Una lectura de “La Cifra”

Dice Borges en su prólogo de La Cifra, libro al que habremos de destinar estas líneas que tienen por destino vano la inevitable frontera del perfume del fracaso; puesto que la poesía, abjura y demuele la crítica en su devenir de oleaje infinito hasta hacerla por completo insignificante y prescindible:

Mi suerte es lo que suele denominarse poesía intelectual.

Una forma de entretejer vigilia (intelecto) y sueño (poesía), para finalizar con:

Estas páginas buscan, no sin incertidumbre, una vía media.

No sin incertidumbre, marca un intersticio que se abre aquí y cierra, según esta mirada, como un eximio jugador de ajedrez, en unas notas finales que intentan dilucidar algunos poemas. Entonces (vaya librito), comienza tratando de divulgar qué “tipo” de poeta es y cierra contando el por qué de la escritura de algunos versos. Aquí el primer interrogante, ¿Borges, explicando su escritura? Traslado la inquietud para que me acompañen en esta breve angustia, similar a su tan nombrado Río, en la que el inquieto Jorge Luis nos arrojó.

Angustia cercada por prólogo y notas finales que operan como dos espejos que al reflejarse entre sueño y vigilia, lunas y rosas, nombres y olvidos, nos hacen entrar ya enceguecidos en el laberinto que siempre construyó con su aire. Nos tiende el bastón con su urgente necesidad de saberse par; él, si se me permite el lance, con su obsesiva ceguera que lo hace el ciego más absoluto entre los ciegos; nosotros, con los dos supuestos salvavidas explicativos que no son más que espejos enfurecidos por la luz para, Edipos ignorantes, errar siempre, siempre por el mismo sendero. Pero, ya ciegos todos, en la mitad del camino la revelación, la inesperada e inevitable: el Borges al que Borges intentó esconder desesperadamente, aquél que desafía al de la vía media, al del delicado equilibrio, al de las circularidades, al de la cadencia latina, al de la Sangre y los ríos, incluso al de los laberintos, la muerte y el olvido.lacifra1

Pues bien, con el “salvavidas” borgeano coronándonos, el bastón y la compañía de Borges, entramos al minucioso círculo donde se esconde EL OTRO, el que a pesar de los esfuerzos azogados encuentra en el ocaso de su tiempo, más cuerpo desnudo que investiduras, más verdades cotidianas y menos absolutas, algo de vulgaridad sin burla y por qué no, mucho más Baudelaire y Rimbaud y menos Verlaine, aunque insista con el tozudo juego de la magia de usar nombres como gasa.

Veamos: En Ecleciastés, I,9 preanuncia que los verdaderos espejos son los de los bordes, los del abismo y no los que son su eternidad poética cuando el tiempo no es el Tiempo y alcanza con la memoria, la abstracción y la confusión.

Sólo una cosa no gustada espero,

una dádiva, un oro de la sombra,

esa virgen, la muerte…

Para continuar en Dos formas del insomnio

es no ignorar que estoy condenado a mi carne, a mi detestada voz, a mi nombre…

Hay tanta realidad del yo que se sumerge en el yo poético que inquieta hasta al poeta más plantado. Luego, astuto, sigue el otro, el encubridor, el que nos tendió el bastón para ocultarse.

¿Para qué ocultarse? Dejemos planteada la cuestión, pero valga el recurrente uso de la anáfora, con dos destacables como las que aparecen en He soñado y Recuerdo, en un intento agobiado por equilibrar los Borges o que al menos se imponga el impostor.

En La prueba todavía desafía con un dios con minúscula, pero comienza a desbordarse lo cotidiano, lo vulgar inundando sueños, cegueras (la de él y la nuestra) y paraísos que acaso con cierta tristeza y resignación entregan el cuerpo de animal sentado . Necesita demoler el mármol falso que construyó, juego, bello humor ácido, encanto erudito del latín, y verterlo ya no sobre los otros sino sobre la propia voz y la propia imagen.

Vaya verso, ¿borgeano? para cerrar Himno o las formas de tratar el llanto en Elegía y El ángel.

En el primero

todas las cosas que merecen lágrimas…

acabo de llorar en Buenos Aires todas las cosas.

En el segundo

ni el oprobio del llanto…

Para cerrar con

Señor, que al cabo de mis días en la Tierra…

Un Señor con mayúscula, una posibilidad de nombrarlo, un gesto de perfección o desesperación humana impensada en el agnóstico poeta.

En el “grito” de El tercer hombre, El bastón de laca y El forastero aparece la magia de una serie infinita, bien hasta aquí. Sucede que en uno de ellos es María Kodama quien lo descubre, ¿qué yo habla mi querido J.L? y más, M.K, son las dos primeras palabras. Tan de acá, tan de poema de este lado…y tanta luna Federica dando vuelta para quien buen poeta era Machado; para finalmente igualarse con los indios en Nihon.

El intersticio dejó ir el agua y los espejos del agua, quedan el triste azogue y nuestras desnudeces, un olor a tiempo de todos que por primera vez inunda sus pulmones en el horror de la muerte, lo hace tan “humano” que casi con un guiño cómplice nos invita a derribar todo aquello que construimos con su lectura y releerlo ingenuos; círculo infinito, huella de todas sus múltiples cabezas y, ¿vaya paradoja? su simple humanidad.

Allí La cifra

Yo sé que alguien, un día,

podrá decirte verdaderamente: …

Sin máscaras, don Jorge. Cómo no ocultarse, si tanto quiso jugar a las escondidas en el follaje, tras todas las trampas del poeta y la pudorosa gasa; si este Borges, entre todos los que seguirán apareciendo, se hubiese raspado las rodillas jugando a la escondida y andado en patas entre nosotros y es en Andrés Armoa que resuena, acaso un eco liberado.

¡Salud maestro!

Cada día hacia el infierno descendemos un paso”

Ch. Baudelaire.

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BIBLIOGRAFÍA

Borges, Jorge Luis, Emecé editores, Buenos Aires, 1986.

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