La soledad entre otros

Sobre “Bajo la luna negra“ de Marcelo Vallejos, Primer premio del concurso de novela de la Universidad Nacional de Moreno. “Voy a cometer un acto de libertad. En estos tiempos, la libertad hay que cometerla”.

Algunas palabras, las que anteceden, que deja sobre un papel el protagonista. Un último grito, acaso la ausencia de voz que por no ser escuchada se cobija en un papel que, sabe de antemano, no será leído por nadie. Ni siquiera por la inquietante presencia de un hijo que ha decidido abandonarlo, ¿la figura (des)dibujada por otros de una historia que no le pertenece? La historia de otros, la historia de los que construyen mentiras e historias sin literatura (aceptemos la convención del poderoso si quiere: posverdades) y abandonan a sus marionetas en el tablado de la orfandad. Un puñado de puñaladas que descuartizan la novela y parecen encaminarla al lugar común al que no estamos dispuestos a asistir (no por nosotros, sino porque supimos ver en la primera novela del autor.-Anatomía de un simulacro-la pluma de aquellos que saben poner luz sobre la luz y que se note) y allí la bocanada de oxígeno, el impulso que da la construcción del altar de lo sagrado. Los retazos que anudan la soledad en la voz de un narrador que nos convida al desafío de la agonía, de un viaje que será compartido por los personajes; pero que, inevitablemente, es poner de pie a las marionetas dentro de nosotros e interpelarnos por los otros. Nos deja solos, nos empuja sin pudores al tablado, nos mimetiza con Luna o con Bea, no nos pide permiso, ni siquiera nos invita para clavarnos el haz de luz entre las cejas una vez arrojados allí.

¿Una novela con la otredad como tema? ¿Nos atreveremos a encasillarla? Vicio de la crítica y quizás, mejor sin quizás, poco le importe el sayo.

¿Alguien quiere morirse de esto? Que dé un paso al frente. Que cuente cómo construyó a los otros; que diga por qué amó y no queda ni siquiera el perfume del abrazo; por qué mató o no cuando casi daba lo mismo; que explique cómo se vuela cuando las alas son la voluntad quebrada; pero el envión, la luz de los ojos de los ausentes. Que se atreva a perfilar la historia de una mujer en la cadencia de una niña y dentro de la novela que no está escrita porque no es necesario, pero está y hay que cargarla con otro código. Que construya una ciudad sin voz donde todos hablan. Que sea tan insolente para hacernos oler como animales la identidad. Y entre el griterío de marionetas que se (des)anudan un nosotros como un paredón contra el que tirar la voz de la otredad. Y nosotros, nosotros agazapados para no ser descubiertos por la luz de la mañana que se filtra para tirarnos a la ciudad “real” y no dejarnos donde sí queremos morir. Nosotros sí queremos morir en esa larga e irrefrenable noche que suelen deparar las novelas que se leen en una noche.

Una lectura de “La Cifra”

Dice Borges en su prólogo de La Cifra, libro al que habremos de destinar estas líneas que tienen por destino vano la inevitable frontera del perfume del fracaso; puesto que la poesía, abjura y demuele la crítica en su devenir de oleaje infinito hasta hacerla por completo insignificante y prescindible:

Mi suerte es lo que suele denominarse poesía intelectual.

Una forma de entretejer vigilia (intelecto) y sueño (poesía), para finalizar con:

Estas páginas buscan, no sin incertidumbre, una vía media.

No sin incertidumbre, marca un intersticio que se abre aquí y cierra, según esta mirada, como un eximio jugador de ajedrez, en unas notas finales que intentan dilucidar algunos poemas. Entonces (vaya librito), comienza tratando de divulgar qué “tipo” de poeta es y cierra contando el por qué de la escritura de algunos versos. Aquí el primer interrogante, ¿Borges, explicando su escritura? Traslado la inquietud para que me acompañen en esta breve angustia, similar a su tan nombrado Río, en la que el inquieto Jorge Luis nos arrojó.

Angustia cercada por prólogo y notas finales que operan como dos espejos que al reflejarse entre sueño y vigilia, lunas y rosas, nombres y olvidos, nos hacen entrar ya enceguecidos en el laberinto que siempre construyó con su aire. Nos tiende el bastón con su urgente necesidad de saberse par; él, si se me permite el lance, con su obsesiva ceguera que lo hace el ciego más absoluto entre los ciegos; nosotros, con los dos supuestos salvavidas explicativos que no son más que espejos enfurecidos por la luz para, Edipos ignorantes, errar siempre, siempre por el mismo sendero. Pero, ya ciegos todos, en la mitad del camino la revelación, la inesperada e inevitable: el Borges al que Borges intentó esconder desesperadamente, aquél que desafía al de la vía media, al del delicado equilibrio, al de las circularidades, al de la cadencia latina, al de la Sangre y los ríos, incluso al de los laberintos, la muerte y el olvido.lacifra1

Pues bien, con el “salvavidas” borgeano coronándonos, el bastón y la compañía de Borges, entramos al minucioso círculo donde se esconde EL OTRO, el que a pesar de los esfuerzos azogados encuentra en el ocaso de su tiempo, más cuerpo desnudo que investiduras, más verdades cotidianas y menos absolutas, algo de vulgaridad sin burla y por qué no, mucho más Baudelaire y Rimbaud y menos Verlaine, aunque insista con el tozudo juego de la magia de usar nombres como gasa.

Veamos: En Ecleciastés, I,9 preanuncia que los verdaderos espejos son los de los bordes, los del abismo y no los que son su eternidad poética cuando el tiempo no es el Tiempo y alcanza con la memoria, la abstracción y la confusión.

Sólo una cosa no gustada espero,

una dádiva, un oro de la sombra,

esa virgen, la muerte…

Para continuar en Dos formas del insomnio

es no ignorar que estoy condenado a mi carne, a mi detestada voz, a mi nombre…

Hay tanta realidad del yo que se sumerge en el yo poético que inquieta hasta al poeta más plantado. Luego, astuto, sigue el otro, el encubridor, el que nos tendió el bastón para ocultarse.

¿Para qué ocultarse? Dejemos planteada la cuestión, pero valga el recurrente uso de la anáfora, con dos destacables como las que aparecen en He soñado y Recuerdo, en un intento agobiado por equilibrar los Borges o que al menos se imponga el impostor.

En La prueba todavía desafía con un dios con minúscula, pero comienza a desbordarse lo cotidiano, lo vulgar inundando sueños, cegueras (la de él y la nuestra) y paraísos que acaso con cierta tristeza y resignación entregan el cuerpo de animal sentado . Necesita demoler el mármol falso que construyó, juego, bello humor ácido, encanto erudito del latín, y verterlo ya no sobre los otros sino sobre la propia voz y la propia imagen.

Vaya verso, ¿borgeano? para cerrar Himno o las formas de tratar el llanto en Elegía y El ángel.

En el primero

todas las cosas que merecen lágrimas…

acabo de llorar en Buenos Aires todas las cosas.

En el segundo

ni el oprobio del llanto…

Para cerrar con

Señor, que al cabo de mis días en la Tierra…

Un Señor con mayúscula, una posibilidad de nombrarlo, un gesto de perfección o desesperación humana impensada en el agnóstico poeta.

En el “grito” de El tercer hombre, El bastón de laca y El forastero aparece la magia de una serie infinita, bien hasta aquí. Sucede que en uno de ellos es María Kodama quien lo descubre, ¿qué yo habla mi querido J.L? y más, M.K, son las dos primeras palabras. Tan de acá, tan de poema de este lado…y tanta luna Federica dando vuelta para quien buen poeta era Machado; para finalmente igualarse con los indios en Nihon.

El intersticio dejó ir el agua y los espejos del agua, quedan el triste azogue y nuestras desnudeces, un olor a tiempo de todos que por primera vez inunda sus pulmones en el horror de la muerte, lo hace tan “humano” que casi con un guiño cómplice nos invita a derribar todo aquello que construimos con su lectura y releerlo ingenuos; círculo infinito, huella de todas sus múltiples cabezas y, ¿vaya paradoja? su simple humanidad.

Allí La cifra

Yo sé que alguien, un día,

podrá decirte verdaderamente: …

Sin máscaras, don Jorge. Cómo no ocultarse, si tanto quiso jugar a las escondidas en el follaje, tras todas las trampas del poeta y la pudorosa gasa; si este Borges, entre todos los que seguirán apareciendo, se hubiese raspado las rodillas jugando a la escondida y andado en patas entre nosotros y es en Andrés Armoa que resuena, acaso un eco liberado.

¡Salud maestro!

Cada día hacia el infierno descendemos un paso”

Ch. Baudelaire.

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BIBLIOGRAFÍA

Borges, Jorge Luis, Emecé editores, Buenos Aires, 1986.

El texto en el teatro o el teatro TEXTO

Esta reflexión tiene su origen en el convite que me realizara la revista Tantalia a escribir sobre Shakespeare y su obra. Tanto se ha escrito, tanto se ha dicho ( y se seguirá) sobre el autor que preferí tomar un elemento central de su producción, el texto a secas si se me permite el desliz, y bogavantear sobre las aguas de estas épocas tan concurridas por múltiples miradas teatreras.

Obviamente, sería ridículo pensar en el texto hoy sin aclarar que no vamos a cometer la infantil engañifa de comparar, en tanto elemento del Teatro, épocas pre y post K. Stanislavski y todo lo que le siguió para hacer de esto una profesión ;pero, justamente es a partir de este mojón de escisión que vale esta polémica instalada desde hace algún tiempo en la discusión de teóricos, teórico-prácticos y practicantes del teatro y que sigue generando profundas turbulencias. Andando, recorriendo el mundo teatral vi, FELIZ, una proliferación de escuelas, talleres, etc, ya sea de iniciación ya de perfeccionamiento del actor/actriz donde el texto aparece como un enemigo necesario, un enemigo que hay que mantener a raya, casi un otro que viene a infestar las aguas de la creatividad, a taponar las compuertas que todo profesional o iniciado deben poner a funcionar para desarrollar esta actividad en la cual ,y agradezco a todos los dioses, nos van la vida y la muerte de la mano y a cada instante. No voy en desmedro de casi ninguna de las prácticas que se proponen en cada una de las escuelas y de los talleres; todas son válidas para recorrer el camino y enriquecen el sendero, pero demonizar, en sentido negativo obvio ya que bienvenidos son todos los demonios y dioses por aquí, al texto no parece ser un buen camino, más bien se nos presenta como un atajo sin salida que va a cerrar, inevitablemente, una de todas las compuertas necesarias.

Nadie acepta hoy, celebramos que así sea, cuatro horas de alguien diciendo un texto sin más. Pero de allí a generar lo arriba antes mencionado hay un largo trecho. Este prurito, este temor por lo que el texto pueda generar (hablo de un texto complejo que genere desafío en sí mismo, aclaro) está inoculando cierto espanto, cierta tendencia a no querer enfrentarse a ello y salir airos@ de dicho desafío.

Vale aclarar que casi todos coincidimos en que el texto es lo menos importante (entre los primeros ejercicios de los talleres está el de decir el mismo texto en diferentes situaciones, lo sabemos) y aquí la diferencia, la “confusión” del texto con el TEXTO. No aclarar, por ignorancia, por falta de compromiso, por facilismo profesional que el texto no es el TEXTO es un peligroso punto de partida para todo iniciado, es cercenarle una de las vetas más poéticas, más metafóricas que tiene en su esencia misma el teatro.

El TEXTO teatral es el todo y el texto es parte de ese todo y es la palabra, debe generar todas las dificultades posibles para andar el camino del desafío para ser profunda y genuinamente actores. No arrumbarlo en el rincón de la vieja usanza donde sólo se “decían” textos y nada era práctica profesional actoral; con la “falsa excusa” de que ahora es otra cosa (ya mencioné arriba que es algo en lo que todos coincidimos y que forma parte del ABC) estamos construyendo un monstruo que será difícil derrotar si lo dejamos crecer y ser. Esto es verdad, pero una verdad en la cual, cuando se comienza a hurgar, se encuentra la falacia de confundir algo tan primario y entonces es mentira y si hay algo que el teatro no se puede permitir es la mentira. Hacer esto es mentir, es pararse en algo que se superó hace ya largos años y todos sabemos. Hay que explicar con todo nuestro instrumento actoral las diferencias entre TEXTO y texto, el teatro nos lo agradecerá.

El marco, tal vez como en ninguna otra actividad, es liberador en teatro, es donde flotamos, donde nos basta el vasto espacio de un milímetro cuadrado para recorrer el universo y en el marco está el texto, el texto y su dificultad, el texto y su complejidad, el texto y su desafío, el texto y su belleza, el texto que diga, el texto palabra. Entonces, será lo mismo decir un texto de Shakespeare que el primero de los trabalenguas que decimos en un taller. Eso sí: el TEXTO no será el mismo.

Por qué leer o no la poesía de Macedonio Fernández

Escribir sobre Macedonio implica, al menos en la primera reflexión, una dificultad. No porque su obra, obviamente,  no permita el análisis, sino porque tal vez sea el “escritor olvidado” del que más hablan y escriben aquellos que se reconocen como escritores y en principio, quienes suponen tener las palabras acertadas para abordarla porque comparten su actividad profesional y encuentran en él la semilla de  parte de su producción literaria. Aquellos que saben por qué Macedonio es Macedonio, Que reconocen en sus escritos aquello opaco y que está vedado al público en general. Lo han  ubicado como uno de aquellos autores de culto, pedestal que siempre tuvo para mí cierto tufillo a elitismo y vicio en el que suelen caer casi todas las profesiones. Sin entrar en polémicas que no corresponden a este artículo, basta decir  que casi todos dijeron y hablaron y para  no recargar la memoria y hacer de esto una enciclopedia de nombres reconocidos alcanza con mencionar a Ricardo Piglia, quizás el crítico y docente  más trascendente de nuestra época quien no duda en ser lapidario con cualquier obra que no le parece de un nivel apreciable según su criterio(basta ver el artículo breve y cargado de desprecio que escribió en un diario matutino con relación a la obra de Carlos Fuentes con motivo de la muerte del escritor azteca. Tal vez la liviandad del mismo tenía que ver con el público no especialista al que estaba dirigido), que en reiteradas oportunidades, y con fundada razón., habló sobre Macedonio, sus capacidades y, así mismo, de la dificultad para asirlo. Dificultad, dificultad resuena  en cada una de las lecturas y producciones y mayor dificultad cuando poco queda por decir, parece. Pero no se agota aquí la complicación ya que el convite que se me hiciera para mi primer trabajo en este grato espacio está relacionado con la poesía de Macedonio. Aquí, entonces, una doble dificultad, escribir sobre su obra poética. La poesía es tal vez aquello menos abordable desde la crítica, aquello que se dice al decirse, que construye su anverso con la luminosidad que parece darle el haber acertado con la imagen perfecta y su reverso a la palabra siguiente, con una caída que sólo se detiene cuando la huella de la torpeza de otra acaba por anidarse  en una nueva esperanza por nombrar y parece no preocuparse demasiado por el asunto,¿acaso lo hacen los otros géneros? Lo que tal vez permita la validación de este artículo sea, si validarlo tiene algún valor, que al propio Macedonio bastante poco le interesaba que su obra tuviese trascendencia. Su preocupación mayor era pensar, parece, pensar y preguntarse. No a la usanza del filósofo tradicional sino más bien como el maestro ignorante del que hablaba aquel viejo maestro Jacotot*. Un filósofo en estado puro porque no instalaba las preguntas de la  filosofía sino que las vivía, su cuerpo era portador de cada una de las preguntas y las dejaba hacerse tinta; allí su literatura es pregunta esencial, pregunta que debe descubrir cada uno y donde pueda, pero no pregunta nada. Vaya paradoja, poco parecía importarle a Macedonio lo que parece importarle a sus colegas.

Entonces, me pregunto,¿ por qué escribía poesía ? Tal vez por lo mismo que la negaba, al menos en la mirada primera, su actividad cotidiana. El prejuicio pone al poeta más cerca de las sensaciones y emociones, al yo poético entre musas divinas o no, en senderos más o menos populares, más o menos comprometido con su época o no; pero, básicamente, contando de múltiples maneras la esencia de la finitud y la relación con las distintas finitudes si se me permite el término. Aquello que más conmueve a Macedonio es pensar , lo conmueve hasta la perplejidad y la emoción profunda. Hasta el mismísimo Borges rozó en su contenido la temática de Macedonio pero cayó  en la trampa del poeta: ensayó algunas preguntas y dio respuestas. Aun en aquellos poemas en los que parece preguntarse todo.

¿ Es posible escribir poesía desde allí?

Macedonio tocó todos los tópicos comunes imaginables: la muerte y su incestuosa inseparable, la finitud; la belleza y cada uno de sus portadores; el amor y sus múltiples rostros; y agregue aquellos que crea convenientes diría, haciendo uso de su fino sentido del humor.

Cada sonido, cada palabra, cada verso, cada poema son portadores de preguntas palpitando. No debemos caer en el error de afirmar que es una invitación a hacernos preguntas; en definitiva, toda obra literaria invita a hacerse preguntas y, lo que es más probable, a ensayar algunas respuestas.

Ya dije que a M.F. poco parecía importarle la trascendencia de su obra y en consecuencia, poco le importaría, supongo, que su obra fuera una invitación a preguntarse. Por lo mismo era considerado un gran conversador, no devenido en un charlatán de aquellos que suelen pulular por la tierra.

Tengo para mí que entendía la trascendencia en el encuentro con el otro, en la posibilidad de desdramatizar la histeria occidental de la muerte, al comprender que es en la comunidad como nos hacemos Uno.

Muchos de sus escritos están todavía temblando en lo indescifrable de su caligrafía; casi como testimonio de cierta imposibilidad de la palabra escrita; pero, al mismo tiempo como una pregunta en carne viva, desnuda y ofrendándose a quien quiera atreverse a vivirla. Usted no es más que un ser humano y esto es lo mucho o lo poco que tiene, pero eso sí: no haga cargo a los demás de no pensar. En definitiva, aquello que dicen nos distingue de los “otros”.

Entonces, no nos presenta a la muerte y nos cuenta de ella y nos da respuesta. La muerte está allí y sin más ;cada quien  hará con ella lo que quiera y pueda. Allí está la agonía, la vieja y ancestral, diluyéndose en cada uno al hacerla protagonista, al hacerla volver a su origen de ”ir al frente” sin ataviarla de requiebres lingüísticos . Eso sí: no deje de pensar  aunque en ningún lado si filtre que se lo estoy proponiendo. Allí la belleza y el amor austeros hasta el espanto para muchos pegadores de versos. Allí, nada menos que la luz y la sombra o su reverso, encubiertas en un tópico tan peligroso como LA Luna. Así va su poesía: invitando. Sin más intención que encontrar al otro.

¿Es poesía filosófica? ¿Es filosofía en un registro que no le es propio? ¿ Es poesía de la razón? ¿ Es sentimiento feroz disfrazado de calmo raciocinio? ¿ Es poesía? Preguntas.

Es tal vez la dificultad de la palabra escrita, quizás por eso prefería conversarlo, querido Jorge Luis.

Al comienzo de estas líneas abrigaba la esperanza de que, al modo poético, la doble dificultad se transformase en sencillez, pero no resultó. Abrigo, entonces, cierto cauteloso optimismo de que estas últimas palabras lleven a aquellos que todavía no leyeron algo de su obra a que lo hagan para que sean menos escritores los que lo nombren y más lectores los que ayuden a bajarlo del pedestal de “culto” para conversar con él, algo de lo que tanto disfrutaba.

Si me preguntaran si es de los poetas que más disfruto leer, mi respuesta sería un rotundo no. Es la carne naciendo y degradándose en el mismo acto. Es, si aceptamos desarrollar esta idea en conversaciones que vengan, semilla de un existencialismo naciente; un humano que construye el ser con otros.

No le pido  ,naturalmente, que le plazca su poesía. Pero sepa que allí andan la vida y la muerte más desnudas de preguntas y  respuestas de lo que pueda imaginar. Allí están: haga usted con ellas lo que quiera o pueda y si tiene dudas o contradicciones lo/a invito/a a conversarlas. Quizá, entre dos contradicciones encontramos alguna certeza fugaz.

* Rancière, Jacques; El maestro ignorante: cinco lecciones sobre la emancipación intelectual;Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2007.