La Pecera (Variaciones en tiempo de encierro)

¡Qué afortunados

somos

al poseer ventanas!

El vidrio es transparente.

Allen Ginsberg.

Nunca pueden ser el comienzo de nada, las palabras

o sí. Si no se temen las consecuencias. Que esa nada se desarrolle al punto de aparentar algo. O la trampa.

El progreso de la nada, es solo nada desplegada.

Tiempo.

Comenzar por cuerpo. No me digo porque no es necesario: él sabe qué hacer en estos casos. Sus jadeos (la lluvia) su torpeza sus vacilaciones (la lluvia)

un punto gris. Mudo.

Tiempo.

Lluvia: abrir y cerrar cajones mover papeles de un lado a otro

prender la máquina. Rebusco en el directorio donde suelo guardar mis notas y me tropiezo con una lista de elementos. Elementos de un cuerpo que se repite. ¿Será este, el tiempo de esa lista del pasado?

Mudo, el cuerpo sigue su curso.

Ausente de mí.

De eso se trata, tal vez. De ceder la iniciativa a un orden diferente.

Sí. Tarde o temprano.

Necesario.

Acaso porque sucede lluvia,

Una que se ha apoderado de la ciudad. Y de nuestro devenir.

De un golpe convertido en una perspectiva distante.

Lluvia en las calles pero también en los zaguanes. Lluvia en las salas de espera y en los baños públicos, en las camas de los hospitales y en los senderos de las plazas, en las mesas que celebran y en las misas que demoran, en medio de los amantes y entre los conspiradores… Todo

se ha impregnado de tanta opacidad que la vida se torna indiferente a nada que no sea confirmar su atributo de pasión inútil.

Nos queda la inmediatez. ¿No es que eso tuvimos siempre, aún antes de esta plaga de mierda?

I

La arena es el modo seco del agua y el agua eso que el cuerpo entrega para sostener en pie su anhelo de materia inerte mientras lleva tiempo y humo ocultos dentro de un reloj y de un paquete de cigarrillos.

Zapear como un autómata con el volumen bajo y atorarme de imágenes o apagarlo para ceder el turno a la lectura: nada cambia nada. Nada, se mueve -el televisor, los libros, la lluvia: a veces, la dádiva de la eternidad es sórdida y convierte el tiempo que habitamos en un rumor monótono.

Por suerte tenemos intestinos. Y con ellos, un plan de evasión imprevisto. Expulsar la mierda acumulada aferrado a la grupa de ese objeto que un Duchamp mutara en desatino para eludir dádivas sórdidas.

Algo. Sólo resta completar el movimiento; que el dedo se apoye en el lugar indicado que haga la presión justa…

Que una catarata de asepsia cumpla con su cometido.

Y se lleve la primera porción del día.

Aprender a soportar días enteros entre cuatro paredes, puede llegar a ser muy útil, depende las circunstancias. Un naufragio imprevisto, una encierro involuntario…

Y me bastaría con recordar los domingos de lluvia.

¿Volverán los almanaques, el día después de ahora? ¿Seguiremos aferrados a sus hojas, junto a los inventarios o a las citas postergadas?

Hay palabras que resisten. Aunque tal vez no sean las necesarias.

Las necesarias, desconocen cómo hacerse de un espacio permanente en un lugar común.

Busco la mirada verde de la gata que me ignora desde un rincón de la cocina. Su interés me elude y rebusca en el vuelo zumbón de una mosca, tras la ventana. Mira con sorpresa, como si le costase creer que alguien pueda ser tan porfiado como para insistir en la transparencia y, a la vez, ignorar el vidrio.

Devenir mosca: una estrategia fuera de mis cálculos.

Algo, un sonido mínimo, tal vez un movimiento de mis dedos sobre la mesa: me mira, un instante imperceptible como el ruido que la distrajo. De la mosca y el vidrio. O un par de Diotima infortunado pero tenaz: un estar cerca que no consigue articular un trazo de intimidad pero insiste en engarzar un eslabón tras otro en la cadena de choques torpes,

con la mesa.

Conmigo: el enmoscado apócrifo atestado de silencios. Que intenta reconstruir la semana oficial del mundo.

Y tras esas ligeras distracciones, la gata, febril como un voyeur apostado en un rincón sin luz, vuelve a esa rutina algo sombría entre la mosca y el vidrio. Hasta que la mosca se desvanece en la lluvia.

Y solo quedan unos dedos sobre la mesa.

Mañana de domingo. Mañana del día destinado a convertir el calendario en una senda circular.

Rescatar del olvido un mueble desvencijado puede convertirse en un impensado antídoto contra la peste. Remover los trastos que lo rodean, acercarlo a la luz gris que incide por la ventana. Hurgar en sus entrañas malheridas

para descubrir que el olvido tiene sus límites. Y acaso demoré demasiado el reencuentro.

El cuerpo una vez de madera noble y sólida, devino un mapa frágil de túneles diminutos cavados por insectos tan laboriosos como voraces.

El tiempo es como una banda de moebius infestada de termitas tan insidiosas como efectivas. De eso, entre otras cosas, hablaba en su Crack Up, Scott Fitzgerald.

Conviene tenerlo en cuenta.

Quizá las horas de un día no sean veinticuatro, ni doce las hojas del calendario. Quizá, anude en sí, más bloques de tiempo que en las canteras donde martillan los esclavos definitivos, de las horas o de cualquier otro déspota. Una condena una herida,

eso: el domingo es la herida del calendario. Que no se detiene en lunes.

Que se despliega mientras me aplasta…


II

Seguir bien pegado al tiempo,

que viaja inseparable del borde que junta un brazo y una mano: los relojes o la manera exacta de cronometrar la velocidad de un final, de informar la distancia que separa del comienzo, de ubicarnos ante las vueltas que separan de la meta, esa donde Manrique creía encontrar el descanso. Se preguntará qué importancia tiene, para un hombre perdido en medio del desierto, conocer esos detalles…

Toda. Desprenderse de ellos sería acelerar las cosas.

Si hay algo que el domingo gusta de sí, es ese espacio que comienza cuando las horas cumplen su primer giro y acaba en una cima invertida que evoca crepúsculo cuando no es sino su verdadero mediodía. En derredor de esa zona, los minutos y los cuerpos se reúnen en una misma huella.

Rendidos por el letargo.

Acosados por la abulia.

Que comienza a cerrar el cerco…

Las fotos no son muebles y acaso sobrevivan al olvido a favor de una extraña tenacidad. Leves, un domingo de lluvia por caso, sacuden su reposo y se enriedan con la mano de uno. De uno, de golpe arrojado hacia una calle del mundo viejo. En derredor, personas y sus sombras, elementos y sus sombras. Sombras de ocaso o de mañana joven. El ocaso: los colores de la toma, como apagándose, como si el velo del crepúsculo comenzase a cubrirlo todo,

La acaricio por el extremo, allí donde las palomas huyen del cuadro.

Me deshago de ella.

Conviene no apresurar la labor de las termitas.

Una vez leí acerca de un tipo que relató su experiencia dentro de un ámbito que suponía ser una cámara de aislamiento absoluto. Fue un instante breve; al salir se le interrogó sobre sus sensaciones y el tipo, medio conmovido, no dejaba de referir un silencio estremecedor, casi compacto, exacto… de no ser por unos ruidos imperceptibles: uno entrecortado y seco, el otro continuo y de modulaciones extendidas; uno, el palpitar de tu corazón; el otro, el fluir de tu sangre,

le explicaron…

Aguzo los oídos. Trato de hallar una señal que me confirme que este silencio no es el definitivo…

Desisto.

Los libros, convertidos en relojes.

Para encubrir mi diálogo con el tiempo.

A bout de souffle, por enésima vez.

Mirar películas viejas, es una eutanasia dulce. Y mientras tanto, la nada: un buen tema de reflexión, durante los letargos inducidos (prefiero el dolor a la nada), cuando decae el aliento (te entiendo mi adorada Franchini, pero no te hagas ilusiones conmigo: no soy muy diferente del Poiccard ese que se las daba de archihéroe existencialista y no era sino un patán que no hacía más que escupir sobre cada pequeño milagro que se le ponía ante los ojos… Aunque… Sí: a veces, mi absurdo cuerpo masculino siente esas cosquillas entre las piernas)…

Sin aliento y en modo inverso al gato de Chesire.

Un cuerpo aletargado, entre ilusiones fósiles, al que se le ha perdido una sonrisa.

¿Será eso entonces? ¿Tanto encierro hubo que anteponer, tanto domingo tatuar en la piel para que el resto del cuerpo se entere? Acaso el rumor del mundo es inmediato para una mirada, pero para la piel del cuerpo que mira, es como la luz de una estrella.

Que aparece después de un largo viajar en el vacío.


III

Acerca el fuego al tabaco mientras mira sus manos -llamarlas de ese modo hace presumir que el hombre tiene una manera de mirar las cosas cercana al surrealismo: eso que ve en el extremo de sus brazos se asemeja más a esas criaturas marinas llenas de miembros que hubiesen quedado varadas fuera del agua y mutado su carne en una gelatina cubierta de costras ennegrecidas y secas. No duelen, las quemaduras, después de un tiempo. Tampoco le molesta verlas con ese aspecto.  A todo se puede acostumbrar uno, mientras tenga un reloj para mirar y un cigarrillo para fumar. Para mirar, silente, el paso de la nada. Para devenir humo

como si su parecer afirmase un enlace hermético entre la cantidad que absorbe su cuerpo y cierto estado de placer creciente. El día anterior, comenzó a  pensar en esa extraña relación. Fue el primero sin ingerir nada que no fuese agua o humo de cigarrillo. Y curiosamente, al llegar la noche, se sentía más fuerte, libre de dolores. Como si junto con la carne se le fuesen los deseos, los recuerdos, las emociones. Como si vivir fuese un inadvertido pasaje a un estado gaseoso,

o líquido. El sudor: desvanecerse en un fluir salino.

O la forma de desaparecer en el desierto.

Heraclito, y no su río, es la forma física del tiempo. Astuto el tiempo: mutar en una forma humana para inocularnos una pista falsa. Que nos detuvo durante siglos, absortos en el movimiento de un hilo de agua célibe.

Mientras expandía su estrategia inexorable entre las dunas ocres del desierto.

Volví a fumar. Un cigarrillo en los labios es necesario, cuando los días precisan viciar un poco el aire para diluir soledades -el humo tiene esas ventajas: borronea las cosas, les deforma los contornos y ayuda a suponer una dimensión donde lo imaginado sucede por generación espontánea.

Se escribe mucho, se lee mas, se habla hasta el hartazgo. Pero la única verdad es que no se sabe cómo seguir. O cómo reanudar, luego, cuando el largo domingo acabe. Es de esos momentos en que las convenciones fracasan. Y olvidamos como desentrañar el movimiento que proponen los peldaños de una escalera –ni tampoco importa que alguna vez, alguien, haya tenido el buen tino de escribir un pequeño manual de instrucciones. No se puede, aunque la numeración de las páginas sea la correcta y un gentil editor haya dispuesto una clara guía de lectura o un índice ceñido. Los hábitos nos dejaron solos. Enmudecieron. O, de pronto, otras voces irrumpieron en tablas para hablarnos en una lengua secreta, un idioma arbitrario que desconoce la forma imperativa a favor de una avalancha de paradojas o un balbuceo que no logra articular un sentido siquiera precario. Un cruce de calles que han perdido su nombre, un cruce al que no nos llevó el transcurrir de los pasos sino la velocidad del azar. Como si la senda se hubiese convertido en una cinta transportadora que nos iba derivando inadvertidos hacia una región extranjera que utiliza nuestra voz para diseñar una sentencia a la medida de nuestra singular ignorancia…

Y no es solo la trampa de río. Encima se burla de nosotros casi hasta lo inadmisible.

Y nos susurra la idea de apresarlo, en un deforme infinito de vidrio y arena.

Me doy cuenta; mi piel es escarpada y se le dificulta proseguir la línea de acontecimientos. Encima la gata altera aún más las cosas. Que aparezca de pronto y comience a mirarme, como si buscase… Me altera, al límite de alucinarla un espía enviado por vaya a saber quien, para hurgar en mis secretos. La gata: contra ella la impotencia de mis miedos. La gata

que tal vez confió demasiado en mi habitual falta de respuesta y huye con torpeza, golpeando contra una mesita con algunos retratos familiares que al caer hacen estallar en pedazos las cubiertas de vidrio.

Yo y mi desequilibrio recogen vidrios del piso. La gata observa por un instante y se marcha. Evalúa la dirección de sus movimientos. Sabe que estarse quieta, se puede, a condición de tener previsto de antemano una alternativa cinética. Movimiento y quietud no son estados opuestos para ella. Como su cuerpo, a la vez blando y tenso, que no cesa de desplazarse sin trayecto, que reposa sin detener su andar… Vista con la miopía de quien se presume su dueño, la gata es una paradoja. Que se hace fuerte en medio del letargo, como si el espacio fuese una dimensión innecesaria.

Una forma impensada del tiempo, venida a mi temporada de domingo.

El desierto es un depredador paciente y artero: no impide el movimiento, sólo lo torna inútil. Convierte la posibilidad en un absoluto. Al fin, esa es la estrategia del depredador: no atacar directamente. Asfixiar. Convertirse en destino. Que ser parte de él se convierta en anhelo. Ser un grano de arena. He allí el rasgo inútil que deviene el movimiento: nunca, jamás, nada ni nadie lo trascenderá ni lo dejará atrás. No importan las horas o los kilómetros que acumulen los aparatos de medición ni cuan sofisticada sea la brújula que señale la dirección de la meta: esas utilidades son parámetros inservibles. Debe entenderse que el único destino que aguarda en el desierto, es fundirse con él.

El tiempo que frecuentamos, es como un circuito cerrado o un auto recorriendo una autopista donde las señales son trampas. Carteles con flechas y distancias que escondiesen en los pie de página las letras de un contrato espurio.

Respeta las indicaciones y no saldrás jamás.

Alguna vez, el hombre que fuma, intentó hallar una salida. Ya no. Sentado en la arena, la arena pegada a sus ojos, la arena inquieta: como si no le importase hallar un motivo para su desplazamiento y sólo busque proseguir ese mecerse leve. Cerca de él, casi adherida a él…

Envolver al hombre. Que nada más permanece, recostado sobre ella y la deja hacer. Que, lenta y perseverante lo vaya poseyendo. Como si la arena fuese un niño y él, un hombre cansado que olvido que significa ser arena o ser niño. Y solo fuera capaz de dejar hacer, el juego en su cuerpo.

Que busca anudar un sentido en el hambre. En vano: ni siquiera el hambre puede dejar de convertirse en pregunta.

Luego, no me queda sino resistir, el irremediable acoso de los interrogantes. Resistir: en medio del repetir y del reanudar. Resistir la fuga de las inquietudes, la tentación de las respuestas que cierran…

Resistir el acoso de los interrogantes.

Responder es como adormecerse.

En el desierto. Y ver como esa caravana que a lo lejos, agrisada por la transformación gaseosa del tabaco, interrumpe el celeste y el amarillo del horizonte. Arena con forma humana,

que está lejos, muy lejos, de la quietud del hombre. Ellos se mueven, como las dunas: amantes del desierto, no son partes de él: son, con él.

Tal vez por eso resistan.

Tal vez, en el desierto, la forma de amar y la forma de evitar ser devorado sean un movimiento único y necesario…

¿Qué significa decir que no sucede nada? Afirmar cosa semejante es una estrategia fatal. Algo así como confirmar en tinta indeleble, la bitácora de un cuerpo que asentase las maneras posibles de eludir un deseo voraz. Un plan cumplido sin dobleces,

que a veces fracasa. Como las respuestas que nos arroja el mundo. No se sabe por qué, una vez, siempre deviene un vocablo inútil. Y no queda sino sacudir el tablero.

O congelar el devenir. Encarnar el molde carcelario del domingo.

Un siendo virtual donde vivir o morir repitan sin cesar los nombres de destinos ilusorios: vida de borde, donde sólo se agoniza, en un tránsito permanente. Como quien erigiese su casa en los desfiladeros de un glaciar tan perpetuo como susceptible a la caricia del sol. El tiempo

o la ruta, donde se detendrán esos otros, los que sienten que seguir andando es en vano. Y olvidan que el tiempo es un predador singular.

Que entre los jugadores que el azar le concede, ni los malos ni los buenos.

Y nada más castiga a los que abandonan.


IV

Escondido y en silencio, tan engañoso como si uno evaluase la existencia o no de vida en un mar mirando su superficie, el movimiento es incesante. Casi sería acertado decir que esas existencias secretas son más veraces que la del hombre, detenido ante la luz del ocaso y recostado tras una duna desplegada en un área extensa de sombra. A fumar el último cigarrillo y a esperar, que su devenir acabe de enlazarse al destino que el crepúsculo le indique al día.

Es el momento, cuando las entidades secretas comienzan a merodear.

Los pájaros del desierto.

Primero sus graznidos, lejanos, volando a gran altura, como si su descenso debiese respetar el cuerpo de ese humano que aún da señales de vida. O señales de humo, que acaso fueran sus señales de vida más elocuentes. Acercarse lentamente, ajenos de la ansiedad con que el tiempo paga a sus esclavos. De la ansiedad,

pero no del tiempo: de él, todo el que se quiera. Aún el necesario para ensayar aparearse: como todos los seres que lo habitan, los pájaros del desierto no están confinados al aire o a la tierra: fluyen por donde sea que las circunstancias le permitan seguir siendo. Moverse en el aire y alimentarse en la tierra: el hecho de ser aves y el desecho para seguir siendo. Desasirse de la identidad de una forma, es la forma de ser,

de las aladas compañeras de las dunas. Que quizá hayan aprendido eso del alma que no quiere dormir en paraísos prometidos.

Y solo desea seguir siendo…

El viento y la gota de agua: uno se desliza por entre una hendidura oculta junto al postigo; la otra, cae en el abismo pausado de una pileta de cocina

atada a la cola de la gata. Que da un salto para evitar perturbar mi sopor. Se detiene junto a mi rostro; lo husmea; lanza un maullido largo y estridente. Convencida de mi ausencia, selecciona un punto de apoyo: ese montículo que forman las cobijas revueltas le resulta propicio. Se acerca; olfatea y se recuesta, de espaldas a un fogonazo azulado que de pronto le lanza el televisor. Mira, lo que hay, como si nunca antes hubiese visto nada,

o parecido. Lo que hay, ve: lo que esa ventana, que sus ojos ni reconocen ni frecuentan, le inocula a mi cuerpo, para acabar la tarea del domingo. Su atención, sin bocados saltarines ni moscas perplejas que la convoquen, se hace breve. Y tras eso, un lánguido desdén y unos ojos verdes que se cierran,

reposados. Como lo harían tras haber dejado a una pecera vacía.

Quieta.

Una jaula a solas, con su agua.

…y las nubes grises empiezan a llenar el cielo

como un sucio aislamiento.

Charles Wright


NOTA:

Los textos son fragmentos extraídos (y sodomizados) de novelas ocultas, escritas en encierros de tiempos diversos.

Las fotos, atisbos urgentes de una casa y de ciudades varias, filtradas por un encierro actual.

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