en una hostería, Am Hohen Feld6. Todos se recuperan, comenzando por Salomón, quien vuelve a ser un elefante feliz, gordo y rozagante. Los comentarios le llegan y Maximiliano se acerca al corral; Subhro lo recibe en silencio, todavía con aquel reto en Padua en su memoria. Pero: Has hecho un buen trabajo, le dice el hombre de la realeza, No he hecho otra cosa que atender lo suyo, mi señor, le responde el hombre de establos. Maximiliano apenas musita un farfullo y se aleja; Subhro cree leer en esa reacción que las cosas entre ambos se van limando, porque será, y es, hombre de establos, pero también de buena voluntad.

La sorpresa vino el día de la partida hacia el paso de Bremen. Nadie, ni Subhro, esperaba lo que haría Salomón:

Una buena parte de los habitantes de bressanone acudió para ver la partida del archiduque maximiliano y de su elefan­te y en pago tuvieron una sorpresa. Cuando el archi­duque y su esposa se disponían a entrar en el coche, solimán hincó las dos rodillas en el suelo helado, lo que levantó entre la asistencia una salva de palmas y vítores absolutamente digna de registro. El archiduque comenzó sonriendo, pero luego frunció el ceño, pen­sando que este nuevo milagro había sido una manio­bra desleal de fritz, desesperado por hacer las paces. No tiene razón el noble archiduque, el gesto del elefan­te fue completamente espontáneo, le salió, por decirlo así, del alma, sería una forma de agradecerle el buen trato recibido en la posada am hohen feld durante estos quince días, dos semanas de felicidad auténtica. En todo caso, no deberá excluirse la posibilidad de que nuestro elefante, justamente preocupado por la manifiesta frialdad de las relaciones entre su corna­ca y el archiduque, hubiera querido contribuir con tan bonito gesto para apaciguar los ánimos desaveni­dos.

Pero aun quedaba un acto más. Ya estamos en Austria. El viaje pasa sin contratiempos, vía fluvial por el Inn, luego el Danubio. A cierta distancia de Viena todos desembarcan y se acicalan: coraceros, ayudantes, sirvientes y el mismo Salomón y su cornaca, en realidad Solimán y Fritz, estamos en la patria de Maximiliano. El cortejo se acerca a Viena, pueblo y nobleza salen a recibirlo.

La vida, sin embargo, tiene muchas car­tas en la baraja y no es infrecuente que las juegue cuando menos se espera. Iba el elefante con su paso medido, sin prisa, el paso de quien sabe que para llegar no siempre es necesario correr. De repente, una niña de unos cinco años que asistía con los padres al desfile del cortejo, se soltó de la mano de la madre y corrió hacia el elefante. Un grito de susto salió de la garganta de cuantos se die­ron cuenta de la tragedia que se preparaba, las patas del animal derribando y aplastando el cuerpecito, el regreso del archiduque señalado por una des­gracia, un luto, una terrible mancha de sangre en el escudo de armas de la ciudad. Era no conocer a salo­món. Enlazó con la trompa el cuerpo de la niña como si la abrazase y la levantó en el aire como una nueva bandera, la de una vida salvada en el último instante, cuando ya se perdía. Los padres de la niña corrieron hasta salomón y recibieron en los brazos a la hija recuperada, resucitada, mientras todo el mundo aplaudía, no pocos deshaciéndose en lágrimas de incontenida emoción, algunos diciendo que aquello ha­bía sido un milagro, y eso sin saber aquel que salo­món había cometido en padua. Como si todavía le faltara algo al desenlace que acabamos de asistir, se vio al archiduque bajar del coche, darle la mano a la archiduquesa para ayudarla a bajar también, y los dos, juntos, se dirigieron hasta el elefante, que las per­sonas seguían rodeando y festejando como el héroe de ese día y que lo será por mucho tiempo más, pues la historia del elefante que en viena salvó de muerte cierta a una niña será contada mil veces, ampliada otras tantas, hasta hoy. (…) Fritz había bajado del elefante y esperaba. El archiduque se paró ante él, lo miró a los ojos. Fritz bajó la cabeza y encontró ante sí la mano derecha, abierta y expectan­te, del archiduque, Señor, no me atrevo, dijo, y mostró sus propias manos, sucias por los continuos contactos con la piel del elefante. Como el archiduque no retiraba la mano, fritz no tuvo otra solución que tocarla con la suya, la piel gruesa y callosa de un cornaca y la piel fina y delicada de quien ni siquiera se viste con sus propias manos. Entonces el archiduque dijo, Te agradezco que hayas evitado una tragedia, Yo no he hecho nada, mi señor, los méritos son todos de solimán, Así habrá sido, pero imagino que en algo has ayudado, Hice lo que pude, mi señor, para eso soy el cornaca, Si todo el mundo hiciera lo que puede, el mundo sería, con certeza, mejor, Bas­ta que vuestra alteza lo diga para que ya sea verdad, Estás perdonado, no necesitas lisonjearme, Gracias, mi señor, Que seas bienvenido a viena y que viena te merezca a ti y a solimán, aquí seréis felices. Y con es­tas palabras el archiduque se retiró al coche llevando a la archiduquesa de la mano.

El hecho de la niña Saramago afirma que es veraz, las palabras corren por cuenta de él. El final de la historia tiene un asomo vagneriano por la actitud de Salomón (Solimán, estamos en Viena) pero es vivaldiano por las manos estrechadas entre el hombre de establos y el de la realeza. “Si todo el mundo hiciera lo que puede, el mundo sería mejor”; éstas son palabras de Saramago en boca de Maximiliano y dirigidas a Subhro, o Fritz, da lo mismo. Es al cornaca y al elefante que Saramago dedica la obra, uno por decir, el otro por hacer, los dos por ser.

Hemos visto en las diversas citas textuales el uso de la ironía y el humor, pero también una dignidad, producto de ese fino y artesanal proceso de trucar la realidad sin destrozarla, porque lo que buscó Saramago es desnudar realidades humanas.


1 A saber: un continuo donde las pausas no tienen cabida; la manera de construir los diálogos; omite las mayúsculas en los nombres propios; todas las oraciones interrogativas y las exclamativas son indirectas, aun las que no debieran serlo. Todo esto dificulta la lectura y puede llevar a abandonarla, pero quien se aventura y entra en el ritmo que el autor propone disfruta de la propuesta.

2 Saramago intentó en sus obras la crítica al mundo que lo rodea y que observa. Ensayo sobre la ceguera es un claro ejemplo, como lo es La balsa de Piedra, donde imagina la escisión de la península ibérica de una Europa que la desdeña.

3 En el epílogo a la obra.

4 Quijote aún no ha nacido pero estamos en su tierra. Tal parece que Cervantes no supo de “El viaje del elefante”, lo hubiese incluido en su novela.

5 Mantuvimos la extensión del parlamento por razones obvias: es la única manera de apreciar la escena y su final. No habrá sido así el encuentro pero es muy probable que haya sucedido. Por último: es clara la intención de Saramago de dejar bien parado al comandante portugués.

6 Es territorio italiano pero el nombre, Brixen, y el de la posada, que significa “Tierra Alta”, están en alemán, la lengua más hablada en esta zona.

Los pasos en la huella (Octaedro, 1974)

Se dice que éste es “el cuento más aburrido de Julio Cortázar”1. Pareciera confirmarlo él mismo cuando advierte que se trata de una “Crónica algo tediosa, estilo de ejercicio más que ejercicio de estilo de un, digamos, Henry James que hubiera tomado mate en cualquier patio porteño o platense de los años veinte”. La invocación del autor estadounidense por parte de Cortázar es adrede2: Jorge Fraga, el protagonista del cuento, peca de ingenuo y cae en la trampa de las especulaciones retóricas del ambiente literario porteño, pero además (y es la razón del título del cuento), cae en la trampa de las huellas dejadas por un poeta, Claudio Romero, para que alguien lo rescate del olvido y lo lleve al olimpo de las letras: Fraga lleva sus pasos por las huellas dejadas por Romero y cumple el cometido, después, cuando se da cuenta de que fue usado, se genera el tercer tiempo del relato.

Resumir el cuento no es una tarea fácil. Si Cortázar advierte que la crónica es tediosa no es porque sea aburrida sino porque introdujo en unas veinte páginas toda la complejidad de una novela, algo que es, a la vez, mérito y defecto por el esfuerzo del lector para dilucidar no sólo la trama sino las pistas que van apareciendo como al pasar. Vamos a una probable síntesis del cuento.

Jorge Fraga en su juventud descubre la poesía de Claudio Romero, a la que considera de la misma altura que la de Carriego o Alfonsina Storni. Llegado a los cuarenta años, ya crítico literario y ensayista, de tanto en tanto conversa con colegas y amigos sobre el poeta, en particular un poema, Oda a tus dos nombres, dedicado a Irene Paz, y sin bien todos coinciden en la calidad de la poesía de Romero, cuando se trata de hablar del poeta en sí las conversaciones son generalidades, meras especulaciones sobre Romero, su relación con Irene, la vida misma del poeta, etcétera. Fraga observa que nadie se había puesto a indagar esa faceta de todo autor: la persona. Este es el primer tiempo del cuento. Inicia el segundo cuando Fraga se pone a investigar la vida de Claudio Romero y para ello dedica dos años, innumerables viajes por el país, consultas y entrevistas. Entre éstas, un casual dato: la existencia de Susana Márquez en la vida de Romero. Fraga consigue entrevistar a Raquel, la hija de Susana, una simple verdulera, que lo recibe con distancia, pero:

A Fraga le resultaba difícil darle a entender que ya sabía algo de la relación entre Claudio Romero y Susana, pero acabó por decirse que el amor de un poeta bien vale una libreta de casamiento, y lo insinuó con la debida delicadeza. A los pocos minutos de echar flores en el camino la vio venir hacia él, totalmente convencida y hasta emocionada. Un momento después tenía entre las manos una extraordinaria foto de Romero, jamás publicada, y otra más pequeña y amarillenta, donde al lado del poeta se veía a una mujer tan menuda y de aire tan dulce como su hija.—También guardo unas cartas —dijo Raquel Márquez—. Si a usted le pueden servir, ya que dice que va a escribir sobre él…

Esa cartas son un vuelco: la excelsa poesía de la Oda a Irene Paz queda deslucida por cómo Romero le escribe a Susana Márquez. Habían convivido, pero la salud del poeta sugiere que ella se aparte, que no se transforme de esposa en enfermera, que ella merecía mucho más que eso y que lo mejor es que lo olvide. Y así fue, porque nada se supo de Susana Márquez en la vida del poeta. Hasta ese momento.

Así como de la Oda a tus dos nombres sólo conocemos el título y la dedicatoria, de las cartas solo sabremos algunas frases que desliza Cortázar; esto es porque el objeto del cuento no es Claudio Romero sino Jorge Fraga, quien, con ese as en la manga (las cartas, la existencia de Susana Márquez, las palabras que le dedica el poeta), escribe y publica Vida de un poeta argentino, obra que resuena por todos lados y logra dos efectos: llevar a Claudio Romero al bronce y a Jorge Fraga a la fama, algo por él no tan buscado pero sentía que lo merecía; como suele suceder, lograban más rédito algunos “rimadores de salón” que él mismo. Como corolario: el Premio Nacional y la posibilidad de una embajada cultural.

Hasta aquí, la segunda parte del cuento, o el segundo relato de la vida de Claudio Romero. El tercero se inicia cuando Fraga se aparta a una quinta (la de Ofelia, necesaria presencia femenina en la narrativa de Cortázar) para escribir el discurso de recepción del Premio mencionado. Conviene aquí acercarnos a las palabras de Cortázar:

Fraga se dijo que todo estaba bien, que a pesar de la vulgaridad inevitable de todo triunfo literario en gran escala, la Vida era un acto de justicia, un homenaje a la raza y a la patria. Podía sentarse a escribir su conferencia, recibir el premio, preparar el viaje a Europa. Fechas y cifras se mezclaban en su memoria con cláusulas de contratos e invitaciones a comer. Pronto entraría Ofelia con un frasco de jerez, se acercaría silenciosa y atenta, lo miraría trabajar. Sí, todo estaba bien. No había más que tomar una cuartilla, orientar la luz, encender un habano oyendo a la distancia el grito de un tero. Nunca supo exactamente si la revelación se había producido en ese momento o más tarde, después de hacer el amor con Ofelia, mientras fumaban de espaldas en la cama mirando una pequeña estrella verde en lo alto del ventanal. La invasión, si había que llamarla así (pero su verdadero nombre o naturaleza no importaban) pudo coincidir con la primera frase de la conferencia, redactada velozmente hasta un punto en que se había interrumpido de golpe, reemplazada, barrida por algo como un viento que le quitaba de golpe todo sentido. El resto había sido un largo silencio, pero tal vez ya todo estaba sabido cuando bajó de la sala, sabido e informulado, pesando como un dolor de cabeza o un comienzo de gripe. Inapresablemente, en un momento indefinible, el peso confuso, el viento negro se habían resuelto en certidumbre: la Vida era falsa, la historia de Claudio Romero nada tenía que ver con lo que había escrito. Sin razones, sin pruebas: todo falso. Después de años de trabajo, de compulsar datos, de seguir pistas, de evitar excesos personales: todo falso. Claudio Romero no se había sacrificado por Susana Márquez; no le había devuelto la libertad a costa de su renuncia.

¿Cómo llega Fraga a esa conclusión? Cortázar jamás lo dice sino que le da lugar al instinto del investigador: Fraga ese pálpito lo había sentido someramente tiempo atrás, pero ahora se le imponía. No tenía ninguna prueba, pero la sentía. Al día siguiente la fue a ver a Raquel, la hija de Susana, quien primero se resiste, luego abdica y, pese a que la madre le había pedido que nunca lo hiciera, le da a Fraga otra carta. La prueba. La confrontación de lo intuido. De regreso a la quinta Fraga sufre la verdad, la sufre horriblemente: Romero había prostituido a Susana Márquez y le prohibió todo contacto cuando entabló relación con Irene Paz (relación inútil, los Paz eran de la aristocracia y jamás admitirían a un arribista). Por esto Romero había dejado las huellas, para que alguien las siga y exalte su figura, pero Romero no contó conque Fraga podía oler la verdad, y encontrarla.

El tercer relato se hace público en la recepción del Premio Nacional y fue una literal catástrofe:

Huella… Jorge Fraga provocó deliberadamente el desconcierto y la ira de las cabezas bien pensantes al presentar desde la tribuna una versión absolutamente descabellada de la vida del poeta Claudio Romero. (…) Otro redactor daba cuenta del violento altercado entre Fraga y el doctor Jovellanos al final de la conferencia, mientras gran parte del público hacía abandono de la sala entre exclamaciones de reprobación, y señalaba con pesadumbre que a la intimación del doctor Jovellanos en el sentido de que presentara pruebas convincentes de las temerarias afirmaciones que calumniaban la sagrada memoria de Claudio Romero (…) [Fraga] se había quedado inmóvil, mirando el aire, tan ajeno a la tumultuosa retirada del público como a los provocativos aplausos y felicitaciones de un grupo de jovencitos y humoristas que parecían encontrar admirable esa especial manera de recibir un Premio Nacional. Cuando Fraga llegó a la quinta, Ofelia le tendió una larga lista de llamadas telefónicas, desde una de la Cancillería hasta otra de un hermano con el que no se trataba. (…) Una hora después lo oyó bajar la escalera, acercarse al dormitorio. Sin abrir los ojos, sintió el peso de su cuerpo que se dejaba resbalar de espaldas junto a ella. Una mano fría apretó su mano. —Lo único que no entiendo —dijo Fraga como si no le hablara a ella—, es por qué he tardado tanto en saber que todo eso lo había sabido siempre.

A Fraga le quedaban dos caminos, enfrentar al mundo literario que lo había esperado con ansias y que se sintió traicionado, o dejar hacer. Lo que más le dolía era haber sido usado, primero por Romero, ahora por la academia. Por qué hizo lo que hizo. Esa noche Ofelia le dice: —Pero si vos creíste que tu deber era proclamar la verdad… —Yo no lo creí, Ofelia. Lo hice, nomás. En última instancia, piensa, de las dos posibilidades no quedaría mal parado pues ya nadie dejaría de hablar de Jorge Fraga. El cuento termina aquí, con un dejo de triunfo por parte de Fraga, con un final abierto por parte de Cortázar.

Hay detalles omitidos que rellenan la historia: aparecen la radio, la televisión, las versiones teatrales y cinematográficas; y otros que hacen a la historia: en algún momento Fraga se siente médium de Romero; la Vida tiene mucho de autobiografía; su afán era la fama. A todas esas posibilidades Fraga las rebate una a una y Cortázar, por medio de Fraga, logra un cuento donde desnuda muchas de las miserias que el ámbito literario tiende a menudo: quién no sueña con ganar un concurso, un premio, una membresía, la fama; es inevitable; y tanto Fraga como Romero lo vivieron, pero Cortázar construye un Romero que conoce bien el paño y trata de aprovecharlo sin importar los medios, aunque se trate de la vida de otra persona (como la de Susana Márquez), y construye a Fraga, el usado, el que cae en la trampa, que sigue las huellas y monta una mentira, pero que al desdecirla es vapuleado atrozmente porque: “A quien se ensalza no se lo puede destronar si nosotros no estamos de acuerdo”.

Esto último puede ser la razón del cuento; no hallo otra. Es significativo que deslice: los provocativos aplausos y felicitaciones de un grupo de jovencitos y humoristas que parecían encontrar admirable esa especial manera de recibir un Premio Nacional. Una manera de definir el público al que destina el cuento o bien una manera de definir quiénes son los que van a quebrar el anquilosamiento en el que inevitablemente suelen caer las academias. Fraga lo hizo al desdecir su propia historia, aún sufriendo. Es lo que Cortázar propone en este cuento, considerémoslo otra subjetividad, sin embargo, lo trae a Henry James y le hace tomar mate como cualquier porteño; ¿por qué lo hace?

En Nota (Nº 2) adelanto que James “opone la ingenuidad americana a la especulación europea”; ingenuidad, inocencia, también libertad. No es necesario alejarse de Buenos Aires, tan parisina ella, para encontrar aquella oposición, que será Londres para James. Los pasos en la huella no es un cuento aburrido, es exigente. Julio Cortázar nos propone aquí la tragedia del autor: es libre y eso se espera de él, pero no lo es tanto en cuanto sujeto de una sociedad que no sabe serlo, que se anquilosa en sus estructuras y entorpece aquella libertad.


1 Jorge Fraga, en http://teoriadelentusiasmo.blogspot.com.ar/ 10 de enero de 2011. Entre otras propuestas, el autor (casualmente el mismo nombre que el personaje del cuento) propone una relación entre Los pasos en la huella y Rayuela, como que uno explica a la otra. No lo veo a Cortazar explicando su literatura; a lo sumo ir a las magistrales clases que dio en Berkeley (Clases de Literatura), donde expone las motivaciones de su escritura, pero explicar…

2 Henry James opone la ingenuidad americana a la especulación europea. En cierto modo, Cortázar hace de versión rioplatense de James, aun desde París. J. Fraga (el crítico, no el personaje) recuerda un cuento de James: Los papeles de Aspern, cuento del que Cortázar “se habría copiado”. Los elementos de ambos cuentos son parecidos, no así sus desarrollos.

Cortázar a vuelo de pájaro

Julio Cortázar fue un porteño itinerante con asiento en París desde que nació (primera etapa: Bruselas-Banfield)1. Su partida en 1951 se debió a tres razones: búsqueda de libertad, cierto fastidio con el peronismo y Aurora Bernárdez. La libertad la logró, aun en medio de una Europa signada por el pesimismo2. ¿Cómo Cortázar pudo abstraerse a ese pesimismo? Por Aurora y ese porteñismo que nunca abandonó y que creció pese a visitar Buenos Aires como turista3. Porteño hasta la médula por más que se dude: la ciudad aparece y vuelve a aparecer sintiéndola más que con Borges, Arlt o Marechal, y pueden sus cuentos o novelas situarse en París, Londres o Roma que aparecerán, solapadas, las callecitas de Buenos Aires.

Lo de itinerante también se dio en su manera de ver el mundo. Cortázar se permitió una evolución. Se había ido de la Argentina por el fastidio que sentía con el peronismo pero la revolución cubana, el despertar en la propia Europa (el Mayo Francés, la Primavera de Praga, toda la movida beat de la década del sesenta) Cortázar lo veía y sentía. Y llegó esa primavera a América Latina y Cortázar lo sintió, sin darse cuenta de que él fue también responsable con Rayuela (o creés, Julio, que eso que te asombró, que sea leída más por la juventud que por los de tu edad, no tuvo efecto…), obra que se inscribió en el boom latinoamericano; algo pasaba en el fin del mundo y adhirió al Chile de Allende y cuando vino a Buenos Aires con su Libro de Manuel (¿Cortázar revolucionario, político, ideologizado?) se sorprendió al encontrarse con la “primavera camporista” y revisó su relación con el peronismo (¿qué diría ahora, con tanta militancia?). Esta evolución es la que lo hizo protestar contra ciertas cosas de Cuba, vio lo que luego pasó aquí (al respecto, las cartas con su hermana en nuestra época más oscura son orientadoras), lo hizo mirar Nicaragua y el porteño, que no dejó de serlo, se hizo latinoamericano hasta sus últimos días.

Le debemos mucho a Cortázar, no solo por lo que escribió sino también por su compromiso, que no fue ideológico sino humano.

Cortazar1

Un párrafo para Aurora Bernárdez, la albacea de sus obras por voluntad del propio Cortázar.

La relación entre Julio y Aurora es evidente que superó todos los obstáculos. Mientras estuvieron juntos fue buena para los dos, ya separados fue buena también, y ahora, sin Julio, sigue…


1 Luego, contemplando su estadía en la Argentina: Villa del Parque, Bolívar, Saladillo, Chivilcoy, Mendoza, Buenos Aires.

2 Diría Albert Camus en su discurso ante el Nobel (1957): “Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años en la época de instaurarse el poder hitleriano y que para completar su educación se vieron enfrentados a la guerra de España, a la segunda guerra mundial, los campos de concentración, a la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas.”

3 Al grado de que se le criticara que algunos de sus relatos sean anacrónicos, como “Torito”. Quién puede cuestionar ese lunfardo si hoy, ochenta años después de pensado y sesenta de publicado se lee con gusto.

Apocalipsis en Solentiname (Alguien que anda por ahí, 1977)

Solentiname1Un perdido pueblo1, donde

Hace 42 años, un cura barbudo y desgarbado que usaba boina y cotona y escribía poesías llegó a Solentiname, un archipiélago de agricultores muy pobres situado al fondo del lago Cocibolca, a fundar una comunidad contemplativa.

A ese mismo lugar,

Más tarde, llegó el grandulón de Julio Cortázar, quien según Agudelo se aficionó a los mojitos cubanos de Solentiname, los que nunca antes había probado en Cuba a pesar de sus múltiples viajes, los vino a descubrir en ese paraíso remoto de Nicaragua.2

El cura desgarbado no es otro que Ernesto Cardenal, a quien Cortázar en el cuento lo llama poeta, que lo era, poeta y más que eso. Pero el cuento no es Cardenal ni Cortázar sino unos cuadros que el Cortázar esteta mira y vuelve a mirar, y fotografía, y surge así un momento gracioso:

Me acordé que tenía un rollo de color en la cámara y salí a la veranda con una brazada de cuadros; Sergio que llegaba me ayudó a tenerlos parados en la buena luz, y de uno en uno los fui fotografiando con cuidado, centrando de manera que cada cuadro ocupara enteramente el visor. Las casualidades son así: me quedaban tantas tomas como cuadros, ninguno se quedó afuera y cuando vino Ernesto a decirnos que la panga estaba lista le conté lo que había hecho y él se rió, ladrón de cuadros, contrabandista de imágenes. Sí, le dije, me los llevo todos, allá los proyectaré en mi pantalla y serán más grandes y más brillantes que estos, jodete.

Pero antes, Cortázar, el poeta urbano, ve, vive y describe un lugar olvidado. Se podría decir primitivo pero no, más sabe a primigenio, pues eso es lo que Cortázar nos transmite cuando describe los cuadros que pintan los campesinos:

todas tan hermosas, una vez más la visión primera del mundo, la mirada limpia del que describe su entorno como un canto de alabanza: vaquitas enanas en prados de amapola, la choza de azúcar de donde va saliendo la gente como hormigas, el caballo de ojos verdes contra un fondo de cañaverales, el bautismo en una iglesia que no cree en la perspectiva y se trepa o se cae sobre sí misma, el lago con botecitos como zapatos y en último plano un pez enorme que ríe con labios de color turquesa.

Solentiname2Pero hay una mirada más, donde triunfa toda la poesía de Cortazar:

yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo.

Las fotografías, no los cuadros, vuelan a París; son reveladas y las diapositivas (slides decíamos en una época) fueron a las cajas y las cajas al proyector, y allí está Cortázar, en un anochecer, sin cerrar las cortinas, pasándolas, viéndolas, disfrutándolas; las fotos que sacó en el lago, las de la misa que celebró Cardenal, los poetas que se juntaron en ese viaje clandestino, porque lo era, los chicos jugando después de la misa; ya viene, se dijo Cortázar con un cigarrillo, el disparador del proyector y un vaso de whisky, o de ron, no importa, y debían venir la primeras imágenes de aquellos cuadros primigenios, “la visión primera del mundo”, pero lo que vio fue el

pequeño mundo frágil de Solentiname rodeado de agua y de esbirros como estaba rodeado el muchacho que miré sin comprender, yo había apretado el botón y el muchacho estaba ahí en un segundo plano clarísimo, una cara ancha y lisa como llena de incrédula sorpresa mientras su cuerpo se vencía hacia adelante, el agujero nítido en mitad de la frente, la pistola del oficial marcando todavía la trayectoria de la bala, los otros a los lados con las metralletas, un fondo confuso de casas y de árboles.

(…) estúpidamente me dije que se habrían equivocado en la óptica, pero entonces la misa, los niños jugando en el prado, entonces cómo. Tampoco mi mano obedecía cuando apretó el botón y fue un salitral interminable a mediodía con dos o tres cobertizos de chapas herrumbradas, gente mirando los cuerpos tendidos boca arriba, (…); había que fijarse mucho para distinguir en el fondo al grupo uniformado yéndose (…). Sé que seguí; apretando el botón, mirando la esquina de Corrientes y San Martín y el auto negro con los cuatro tipos apuntando a la vereda donde alguien corría con una camisa blanca y zapatillas, dos mujeres queriendo refugiarse detrás de un camión estacionado(…), y de golpe la pieza casi a oscuras, una sucia luz cayendo de la alta ventanilla enrejada, la mesa con la muchacha desnuda boca arriba y el pelo colgándole hasta el suelo, la sombra metiéndole un cable entre las piernas abiertas (…). Nunca supe si seguía apretando o no el botón, vi un claro de selva, una cabaña con techo de paja y árboles en primer plano, contra el tronco un muchacho flaco mirando hacia donde un grupo confuso le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba,(…) y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte, y alcancé a ver un auto que volaba en pedazos en pleno centro de una ciudad que podía ser Buenos Aires o São Paulo, seguí apretando y apretando entre ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos y carreras de mujeres y de niños por una ladera boliviana o guatemalteca, de golpe la pantalla se llenó de mercurio y de nada y también de Claudine que entraba silenciosa volcando su sombra en la pantalla antes de inclinarse y besarme en el pelo y preguntar si eran lindas, si estaba contento de las fotos, si se las quería mostrar.3

Lo que había visto hizo que vuelva las diapositivas a cero y deje la sala, para ver si la humedad de su rostro era transpiración o lágrimas, y dejó que Claudine descubra por sí misma lo que había soportado, horror tras horror, unos minutos antes. Pero cuando volvió, un poco más sosegado, también extrañado de que Claudine no gritase, se halló ante ella que decía:

—Qué bonitas te salieron, esa del pescado que se ríe y la madre con los dos niños y las vaquitas en el campo; espera, y esa otra del bautismo en la iglesia, decime quién los pintó, no se ven las firmas.

Solentiname3Este cuento Cortázar lo termina en La Habana en abril de 1976. Ya sabía de la Argentina, de Chile, de Uruguay. Acaba de pasar por Nicaragua… Aquella esperanza que había sentido a fines de los sesenta y principios de los setenta se caía a pedazos por todas partes y de alguna manera debía llevarlo a su escritura.

Cómo es eso de ver una imagen por otra. Todo este cuento es bello y sereno menos cuando se dispone a ver las fotos de los cuadros, cuando esperaba encontrarse con “la visión primera del mundo” y se encontró con su destrucción. Esto último amerita una apertura: unos años después de este cuento, Umberto Eco le hace escribir a Adso de Merck, amanuense de Guillermo de Baskerville:

Cuando por fin los ojos se habituaron a la penumbra, el mudo discurso de la piedra historiada, accesible, como tal, de forma inmediata a la vista y a la fantasía de cualquiera, me deslumbró de golpe sumer­giéndome en una visión que aún hoy mi lengua apenas logra expresar. Vi un trono colocado en medio del cielo, y sobre el trono uno sentado. El rostro del Sentado era severo e impasible, los ojos, muy abiertos, lanzaban rayos sobre una humanidad cuya vida terrenal va había concluido, el cabello y la barba…

Imágenes que sin duda surgen del muy recordado texto del apóstol Juan de veinte siglos antes:

Se apoderó de mí el Espíritu, el día del Señor, y oí a mis espaldas una voz que sonaba como trompeta; «Escribe en un libro lo que veas, y manda ese libro a las siete Iglesias (…)». Me volví para ver quién me hablaba; detrás de mí había siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros vi a uno que es como Hijo de Hombre, con un vestido que le llegaba hasta los pies y un cinturón de oro a la altura del pecho. Su cabeza y sus cabellos son blancos…

Pero no es Juan quien inicia este tipo de literatura fantástica. Hacia el siglo VI a C, figura en el Libro de Daniel:

Contemplaba yo en mi visión lo siguiente: los cuatro vientos del cielo agitaron el mar grande, y cuatro animales enor­mes, todos diferentes entre sí, salieron del mar (…) y vi lo siguiente: Pusieron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestido era blanco corno la nieve; su pelo, albo como la lana blanqueada. Seguí contemplando la visión nocturna: En las nubes del cielo venía uno como hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia…

Eco toma de Juan y Juan de Daniel. ¿Habrá tomado Eco de Cortázar?, tal vez, lo que es seguro es que Cortázar también toma de Juan, y no solo el cambio en el relato, lo fantástico, sino un detalle importante: el nombre del cuento. Apocalipsis no quiere decir destrucción o profecía sino revelación; de un dios, de una musa o de quién o qué se trate. Algunas diferencias: Daniel sueña y ve, Juan oye y ve, Adso mira y ve, Cortázar ve… ¿Qué? No lo que proyectan las diapositivas sino lo que él ve, porque lo que proyectan las diapositivas es lo que luego verá Claudine. ¿Qué es lo que ve Cortázar? ¿Qué sucede? ¿Cómo es que lo que le ha sucedido a Daniel en su sueño, algo muy explicable racionalmente, no lo es en Juan que oye y ve o en Adso que mira y ve?

Vamos a otras similitudes: Daniel describe, tras unos escarceos, la imagen de alguien sentado y otro ante su presencia; Juan, tras algún detalle, también nos pone ante alguien; Adso hace lo mismo; y Cortázar inicia sus visiones con alguien: yo había apretado el botón y el muchacho estaba ahí. Sabemos que las visiones de los otros autores, bíblicos o no, continúan, y que en los bíblicos abundan cantidades; lo hace también Cortázar pero en menor medida: se centra en las imágenes, que son varias, sucesivas y reveladoras como en todos lo ejemplos aquí vistos.

Cabe una diferencia fundamental: En Daniel, Juan y Eco las imágenes son fantásticas, fantasmagóricas si se quiere; en Cortázar son reales.

Por último, una especulación confrontable; dijimos: Apocalipsis no es profecía (lo que va a ser), es revelación (lo que es), haya sido un sueño o no. Daniel, Juan, Adso y Cortázar ven. ¿Cortázar ve o ya había visto y lo lleva al papel en este cuento? (El libro de Manuel, sus recortes de diarios, lo demostraría). No se puede asegurar que Cortázar se apoya en lo ya visto para trucar lo que el personaje Cortázar ve y no proyectan las diapositivas, pero sabemos que no es especulador en sus cuentos sino que escribe (como dijera Lispector) distraídamente, esto es, dejando venir. Cortázar en este cuento, en el cambio de imágenes, opone al mundo contemplativo creado por Cardenal el de la destrucción creada por los intereses por demás poderosos. Podemos decir que Cortázar vio esa oposición dentro de sí mismo.

Por suerte Solentiname existe, como existe la posibilidad de confrontar lo que llamo tesis del cuento. Es el siguiente paso y no depende de mí.

 


 

[1] Las imágenes son las fotos que Cortázar obtuvo de los cuadros. Fuente: Cortázar de la A a la Z, Aurora Bernárdez, Carlos Álvarez Garriga y Sergio Kerna, Alfaguara, Bs. As, 2014.

[2] En http://otraamerica.com/la-revolución-de-solentiname/1883

[3] Lamentablemente debí sintetizar; vayan al cuento completo.

Macedonio y la Muerte (Su poema, Elena Bellamuerte)

Es notable en la escritura de Macedonio la presencia de la mujer-personaje y la Muerte, pero más notable es cómo la encara, a la muerte.

Macedonio Fernández se casa en 1899, a la edad de 25 años, con Elena de Obieta. Elena muere en 1920. Es a partir de ese momento que Macedonio abandona su profesión de abogado y se dedica a la escritura; no a publicar sino a escribir; en realidad, a pensar y dejar escritos esos pensamientos, su verdadero legado.

Aun así, Macedonio publica No todo es vigilia… en 1928 pero a instancias de Scalabrini Ortiz y Marechal. Interesa lo que sucede diez años después: aparece Novela de la Eterna, y la Niña del dolor, La “Dulce persona” de un amor que no fue sabido, verdadera anticipación de Museo de la Novela de la Eterna. Se observa que los nombres de los personajes son una reiteración en su construcción literaria. ¿Qué influencia tuvo la muerte de Elena? ¿Es Elena el personaje Eterna? ¿Lo es Niña del dolor o Dulce-persona? La respuesta a la primera pregunta la responde el abandono de la profesión, el cambio de vida y la búsqueda en la que se ve sumido el resto de sus días. Así como Discépolo es el “filósofo en zapatillas”, Macedonio es quien se pone las zapatillas en medio de un mundo intelectual y baja a la Filosofía al llano, o, mejor: la eleva a grados superlativos. Ahora bien: ¿qué elemento de la vida lleva a las preguntas más profundas sino al presencia de la muerte? Es en el poema Elena Bellamuerte donde Macedonio la enfrenta, a la Muerte, tal vez la comprende, y, si lo hace, creo es desde el Amor.

Antes de compartir el poema, dos recomendaciones: La mujer y la muerte en Macedonio Fernández, de León Rozintchner (use el buscador, hombre. que está en pdf); y el desgarrador romance Una noche de verano que Antonio Machado escribe tras la muerte de Leonor, dolor que lo acompañará por el resto de su vida, pero de distinto modo a la postura de Macedonio.

ELENA BELLAMUERTE

No eres, Muerte, quien
por nombre de misterio
pueda a mi mente hacer pálida
cua1 a los cuerpos haces. ¡Si he visto
posar en ti sin sombra el mirar de una niña!
De aquella que te llamó a su partida
y partiendo sin ti, contigo me dejó
sin temer por mí. Quiso decirme
1a que por ahínco de amor se hizo engañosa:
“Mírala bien a la llamada y dejada: la Muerte.
Obra de ella no llevo en mí alguna
ni enójela,
su cetro en mí no ha usado,
su paso no me sigue
ni nevó su calor ni de sus ropas hilos
sino luz de mi primer día,
y las alzadas vestes
que madre midió en primavera
y en estío ya son cortas;
ni asido a mí llevo dolor
pues ¡mírame! que antes es gozo de niña
que al seguro y ternura
de mirada de madre juega
y por extremar juego y de amor certeza
-ved que así hago contigo, y lo digo a tus lágrimas
a su ojos se oculta.
Segura
de su susto curar con pronta vuelta.”
¡Si he visto cómo echaste
1a caída de tu vuelo, tan frío,
a posarse al corazón de la amorosa!

Y cuál lo alzaste al pronto.
de tanta dulzura en cortesía
porque amor la regía,
porque amor defendía
de muerte allí.

Yo sabía muerte pero aquel partir no.
Muerte es beldad y me quedó aprendida
por juego de niña que a sonreída muerte
echó la cabeza inventora
por ingenios de amor mucho luchada.

Muerte es Beldad
mas muerte entusiasta,
partir sin muerte en luz de un primer día
es divinidad.

Grave y gracioso artificio
de muerte sonreída
¡oh cuál juego de niña
lograste, Elena, niña vencedora!
Arriba de Dios fingidora
en hora última de mujer.

Mi ser perdido en cortesía
de gallardía tanta,
de alma a todo amor alzada.
¿Cuánto será que a todo amor alzado,
servido a su vivir,
copa de muerte a su vivir servida,
pruebe otra vez, la eterna vez del alma,
el mirar de quien hoy sólo el ser de la Espera
cual sólo el ser de un Esperado tengo?

Futuro

Vio el instante preciso en el que la niña casi es embestida por dos bicicletas y vio el gesto de terror en la niña, por ese instante en que todo se trastoca, se derrumba, se altera. Los hechos y el gesto indicaban que la niña debía ser socorrida urgentemente, pero lejos de hacerlo siguió escuchando las grabaciones de los Rolling Stones, si eran bien leídas por el reproductor; de hecho éste dejaba oír en ese momento una de las primeras versiones de “Paint in black” con la voz de un jovencísimo Jagger, pero lo que acababa de ver hizo que comenzara a recordar los momentos de terror; Humboldt primero, inmediatamente Ludmila, a quien no pudo asociar con el mismo gesto de terror que vio en la niña porque lo que vio en Ludmila fue algo más misterioso todavía, misterio que le interesaba, el de Ludmila, si es que hubo terror o no en ella, y así, con Jagger, Richards, Wyman, Watts y todavía Jones como fondo, se puso a indagarlo, al Terror.
Podría uno ser ese que tanto insiste con que “Soy un Dios celoso”, por lo tanto vengativo; la Biblia está llena de muerte y venganza hasta el hartazgo, pero horror, lo que dice horror, poco o nada. Recordó a Gilgamesh y la saga griega, en especial la de Homero: batallas, espadas, descuartizamientos, degollados y empalados; relatos crueles que interesan por la épica, el heroísmo o las traiciones pero que no trasuntan espanto u horror. Se le cruzó Juan recordando un pasaje: “Al frente, como rey, llevan al ángel del Abismo, cuyo nom­  bre hebreo es Abadón; Destrucción”, pero, se dijo, un apocalipsis es tanto revelación como una forma literaria, y vaya si hay poética en él. Cuántos escritores fantásticos de hoy debieran abrevar de esa fuente como lo hizo Umberto Eco para disparar la imaginación en el ayudante del hermano William en “El nombre de la Rosa”… Pensó en la Edad Media, en la que hay un indicio de terror con los dragones, suerte de demonios, y a la par los santos caballeros que los derrotaban. Lo del indicio es porque es aquí donde la idea del demonio comienza a asustar a los pueblos, que si antes lo hacía (y lo habrá hecho) no hay registro porque las víctimas no eran el pueblo sino que, para los literatos, tal o cual demonio encontraba más rédito acosando a los héroes.
El disco de los Rolling Stones hizo la pausa entre pistas. Prestó atención. Apenas escuchó los primeros acordes, algo de piano y un seductor juego de tumbadoras, reconoció “Simpathy for the Devil”. Se preguntó si sería casualidad que justo en ese momento ese tema reprodujese la lectora de discos compactos. Mientras la voz de Jagger era cortesía del demonio hacia ministros y demás, recordó a otro poeta que hábilmente amedrentaba al lector adentrándolo al ámbito propicio: “Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada (…). ¡Oh vosotros los que entráis abandonad toda esperanza!”. La esperanza… ¡Caramba, si ésta sucumbe!, pensó, ¿explica eso el terror?
Recordó que Dante buscó la salvación no tanto en Dios sino en Beatriz. Fue entonces a otra sublimación de la mujer, en un relato horrible; ahora sí nos asomamos al espanto: “Berenice”, de Edgar Alan Poe; ¡oh, sí!, horror, espanto y terror todo junto. Y recordó “El pozo y el péndulo”, que si aquél es el horror éste es la tortura, el terror metódico, producto de una inteligencia y para nada demoníaca, salvo que el demonio (lo acababa de sugerir Jagger) conduzca a ciertas personas con poder, y peor cuando el argumento es torturar y promover la muerte en el nombre de Dios.
Pero Jagger ya había dejado las alegrías de Satán para deleitarse con “Satisfaction”, otra forma de placer. Pensó, porque ya habia orillado lo de la tortura, que muchas veces se la ejerció, y ya no como mera recurso de la ficción sino como un hecho histórico. No lejos en el tiempo: Armenia, Polonia y Rusia; y no lejos en el espacio… Da lo mismo si son treinta o dos mil los desaparecidos. La tragedia se reduce a unas pocas palabras: “Están desaparecidos. No están, no existen”. ¿Habían delinquido? Es posible, pero es improbable. Se detuvo al oír la suave melodía de “Ruby Tuesday”. Muy Dylan, pensó. La canción de protesta, se dijo recordando al baladista. Sensibilidad, percepción de la realidad; sospechada o evidente injusticia; y su colorario: resistencia, rebeldía y tendencia a la sublevación. Hasta aquí no hay delito, mas luego la lucha armada, la guerrilla, el homicidio. Aquí hay delito pero ¿cómo probarlo si el sospechado fue desaparecido, “no existe”? El craso error: la ausencia de un juicio y el castigo, si correspondía. No es que el remedio fue peor que la enfermedad, se despreció a la enfermedad (aquella observada por la sensibilidad y definida por la percepción de la realidad) y se la ocultó alegremente bajo la alfombra, o miserablemente.
Pensó en la sensibilidad de Ludmila. ¡Qué inmensa era y qué inteligencia la suya! Veía la realidad, curaba la enfermedad. Y qué bien lo hacía, sin dañar, a puro amor. Su eslogan era “Toda persona es una posibilidad, siempre”, recalcando eso de siempre. Pero también fue víctima del terror. Jagger recorría la última pista del disco compacto. “Factory girl”. Atinado tema para este momento del análisis, pensó. Se acercó a la ventana por la que había visto el gesto de terror en la niña súbitamente amenazada por los dos ciclistas. Si nada hizo en esa oportunidad se debió a que la niña fue rápidamente asistida por alguien, supuso la madre, y los mismos ciclistas, y notó que el terror que le vio en el rostro fue pasando a la congoja y, poco a poco, sollozo mediante, ternura también, a cierta calma, aunque, sospechó, la niña jamás olvidaría ese instante, porque nadie olvida un instante como ése, verse… Que no es verse, se dijo, es sentirse amenazado por la mismísima muerte, sea ésta imaginada o no. El miedo a la muerte es lo que aterroriza, no es la falta de esperanza, es sentir la muerte, y tal vez… No, tampoco es tal vez; es sentir la presencia de la Muerte… Y puede ser a causa de un hecho fortuito y hasta natural, como un cataclismo, que los hay, pero distinto cuando es producto de la voluntad humana.
¿Por qué se decía todo esto? ¿Conocía él al terror? Sí; Humboldt lo llamaba. Fue aquella noche que volvía de una agradable velada familiar con pizza, cerveza y la voz de Gardel susurrando tras las conversaciones. Esa noche en la que caminaba por esa calle y miraba a los que disfrutaban en las tantas mesas que hay por fuera de las casas de comida, y veía que los comensales gustaban de una cerveza al triple de valor de la que él había consumido un rato antes. Nada de malo hay, se había dicho entonces, en disfrutar de una noche serena, y si por ello se paga el triple y el bolsillo lo permite no era cosa que le debía incumbir. En eso estaba, en la mirada sobre los que disfrutaban de esa noche serena, cuando un auto oscuro apareció a gran velocidad desde una de las esquinas, tan rápido que no pudo llegar a identificar la marca del mismo; de la matrícula ni hablar, y habría sido bueno porque repentinamente se abrió el techo de ese auto oscuro, o estaría abierto, y salió quien portaba algo en sus manos, algo que pudo saber de qué se trataba cuando una ráfaga de disparos dio en un grupo de mesas casi completa de comensales. Y cayeron las copas, las botellas, las sillas y las mesas; cayeron también las vidrieras que estaban por detrás; cayó algún camarero que andaba entre esas mesas y, por supuesto, varios de los comensales. Cómo desapareció el auto nunca lo supo, porque ¿cómo decirlo?: fue asombro y ruido, el de los disparos y el de las vidrieras y las mesas, pero todo se fue convirtiendo en un fondo sonoro que se diluía, no supo si de los oídos o del entendimiento, porque el entendimiento había desaparecido, la inteligencia fue totalmente inútil, solo pudo recordar esa súbita e imposible parálisis, tan súbita que nada pudo detenerla y tan imposible porque jamás había sentido algo igual. Y ahora que lo recordaba volvía sentir el dolor en el cuerpo. No el de las balas; él nunca había estado en la línea de tiro; era el de la reacción del cuerpo, el de sus músculos, su estómago, su vientre y si hubiera podido verlo el de su piel, porque no podía ver, y si veía no comprendía, no comprendía, no podía hacerlo, no podía nada. Y nunca supo qué fue de él entre ese instante en el que el mundo y su vida se detuvo y cuando se halló en su casa, que le resultó tan salvífica como cuando un animalito apaleado se esconde en su madriguera… Recordaba vagamente que cuando los que quedaron vivos intentaron salir del disturbio y el espanto surgieron gritos y él, aun sabiendo que ninguna bala lo había tocado, no pudo reaccionar por más que oyera los ayes que quebraron el instante de silencio que se había producido tras la desaparición de ese auto oscuro, misterioso y asesino. Ahora que lo había revivido todo, a causa de lo que viera tras la ventana, se detuvo a observar la parálisis que había sentido en aquella oportunidad, y entre el análisis y la reviviscencia siempre le surgía la misma respuesta: el Terror… el Terror…
Lo pudo definir (no inmediatamente, necesitó un largo proceso para ello): ante el estado de terror el entendimiento se confunde, el espíritu se amilana y la voluntad desaparece. ¿Debido a qué? Otra respuesta sencilla: aquel temor a la muerte. Pero un temor que surge del cuerpo porque la inteligencia no hace a tiempo a procesar los hechos. El inevitable y prodigioso instinto de supervivencia. Tan en lo profundo como la vida misma. Es lo que sintió la niña, es lo que había sentido él en esa esquina de Humboldt y Paraguay. La compactera había hecho silencio pero no se había dado cuenta, inmerso como lo estaba en el arrebato de su cuerpo al revivir aquella noche de horror y muerte. Pensó en la crueldad, en el terror… Pensó en Ludmila. ¿Qué habrá sentido Ludmila?
Se había cruzado con ella unos días antes y la vio y la sintió como siempre, una fuente de vida, toda alegría y voluntad, y de la buena; eran destellos los que sentía de esos ojos alegres y hasta pícaros. Luego, cuando se enteró de la espantosa noticia, fue a ella, pero se encontró con un inesperado silencio y una opacidad en esos ojos que habían sido alegres y hasta pícaros. No era tristeza, no era llanto, no era dolor; no era nada de lo que le suele suceder al resto de los mortales en una circunstancia parecida; era una total opacidad; la vida retirada en esos ojos… que habían sido alegres y hasta pícaros. No pudo comprenderlo en ese momento y no podía comprenderlo ahora.
Recordó “La naranja mecánica”. Conversando con un amigo terapeuta éste le había dicho “Más que de terror, Poe es psicológico. Hay una escuela que lo incluye en sus investigaciones”. “¿Leíste a Burgess?”, le preguntó; “No, pero vi a Kubrick. Entiendo adónde querés llegar: el ser humano puede ser cruel”. Puede ser cruel, puede ser cruel, se dijo. ¿Por qué no todos? La cultura, sí, claro, esa gran conductora, pero, al socializarlo, ¿qué pasa con su realidad animal? ¿Se intenta matarla? Algo inútil; esa parte existe, quizás explique la crueldad y quizás explique el terror. Él mismo se reconocía cuatro personas: el comprometido, el virtuoso, el indolente y el animal. Notaba que las dos primeras corrían parejas, una en la relación con el mundo y la otra con lo trascendente, o con Dios, si se quiere. Pero esa indolencia… Recordó a Camus: “Comprendí que había destruido el equilibrio del día. Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notara”. Dostoievsky en “Crimen y castigo” rescata a Raskolnikov de la indolencia y de la animalidad y lo lleva al arrepentimiento, pero Camus es tan indolente como Mersault.
—Alguien me dijo en consulta que a veces siente el deseo de hundir su bota en el rostro de quien tiene al frente, que hacerlo sería placentero y que la sensación le surge desde algún lugar profundo. Es una sensación que asusta a mi paciente —le había comentado el amigo terapeuta—. ¿Y el sexo? —agregó—. ¿Hay ­  algo más animal que la cópula?
Recordó entonces los momentos de goce y plenitud con su mujer en los cuerpos entrelazados, sudorosos, anhelantes y abiertos, como sus almas, para luego arrebujarse el uno con el otro en el descanso necesario tras la sublime obra de unión. Pero también recordó el desenfreno, esa cosa extraña y visceral al querer morder, arrasar, avasallar al cuerpo que poseía; el sexo por el sexo; penetrar a la hembra; una vez más: arrasarla, avasallarla, ¿violarla? Recordó “El libro de Manuel”. De qué manera tan atrevida Cortázar describe la sodomía, y Francine que se somete… ¿Donde está el amor? ¿Qué animal es éste que se dice humano?…
Se detuvo. Burgess, Camus, Dostoievsky y Cortázar. ¿Por qué nuevamente la literatura si antes la había abandonado para recurrir a la historia? Intentando una respuesta sacó el disco de los Stones, lo guardó en su estuche y éste al anaquel junto a un centenar de estuches más. ¿Puede la música moderna despertar la violencia? Es inopinado comparar las composiciones de los Rolling Stones con las de Vivaldi o de Bach, pero Wagner movilizó a un pueblo y colaboró en una de las masacres de la humanidad. Wagner no lo pensó así cuando compuso su música, pero esos fueron sus efectos. Y Alex, ¿no termina condicionado por la “Técnica Ludovico”? Significativo nombre: Ludovico, Ludwig… Buscaría nuevamente a Anthony Burgess, lo volvería a leer; también a Stanley Kubrick, pero en ese momento prefirió el “Canon” de Pachelbel; lo necesitaba.
Mientras escuchaba la suavidad y el ritmo de las cuerdas se acomodó en su sillón preferido y pensó que el mismo ser humano es capaz de los dos extremos: la bondad y la maldad. ¡No, no!, se corrigió; dicen de Einstein: “El mal es ausencia de amor como la oscuridad es ausencia de luz”. Ludmila, Ludmila…
Lamentó mucho su muerte pero terminó concluyendo que quizás era la mejor salida a una vida profanada; justo una vida comprometida por los demás. “Toda persona es una oportunidad”, y por ello, por trabajar por esa oportunidad de los demás, volvía a altas horas de la noche, y nadie oyó sus gritos. No murió esa noche. Su cuerpo perduró cinco meses más, pero habían matado su espíritu. Habrá sentido la impotencia en ese momento y todo se le apagó, y la naturaleza nada pudo hacer, sólo que el cuerpo persista un poco más. Su muerte comenzó la noche en que tres cretinos la empujaron contra una pared y le desgarraron la ropa. Inmerso en esos pensamientos sintió la compasión. Y sintió el compromiso. El de la tarea para que no sean violadas más ludmilas, para que los niños sientan cerca la mano protectora cuando la circunstancia se les vuelve adversa, y para que la codicia no ejecute a un sujeto que estaba por testificar en un juicio, sin importar, por ello, que mueran otras tres personas, queden heridas cinco, se conmocione todo un barrio y él reviva el terror al recordarlo.
Pachelbel silenció sus cuerdas. Poca cosa cinco minutos; necesitaba más. Pensó en la dupla Schiller-Ludwig. ¿Podría escucharlos ahora que había recordado al Alex de Burgess? Pero, se preguntó, ¿qué culpa tenía Alex que, aun siendo un bad boy, le gustara Beethoven? ¿Qué culpa tiene Burgess que unos soldados violen a su esposa y por eso escribió “La Naranja Mecánica”? Y al fin, ¿qué culpa tiene Beethoven de lograr una de las páginas sinfónicas más excelsas de la historia? Dejó el sillón en busca del disco y lo colocó en el reproductor para que leyese directamente el Cuarto Movimiento. No lo entusiasmaba tanto la Oda de Schiller sino ese juego sublime donde orquesta y coro sube, sube y sube y se sostiene elevando no sólo la música sino el sentimiento. La perfección: sentir la elevación del espíritu; ¿cómo, entonces, Alex podía ser tan cruel si gustaba tanto de esa música y cómo el Sistema podía ser aún más cruel empleando esa misma música para someter al Alex-animal?
Con cierta desazón apagó el reproductor. No podía escucharlo. Sintió una gran pena porque amaba ese fragmento.
La habitación quedó en silencio. Anochecía; el ocaso. Recordó unos versos. No gustaba de su autor pero sí esos versos: “¿No sientes? / ¿Qué? / La tarde… / La soledad del mundo…”. Hasta Capdevila fue capaz de percibir lo inefable. Los poetas. ¿Por qué suicidan los poetas? “Porque indagan el alma y a veces se encuentran con cosas que no pueden soportar. Hay que estar preparado o no meterse muy adentro”, le habían dicho. Recordó a Lugones, a Storni, a Quiroga. Recordó a Edvard Munch, “El grito”; ese gesto mudo ante la
XXXX peor de las incertidumbres. El arte, el arte, sólo el arte lo puede expresar. “Guernica”, un momento cruel de la historia en pocos trazos. El arte, el arte, sólo el arte lo puede expresar. “Las meninas”. Vino a su mente esa imagen bella destacada en el claroscuro y la asoció con la niña que sintió el terror. La mirada. Sus ojos, pensó, y los de Ludmila, la vida apagada en ellos, en esos ojos que habían sido alegres y hasta pícaros; y otra vez: la mirada infantil del cuadro de Velázquez y la de Ludmila. Los ojos, la puerta del alma, dicen. El alma. ¿Por qué se suicidan los poetas? El alma…
Sabía que no hay música que alcance, no hay pintura, no hay poema que llegue, pero se acerca, y cuando lo hace puede uno encontrarse con las mejores y las peores cosas del hombre, y es necesario que así sea. Es necesario que alguien llegue, lo vea y lo describa, porque no habrá ciencia que lo logre; sólo el arte, sólo el arte.
Intentó vanamente recordar los ojos alegres y hasta pícaros. No quería recordarlos apagados, no quería ver su alma ya difunta. Quería recordarla viva, pero no podía. La imagen de esa mirada ausente era más fuerte que todos los otros momentos. Recordó a Discépolo:
Pero un frío cruel
que es peor que el odio
punto muerto de las almas
tumba horrenda de mi amor.
¡No podría haber un concepto más preciso, la idea de “el alma en punto muerto”! Fue a su biblioteca en busca de una carpeta casi olvidada, lo hizo pensado en otro tango:
¡Aullando entre relámpagos,
perdido en la tormenta
de mi noche interminable, ¡Dios!,
busco tu nombre.
Se detuvo. No necesitó la carpeta. Recordó lo esencial: “Seguirte es dar ventaja”. Allí comenzó a comprender.

Alex habría tenido su momento de bienaventuranza con la dupla Schiller-Ludwig. Quizás el caso patológico fuera Anthony Burgess. Su amigo terapeuta debía leerlo y luego conversarlo entre los dos. ¿Y Mersault? Le seguían pareciendo importantes esas pocas palabras: “Comprendí que había destruido el equilibrio”. Ante ese primer disparo lo que comprendió Mersault es que se había condenado. Veamos a Francine, se dijo, ¿no se somete a la sodomía porque teme perder a Andrés? “Te vas a ir, Andrés”, repite una y otra vez; la Eva sometida, la ausencia de Lilith, el triunfo de Magdalena de mano del Nazareno. A Raskolnikov logra Dostoievsky rescatarlo de su condena. ¿Y Ludmila? Ningún crimen en ella, ninguna condena. Pero seguirte es dar ventaja. ¿Sabía Ludmila que daba ventaja? Si es así, si es así… Tuvo una sospecha. La tanteó. ¿Es posible?, se preguntó, y sin pensarlo más tomó el teléfono:
—¿Puede el alma decidir partir? Los estados vegetativos, ¿son almas que ya no están?
—Eh… —intentó responder el amigo terapeuta a semejante pregunta—. El EEG plano indica un estado de muerte aun cuando el cuerpo mantenga sus signos vitales, pero que eso signifique que lo que llaman “alma” se murió, se apagó o ya no está… Bueno, sinceramente, no es mi tema. Quizás algún cura, digo, los religiosos.
—O los poetas.
—O los poetas —convino el amigo—. Sí, entiendo a lo que querés llegar. ¡Diablos, que son jodidos ustedes!
La habitación era penumbra y silencio pese a cierto murmullo y algunas luces que se reflejaban desde la calle. En esa penumbra y silencio comenzó a dejarse llevar por la hipótesis, ¿puede el alma decidir partir?, y así se mantuvo durante largos minutos, a medias entre el ensueño y la abstracción. Unos versos olvidados vinieron a su mente:
Morir sin morir y vivir sin la vida.
Para el cielo una conjetura diferente.
Despierta pronto – al más
arduo milagro de la fe.
La enigmática Dama de blanco. No fue Eva y fue mujer; no fue Lilith pero no renunció a su modo de ver el mundo. No fue Magdalena ni Francine, pero aceptó su condición. Legó una poesía que hoy sigue cautivando y lo seguirá haciendo. “Morir sin morir y vivir sin la vida…”, se volvió a decir. Que las dos partes se escindan pero permanezcan, liberada el alma de la tragedia del cuerpo. ¿Pero esto no es la definición de zombi, o la del alma en pena? Ensimismado oyó el teléfono. Dudó. Al fin atendió.
—Me dejaste con cierta intriga y, suponiendo la existencia de eso que llaman alma, busqué en tus colegas. Y dice Benedetti que “el alma es incapaz”…
—“…de ser alma sin tus huesitos”, le dice al cuerpo.
—¡Ah! ¿Lo conocías? Sí, claro; debés conocerlo. Y este otro de un tal Parra…
—“Cuando se muere la carne el alma se queda a oscuras.” Es de Violeta, de una canción muy triste.
—Che, no te puedo ganar.
—También hay otro verso de Mario: “La vida, ese paréntesis”. ¿Y por fuera, qué?
—Caramba, interesante… Por fuera, qué… Qué loco.
—No tanto. Hay un indicio —y le recitó los versos recordados.
—¿Quien dijo eso? —preguntó el otro dudando.
—Emily Dickinson.
—No la conozco.
—Debieras… Pero decime. Sostengo la posibilidad de que el alma decida partir, y que lo haga, te explico, para subsanar la tragedia del cuerpo. Estuve analizando el terror y me di cuenta que éste es posible por la urgencia de la entidad biológica, pero no sé si lo es para la espiritual.
—Mirá. Me cuesta aceptar lo del alma. Lo entiendo mejor como inteligencia o conciencia, pero eso del espíritu, me cuesta.. —y agregó, tras una pausa—. Pero acabás de exponer un razonamiento interesante, eso del… ¿cómo dijiste? ¿Terror, no?
—Sí.
—Bueno. Bien. Miedo extremo, pero se lo adjudicás a la realidad biológica, el cuerpo, y es correcto lo que decís. Pero lo otro, lo que dijo esa poeta…, esa que nombraste recién.
—Dickinson.
—Eso. Repetímelo —se lo repitió, y dijo, tras una pausa—. ¿Cómo se puede vivir en la muerte o estar muerto en la vida? Sólo si existe una realidad autónoma respecto de la biológica, pero estamos acostumbrados a mirar a la vida solo bajo esa realidad, la del cuerpo. La verdad, nunca me consideré ateo, y siempre me molestó eso de agnóstico, como que me tipifica. En realidad es que soy un ignorante. ¡Qué lo parió! Todo esto, que me parecía irracional… —el teléfono, la calle y el mundo hicieron silencio, hasta que preguntó—: ¿Cómo es que tiene lógica? —se produjo otra pausa—. Sí que son jodidos los poetas.
Sonriendo cortó el teléfono. Decidido encendió el reproductor y fue en busca del Cuarto Movimiento. Asombrosamente la calle hizo silencio y lo pudo disfrutar en la penumbra de la habitación, acariciado levemente por la música. Pasaron los solistas, la Oda de Schiller y la orquesta anunciaba lo que esperaba, la glorificación de la sinfonía y la del espíritu. Entonces oyó, clarísima, su voz: “Toda persona es una oportunidad, siempre”, y la música quedó atrás. Una lágrima fue asomando, agradeciendo a los autores que escudriñan el alma. ¡Gracias, Discépolo, que me diste la clave! Pueden dispararse mil balas más sobre un árabe muerto, puede alguien estúpidamente someterse por amor, la justicia morir en manos de unos sicarios o por la mentira sistemática, y puede uno abandonar la fuerza de la vida, pero siempre hay una oportunidad, la anunciada por Raskolnikov en el arrepentimiento, por la inocencia de la niña asustada, y por vos, Ludmila.
No supo si era imaginación o realidad, pero la imagen se le fue conformando: el brillo de una sonrisa, el de unos ojos alegres y pícaros y el empuje de lo que había sido, o era, porque sintió esa convicción que la movilizaba y esa fe que la sostenía. Entonces, las palabras le fueron surgiendo a medida que la sentía: “Alguien debe decirlo… Seguirlo es dar ventaja, es cierto, pero también es disponer de una ventaja. Ni siquiera fue el alma en punto muerto. Esa mirada perdida no era la de la muerte. No es que te dejaste morir. Nadie te mató, lo que murió fue tu cuerpo cinco meses después, pero vos, Ludmila, ya no estabas aquí.”
Tras la apoteosis de la Novena Sinfonía llegó el silencio. También la calma. La palabra victoria cruzó por su cabeza. ¿Sería ésa la resurrección, el triunfo de la vida?
Decidido encendió la luz, se dirigió a la cocina y abrió una cerveza. Con cierto embeleso observó la frescura, la espuma y el color ambarino.
—“Toda persona es una oportunidad, siempre.” —citó, y, alzando la copa—. En tu excelentísimo honor, Ludmila.
Y bebió con sumo placer, pensando en esas palabras, sin importar si las había oído un rato antes o fue el recuerdo de las veces que Ludmila se las había dicho.
Afuera la calle seguía con su trajín, totalmente ajena a la más inconcebible de las escatologías.