La tenacidad melancólica

A propósito de la novela STONER de John Williams

Entendió que al fin empezaba a ser un maestro, es decir tan sólo un hombre que cree en la verdad de lo que hace.
John Williams

Quisiera comenzar por las imposibilidades que encontré al intentar escribir sobre Stoner.  Como diría Roland Barthes en el último  texto  que escribió en su vida: “Nunca se logra hablar de lo que se ama”,  haciendo alusión a un viaje a Italia realizado por Stendhal y registrado luego en su diario. En ese diario, sólo podía decir su amor por  Italia, pero no representarlo a través de símbolos. No tenía aun la distancia para reflexionar sobre ese amor y su conversión en un lenguaje expresivo, ya que el amor en su afán de inmediatez trascendente  se basta  a sí mismo y se desentiende de rituales que no impliquen su propia confirmación. Además, el origen de ese sentimiento suele ser indescifrable, como también sus caídas y sus precipicios.

Sin olvidar que entre el amor  y el lenguaje  hay un abismo del cual la metáfora es sólo uno de sus caminos. Como diría el narrador de Stoner: “Desde que había dictado sus primeras clases de inglés de primer año, había sido consciente del abismo que mediaba entre lo que sentía por su materia y lo que comunicaba en el aula. Había abrigado la esperanza de que el tiempo y la experiencia franquearan ese abismo, pero no había sido así. Cuando en sus cursos mencionaba las cosas que más amaba, las traicionaba con mayor profundidad: aquello que estaba más vivo se marchitaba en sus palabras, aquello que más lo conmovía se enfriaba al expresarlo.” Ese abismo recorre la novela, tanto en su relación con la docencia como en su propia vida, aunque en la vida siempre se sintió un aprendiz.  Sin embargo en un momento y sin premeditación  se encontró absorbido en su materia y se olvidó de su ineptitud, de su timidez y : “decidió hacer lo que nunca le habían enseñado a hacer. El amor por la literatura, por el lenguaje, por el misterio de la mente y el corazón manifestándose en combinaciones minuciosas, extrañas e inesperadas de letras y  palabras, comenzó a desplegar el amor que había escondido como si fuera ilícito o peligroso, al principio con timidez, luego con audacia,  y al fin con orgullo”. Después de todo este proceso  “entendió que al fin empezaba a ser un maestro, es decir tan sólo un hombre que cree en la verdad de lo que hace”. Esta relación entre creencia y verdad  habla de cómo la pasión transforma a una disciplina en un lugar  de sentido posible, y también en un ámbito de libertad.

Entonces,   cuando la literatura  tiene el poder  de mostrarnos  a través de dramas pequeños,  cómo la voluntad  de vivir,  tantas veces choca con las decepciones y  las desdichas  y todo lo que parecía previsión , refugio y sostén demuestra su endeblez y su fragilidad, entonces  aparece Stoner ,  el nombre de la novela de John Williams y también  el nombre del protagonista. La biografía de un hombre que se sintió siempre un extranjero, su único y verdadero hogar fueron sus libros, sus clases y la docencia, allí sentía que podía ser él mismo, allí de pronto todo cobraba sentido,  todo lo demás antes o después le produjo desencanto. Muy pronto comprendió que no sería feliz en su matrimonio. “Al cabo de un  mes él supo que su matrimonio era un fracaso; al cabo de un año abandonó toda esperanza de que fuera a mejorar”   Más adelante  ese amor que había surgido años atrás al conocer a Edith  se había desvanecido: “William se le acercó. Estaba dormida, pero por un  efecto de la luz su boca entreabierta parecía articular palabras mudas de pasión y amor. Él se quedó mirándola largo rato. Sintió una pena distante, un afecto remiso y un respeto familiar, y sintió también una tristeza fatigada, pues supo que ese cuerpo ya no le despertaría la agonía de deseo que había conocido en un tiempo, y que su presencia no volvería a conmoverlo como alguna vez lo había conmovido.” En esta frase se intuye el duelo por lo que podría haber sido y no fue. La timidez y desprotección que entrevió en Edith, la mujer que amaba, al poco tiempo se transformó en tiranía y en una nueva y más profunda soledad. Años después,  se enamora de una alumna de la universidad , Katherine,  y descubre que “la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso mediante el cual una persona intenta conocer a otra”.  Esa frase encierra dos enigmas: uno,  la falsa ilusión de creer que somos los mismos a lo largo del tiempo, entonces la persona que uno ama aunque  tenga  la misma u otra identidad,  siempre será otra y la segunda se refiere al deseo de conocer a otro aun conociendo las imposibilidades que este intento conlleva.  Más adelante, en su madurez,   Stoner entendía el amor no como una gracia producto de la suerte o el destino, sino como u deseo de felicidad que exige tenacidad, imaginación y entrega. “En su primera juventud Stoner había considerado el amor como un estado absoluto de la existencia al  que uno podía tener acceso si la suerte lo ayudaba; al madurar había decidido que era el paraíso de una religión falsa que se debía enfrentar con sardónico escepticismo, cálido desdén y embarazosa nostalgia. En su madurez comenzó a entender que no era un estado de gracia ni de transformación, un estado que se inventaba y modificaba momento a momento y día a día, con la voluntad, la inteligencia y el corazón.”  Sentía un respeto considerable hacia sus padres,  campesinos que se entregaban a una ética del trabajo  duro, monótono y con pocas expectativas de mejora. Lo poco que habían ahorrado en sus vidas estaba destinado a un seguro para la vejez y al proyecto de que su hijo pudiera ir a la universidad a estudiar agronomía. Su deseo era que los conocimientos científicos  que su hijo pudiera incorporar, fueran útiles para aliviar el esfuerzo físico que requería el campo. Más adelante, Stoner estando en la universidad, cursa una materia de literatura y su vida da un vuelco y secretamente  modifica el deseo familiar. Esta decisión, que tomó casi sin darse cuenta, lo alejaría de sus orígenes, y esa tristeza que le produjo a sus padres, nunca fue atenuada, aunque comprendió  con el tiempo que sus padres la aceptaron con la misma resignación que habían aceptado  su vida.  Lo entristecía pensar en el esfuerzo que  habían realizado a cambio de una vida de privaciones. “Habían gastado su vida y enturbiado su inteligencia. Ahora yacían en la tierra a la que habían entregado la vida, y lentamente, año a año, la tierra los consumiría”. Pero rescataba su dignidad, su forma austera y reservada de expresar sus sentimientos.

Cuando muere su padre, Stoner  invita a su madre a que se mude para poder cuidarla y mitigar su soledad, pero  luego de discutir con ella “comprendió que su madre sólo deseaba morir, y morir donde había vivido, y supo que se merecía la poca dignidad que pudiera hallar en hacer las cosas como quisiera.”  Había tres rasgos que claramente habían formado parte de su identidad y que se relacionaban con los de sus padres. La dignidad, el hecho de tomar una decisión que traería consecuencias en su vida profesional,  la ética calvinista del trabajo a partir de la cual se veía la vida como una serie fatigosa de obligaciones después de la cual se  suponía una compensación o retribución que en los hechos terminaba siendo una quimera más que una realidad y por último la resignación.

No poner un límite a ciertos maltratos conyugales, laborales y sociales, entendiendo las peleas o discusiones  como una carga que hay que soportar y no como una injusticia contra la que hay que rebelarse. Sin embargo, tampoco su carrera como profesor universitario fue sencilla, una decisión ante un dilema ético en su juventud marcó su futuro y lo eternizó en el cargo de profesor asistente hasta su jubilación y muerte.  La decisión de no aprobar a un estudiante claramente incompetente en su seminario de doctorado, pero protegido por el jefe del departamento, le ocasiona  persecusiones permanentes  y la imposibilidad de dictar sus seminarios de literatura medieval para graduados, teniendo que dar clases para los nuevos estudiantes como al comienzo de su carrera. Esta humillación la acepta estoicamente, y a medida que pasan los años se naturaliza el ascenso de jóvenes profesores mientras Stoner es relegado a un puesto de profesor asistente, que tiene que dar cursos rotativos. Entonces se entrega a la enseñanza y encuentra allí un refugio, un mundo en el cual él fija sus propias reglas  “Se consagraba a su trabajo con una tenacidad que divertía a sus colegas más viejos y enfurecía a los profesores jóvenes que, como él, solo daban clases de primer año”  y también: “regresó a la única vida que no lo había traicionado”. Con los años, ya en su vejez comprendió que siempre se había entregado a la intensidad y  a la dicha de esa fuerza que abarcaba tanto la mente como el cuerpo como si fuese la materia misma del amor: al amar a una mujer o al leer  e interpretar un poema.

Antes de morir, aquejado por un cáncer había pensado en el fracaso y le pareció un pensamiento mezquino, que no hacía justicia a lo que había sido su vida. Había conocido el amor, aunque no como él lo imaginaba, había sido profesor universitario durante cuarenta años, viniendo de una familia campesina, había formado una familia, aunque no como él la había imaginado, había escrito un libro que le posibilitó un cargo regular en la universidad,  pero lo más importante: había creído que tenía algo para transmitir a sus alumnos y  también había creído que la literatura podía ser  la vida misma y no un medio específico para un fin específico.

La novela comienza con un resumen de la vida de Stoner y concluye con muerte teniendo un libro entre sus manos: “Los dedos se aflojaron, y el libro que sostenían se deslizó despacio y luego rápidamente sobre el cuerpo yerto y cayó en el silencio de la habitación”. El narrador dice que pocos alumnos lo recordaban una vez muerto y para unos era una evidencia del final que a todos aguarda y para otros un sonido lejano. Sin embargo   insistir en un solo significado de la muerte y su recuerdo es negar las diferentes instancias del recuerdo y las repercusiones inusitadas que sus clases y memoria dejaron como legado en sus alumnos. “El hombre muere de muchos modos: en los brazos de otras personas, en presencia de familiares o vecinos; en la obcecación del dolor, en la oscuridad del sedante. Insistir en un solo significado es pura retórica. Conocemos la muerte mucho más en la experiencia de los otros que en nuestra propia expectación y final” dice Raymond Williams en Tragedia Moderna.

El hombre muere también  tocando la piel de un libro como Stoner.


BIBLIOGRAFÍA

John Williams, Stoner, Fiordo, Buenos Aires, 2016.

Raymond Williams, Tragedia Moderna, Edhasa, Buenos Aires, 2014.

Roland Barthes “Nunca se logra hablar de lo que se ama” en  El susurro del lenguaje, Paidós, Buenos Aires, 1994.


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