Pandemonium

Los demonios se desataron, en efecto, y como toda familia infernal se presentan bien diferentes unos de otros: hay demonios para todos los gustos, para que no la tengamos fácil, para confundirnos, desesperarnos, elaborar teorías conspiranoicas, suicidarnos en masa -incluso de manera virtual frente a pantallas que nos ignoran-, o, de una vez por todas, aprovechar esta oportunidad única para ser creativos y estar alertas a la síntesis que surja entre nuestros hechos y lo que acontece fuera de nuestro control, simplemente con las antenas enhiestas.

Voy a dejar de lado (por considerarla una tarea tediosa y ajena al rumbo natural de mi inspiración) la razonable duda de cómo gente que pertenece a nuestra clase social (baja, media o media baja), con más o menos la misma educación y grado de bienestar sociocultural, de hecho más o menos con el mismo salario (y que comparte más o menos con la misma pasión un partido de la selección Argentina o la Noche de los Museos) puede ignorar a tal grado, no digamos ya el ‘relato’ de la pandemia del covid-19, sino la percepción misma de la realidad! (o sea: no se les pide que lean Pag 12 ni que vean C5N ni que vistan una remera de La Cámpora), hablamos del más llano y honesto sentido común, esa famosa doble vara que tristemente domina tan bien la llamada ‘prensa independiente argentina’, cuando sabemos perfectamente de quién es la mayor cantidad de papel prensa y quiénes se la otorgaron para custodiar celosamente su Proceso (menos Kafkiano que Orwelliano). Que otras mentes más ágiles y mejor dotadas que la mía se encarguen de analizar tamaña entelequia.

Lo más conmovedor e insólito de esta pandemia que cae en número redondo, 2020, es la enorme oportunidad de ser realizadores de cambios verdaderos, después de mucho tiempo que no se daba esa oportunidad (tal vez desde el final de la Primera Guerra Mundial, cuando de hecho apareció la última pandemia universal, entonces llamada insólitamente ‘gripe española’, ya que nada tenía que ver con la península ibérica.

Pero salvo las voces perdidas de iluminados como Herman Hesse, Aldous Huxley, Erik Satie o Lanza del Vasto, la gran oportunidad se perdió, y la encontraron en cambio Hitler y Mussolini, entre otros paracaidistas del destino). Si la filosofía posmoderna -en su mayoría- intenta convencernos de que ‘nada hay fuera del lenguaje’, más que nunca hoy –en este preciso momento-  tenemos que promover acciones, hechos concretos y tangibles, y que los lenguajes después se construyan en torno a esos hechos, en relación a lo que la gente escoge para su propio bienestar que irremediablemente es el de todos. En referencia a que ‘nada hay fuera del lenguaje’, si bien entiendo la quimera que encierra el enunciado –una falacia formal aún sin bautizar- lo primero que me viene a la mente es que los presocráticos, ya no los más ‘cercanos’ como Heráclito o Parménides, sino los primitivos, los Siete Sabios de Grecia, Tales de Mileto, Anaximandro, Pitágoras, todos esos pioneros del pensamiento, primero pensaban, después actuaban, y no siempre recurrían al lenguaje (al menos escrito). La descripción del pensamiento ocurría siempre después. Era una tarea de escribas, que por lo general estaba asignada a los ciegos, como Homero (pero dado que el vocablo homero en griego antiguo significa ‘ciego’, ‘el que no ve’, jamás sabremos si el autor de la Odisea y la Ilíada se llamaba así o sencillamente lo denominaban por su condición de no vidente).

Para el caso hasta se podría reflexionar que cierta parte del periodismo argentino llamado ‘independiente’, bien podría ser honrado con el apodo de Homeros. Ellos y los homeros lectores que tan ciegamente interpretan de inmediato sus invectivas-inventivas como joya literaria extraída de la Arcadia.

En el tiempo que llevo meditando sobre la pandemia y sus ‘consecuencias’, la caída de la economía, la baja en la producción y las retracciones del comercio parecen ocupar para gran parte de comunicadores y políticos de la oposición (a la vida) el mismo lugar que los filósofos posmodernos le asignan al lenguaje. Fuera de la economía no hay nada. Pero el otro día, razonando esta cuestión con un niño de 9 años, él opinaba que así como el lenguaje describe los hechos, la economía los reproduce, a groso modo, una suerte de sintagma analógico que usó el pibe para dejarme sorprendido.

Las pandemias ocurren básicamente porque se introduce un nuevo virus aún no asimilado por el sistema inmunológico de los seres vivos. Incluso antes del descubrimiento de la penicilina, los rayos X, la anestesia y la tomografía computada, los virus ya tenían fama de golpear fuerte al principio para ir desvaneciéndose en el aire como todo sólido, ya que si bien son microscópicos tienen su solidez por mínima que sea.

Se recuerda como la primer pandemia importante de la historia a la ocurrida en Constantinopla durante el reinado de Justiniano, quien de hecho pereció en 541víctima del virus. Probablemente debe haber habido otras pestes anteriores a esta, pero la llamada Peste de Justiniano ha quedado registrada en la historia como la primera. Las consecuencias económicas de aquella mortandad fueron tremendas ya que en el pico máximo había más muertos que vivos, en especial los varones que eran casi exclusivamente la fuerza productiva de trabajo. Sin embargo varios meses después de iniciada, la curva de muertes descendió prácticamente hasta la normalidad. Hubo que esperar ocho siglos para que a mediados del siglo XIV surgiera otra peste en Europa, en 1346, con un fuerte rebrote en 1353. Esta peste conocida como Peste Negra o bubónica, llamada así por las dolorosas llagas producidas sobre todo en los ganglios axilares y del cuello, era transmitida por las ratas que de hecho viajaban en carromatos y barcos, diseminando así el virus a los cuatro vientos, trascendiendo fronteras y continentes.

Posteriormente, en el siglo XVIII el virus de la viruela asoló al mundo aniquilando o desfigurando a los sobrevivientes, al punto de que en España, Italia y Francia diezmó entre el 60 y 70 por ciento de las poblaciones.

La llamada gripe ‘española’ que mencioné al principio tuvo su origen en un hospital militar de Estados Unidos en el último año de la Primera Guerra Mundial, marzo de 1918. Se la denominó así precisamente porque la información sobre esta mortal enfermedad circulaba sin restricciones en España, país neutral, dado que entre los países beligerantes la noticia se mantuvo en sumo secreto a fin de no desmoralizar a las tropas, que por uno u otro motivo estaban destinadas de todos modos a la muerte.

Hoy se sabe que entre el comienzo de aquella pandemia y su final, en 1919, perdieron la vida entre 20 y 50 millones de personas, algunos incluso suponen que pudieron ser 80 o 100 millones.

Pero también tuvo un final, ya que al parecer los virus se debilitan al mutar con otros de cepas similares pero de menor virulencia; aparentemente ese es el comportamiento aproximado de las conductas virales a través de los siglos, por lo cual no es un exceso de optimismo pensar que el covid-19 también atenuará su ferocidad incluso antes de que algún laboratorio anuncie el descubrimiento de una vacuna o tratamiento.

Lo que ciertamente no se atenúa, ni mengua ni decae por sí solo es el canallesco uso político que aquí y en todas partes del mundo se practica ante una circunstancia tan lamentable.

Queda expuesto para quien quiera oír y entender, que el denominador común de la derecha económica (digo solo económica porque para la derecha la política es apenas un fasto con el que deben lidiar) nunca ha tenido, ni tiene, ni tendrá jamás el menor interés en las personas como tales, sino en tanto consumidores, clientes, sujetos susceptibles de comerciar, repito: no como personas, en términos de Hermann Hesse ‘ensayos únicos e irrepetibles de la naturaleza’, sino como números, índices, porcentajes, tasas, estadísticas.

Así es como la derecha ve la pandemia: un molesto obstáculo para la generación de más ganancias y acumulación de riquezas. Pero ‘los muertos no pagan’ dijo no hace mucho alguien con gran sensatez, ni trabajan ni consumen ni generan riqueza. Creo que no hace falta una gran inteligencia para darnos cuenta que si después de la peste de Justiniano, en el siglo sexto, la humanidad tuvo la capacidad de reanudar su marcha, no hay motivos para creer que no lo pueda volver a hacer esta vez. No es la vida lo que hay que minimizar ni olvidar en estos momentos de curvas ascendentes, sino la desmedida voracidad del capitalismo y sus trucos para pocos.

Agrego a este brevísimo escrito, o post-scriptum, -que lleva ya más de un mes dando vueltas por mis archivos- que hace solo dos días me enteré que el psicoanalista Jorge Alemán está a punto de publicar en España un libro titulado ‘Pandemónium’, queda hecha la aclaración para que no se piense que me he apropiado del título, que por otra parte –valga decirlo- en este contexto internacional no es ninguna manzana caída sobre Newton.

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