Sara Gallardo inédita

He tenido la grata oportunidad de encontrarme con la señora Isabel Ordóñez, prima de Sara Gallardo, a quien siempre nombra Sarita, por lo que no sólo eran primas sino también compinches, con el grado de complicidad que eso significa. De tal complicidad surgió la posibilidad de acceder a textos inéditos, uno de los cuales me fue compartido y aquí publicamos. También me compartió la experiencia de vida de la niñez y juventud, en primera instancia, y la que perduró hasta los últimos días de la autora que abordamos.

De la niñez y juventud se destacan las idas a la Chacra Gallardo, que otrora existiera en la localidad de Bella Vista y que conocí en mi propia niñez y juventud mientras siguió en manos de la familia. Un predio inmenso con un bosque en el acceso, caminos bien delineados entre estatuas clásicas y un campo amplísimo donde los scouts practicábamos nuestras actividades. Allá, a cierta distancia, la casa. En ese ámbito Sara Gallardo, su prima Isabel, hermanos y otros primos correteaban –me cuenta– trepándose a árboles, montando caballos, arreando vacas y compartiendo espacio con cuanto bicho suele haber en esos solares, y si eso fue posible en esa chacra, con más razón lo fue en el campo que la familia tenía en Chascomús, donde la vida “salvaje” (estamos hablado de las décadas del 30, 40 y hasta 50) era mucho más viable. Sin embargo, y he aquí el primer detalle, me cuenta Isabel Ordóñez que mientras todos los demás disfrutaban del instante y la plenitud del contacto con la naturaleza, Sarita tenía una actitud observadora, tal vez contemplativa, de las cosas que hacía y veía. Este detalle bien se observa en el poema que publicamos y es, al decir de Isabel, algo que le perduró toda la vida. Sabemos que la observación, esto es, la lectura de los hechos de la vida, es la mejor enciclopedia para construir un buen escritor.

inedita1Otro hecho muy personal hizo de Sara Gallardo una persona pensante, reflexiva y constructora de textos únicos: el asma. Esa enfermedad, que lamentablemente se la llevó a edad muy temprana (a los 57 años), la obligaba a pasar las noches en vela esperando el acceso de tos que la sacudiría hasta caer rendida. En esos insomnios Sara Gallardo se formularía preguntas que luego se respondería en sus ficciones. Como anécdota, a veces se terminaban los remedios para calmar esos accesos y debían recurrir a uno arcaico pero eficaz, más aún estando en Chascomús en tiempos en que la posibilidad a un servicio de salud era más complicado que ahora y en pleno campo: quemar en un brasero en la misma habitación bosta de vaca o de caballo. Los demás salían tosiendo, Sara se recomponía y podía dormir tranquilamente.

Pero no por eso Sarita, amazona, casi un varón más, algo que a ella no le hacía mella, dejaba de participar de las galas a la que frecuentaban las familias tradicionales, como ser los ágapes en las embajadas. Cuenta Isabel Ordóñez que en ocasión de la visita a Buenos Aires de la fragata Sebastián Elcano (la nave insignia de la armada española como la Libertad lo es de la argentina) la embajada organizó encuentros entre las familias porteñas y los oficiales españoles. De esos encuentros Sara Gallardo tuvo una experiencia muy fuerte y muy desalentadora a la vez: esos oficiales tarde o temprano volverían a su país. De esa experiencia Isabel Ordóñez me leyó unos poemas escritos por Sara, y que luego tuve en mis manos, de los que sólo diré que a los veinte años nuestra autora logra una pluma increíblemente versátil como lo sería toda su obra. Me explico: son cuatro poemas; el primero me remitió a Silvina Ocampo por el grado de melancolía y hasta de desahucio que trasuntan sus versos; el segundo me recordó a Sor Juan Inés de la Cruz por la perfecta armonía en rima y métrica; y los restantes, ya en verso libre… ¡caramba!… Sentí a la Sara Gallardo que luego leería en su vasta prosa, sean sus novelas como en sus cuentos. A los veinte años Sara ya había logrado su tono. Fue sorprendente. Pero debí respetar la advertencia de Ordóñez: Estos poemas jamás se publicarán, son muy personales. Seguirán entonces en el silencio, estaba ante la propietaria de esos textos pues le fueron legados por la propia Sara Gallardo.

En cuanto a su obra publicada, preguntando sobre la génesis de Eisejuaz, me llamó la atención que la autora vivió solo unos meses en Salta. ¿Cómo logró tanto en tan poco tiempo? fue mi pregunta. No olvide que toda esa familia, y en especial Sarita, era de una inmensa cultura, me advirtió Isabel. Bien se nota esto en tanto personajes, ámbitos e historias que imaginó. Bien se nota, y lo comentamos Isabel Ordóñez y yo, en la riqueza de su última novela, La rosa en el viento, o los cuentos en El país del humo (ver En la montaña y Georgette y el general), todas obras analizadas en esta edición de Tantalia.

En cuanto a la cultura, una anécdota compartida viene al caso. Orillando los doce años de edad, en cierta ocasión un señor les recitó el Cantar del Mío Cid en alemán. Al poco tiempo Sara y varios más, Isabel entre ellos, recitaban en alemán el épico poema.

Me advirtió que Los galgos, los galgos no fue la novela que levantara polvareda en la propia familia, y polvareda que bien me consta permanece, sino Pantalones Azules, donde Sara se atreve a quebrar ciertos cánones intocables en toda familia aristocrática. Esto le valió cierto vacío en su propio seno familiar, llegando al extremo de que, cuando fallece Héctor Murena, es Mujica Lainez quien le ofrece hospedaje en su casa en La Cumbre.

Isabel Ordóñez no aplaudió la elección de los maridos por parte de Sara: Luis Pico Estrada era no sólo más joven que ella sino que no llegaba a su altura cultural; y Héctor Murena, poeta reconocido, era una persona muy introvertida, a diferencia de nuestra autora que era de carácter vivaz.

Le dije a Isabel que la sensación que me despierta Sara Gallardo, su derrotero por la vida, era la de una tenaz peregrina. Sonriendo me dijo que es verdad, nada le costaba tomar a su hijos e ir para aquí o para allá a lo largo del mundo. Eso sí, cada vez que volvía a Buenos Aires, no dejaban de encontrarse las dos, primas y cómplices.

De esa complicidad este poema, que fue escrito según la propia Sara Gallardo “para mí en una carta desde el campo un 25 de septiembre de 1947, o sea a los 15 años”. En él se notará esa persistente búsqueda, y tal vez ese peregrinar:

Me incliné curiosa sobre el terso espejo
que el agua formaba reflejando el cielo
y mirando el mundo de ilusión y sueño
lleno de susurros, lleno de misterio
murmuré muy suave:”¡Poder conocerlo!”
Contemplando el fondo, llena de deseos,
me quedé acostada mirando hacia dentro
mientras muy bajito seguí repitiendo:
“¡Poder conocerlo! ¡Poder conocerlo!”

Las algas verdosas cual extraños pelos
se agitan y mueven, y ese balanceo<
parece una danza continua de fuego
color esmeralda, color oro viejo.
Piedras rojas, negras, tapizan el lecho
de arena plateada que cruzan estrechos
peces que nadando se pierden muy lejos,
tan lejos que nadie se atreve a correrlos.
Bajo oscuras piedras algunos cangrejos
descansan y acechan buscando alimento.
Dorados, oblicuos, los rayos postreros
de un sol que agoniza descienden ligeros,
bañando las ondas con raros reflejos
que inundan las aguas de extraños silencios.
Y al mundo preñado de sueño y misterio
seguía deseando poder conocerlo.

Reinaba la noche, ya estaba el día muerto,
tendida en la orilla velaba el silencio.
y el agua que entonces susurra misterios
porque ya la luna la arrulla en su sueño
besando la orilla con el dulce beso
de las mansas olas que rizaba el viento
confiaba a las olas algunos secretos
que ellos contestaban susurrando quedo.
Era en un idioma muy claro y muy bello
y yo sin embargo no pude entenderlo.
Los pastos temblaban, se detuvo el viento
y el agua contaba su raro secreto.
Me incliné sobre ella deseando saberlo
y al punto callase y siguió durmiendo….
Y al mundo preñado de sueño y misterios
hoy sigo deseando poder conocerlo

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Sara Gallardo inédita — 3 comentarios

  1. A diferencia de Sara Gallardo cuando “cierto día me incliné curiosa sobre el terso espejo que el agua formaba reflejando el cielo” y precibí como ella los peces pasar, los caballitos de mar trotando entre las caracolas, se mi iluminó el alma y mi corazón gritó muy fuerte: ¡Haz que tu madre viva esta maravilla junto a ti y LO LOGRE! Por eso yo pude conocer y lograr descifrar el misterio que tiene el color, el olor, las vibraciones y el sentir del agua de mar.

    • Sin duda es lo que el poema te despertó y me alegra que así sea. En la medida que avances en la lectura de Sara descubrirás qué quiso decir tan solo a los 15 años. Jorge

  2. Descubrí hace poco la obra de Sara Gallardo y se ha convertido en una de mis escritora preferidas. Admiración ¿como puede ser que alguien con tan solo 15 años sea capaz de escribir semejante texto?