La Polio en Argentina

La Argentina recibió ayuda extranjera para la lucha contra la polio en 1956. La Dirección General de Correos y telecomunicaciones puso en circulación un sello con la frase “gratitud de los niños argentinos a los pueblos del mundo”, cuyo valor era de un peso.

Es interesante cómo frente a situaciones imprevistas que desarticulan, desarman el paisaje cotidiano de cualquier sociedad, hay un grupo de personas que necesitan encontrar una explicación mágica, irracional, atávica y para eso utilizan recursos, objetos como talismanes, volviendo hacia atrás frente al grado en que los descubrimientos científicos hayan transformado nuestra cosmovisión adquirida como sociedad, al momento anterior de una epidemia. No importa que tengamos electricidad, imprenta, … cuando de golpe se produce un evento que pone en riesgo la salud y/o la vida de todos, del cual desconocemos tanto su origen, como su cura, volvemos a la respuesta tribal, y puede ser tan útil tomar limón con bicarbonato, como vinagre y ácido clorhídrico

Hay otro grupo de personas que desestimarán, negarán la tragedia, y considerarán que la mejor solución es el contagio masivo, aunque no puedan responder si todos tendrán idéntica respuesta inmunológica, o si acaso es probable que algunos mueran o se enfermen gravemente.

En contexto de aislamiento social obligatorio y para poner distancia histórica a la situación, (sólo con el objetivo de confirmar mis sospechas sobre las similitudes de la conducta de los hombres en comunidad) me enfoqué en la grave epidemia de polio ocurrida en Argentina a principios y mediados del siglo XX. Esa distancia, también me permitió mirar cómo fue tratado el tema desde la ficción.

La poliomielitis o polio es una enfermedad que causó estragos en todo el mundo. El virus se transmite de persona a persona, invade el sistema nervioso y puede causar parálisis en cuestión de horas. Afecta sobre todo a menores de cinco años y no tiene cura.

Las primeras referencias a la polio aparecen en un grabado de una estela funeraria del antiguo Egipto, donde se ve a un funcionario con signos inequívocos de las marcas de la enfermedad en una de sus piernas.

La última década del siglo XIX marcó el comienzo de la epidemia, situación que fue incrementándose en la primera mitad del siglo XX.

Al comienzo del siglo en Argentina había muy pocos casos.  La única recomendación era el aislamiento de los enfermos, y la desinfección, aplicada no sólo a los atacados de poliomielitis, sino a las personas que convivían con ellos.

 Pero en 1942 apareció el primer brote epidémico. Sólo en Buenos Aires hubo más de 2000 casos, ahí sí la sociedad tomó conciencia de la enfermedad y se activaron todos los protocolos.

Apareció el pánico. Muchas familias se fueron a los suburbios, donde no había casos de polio provocando, lamentablemente de esta forma, diseminar el contagio para todos lados.

El enfoque de la enfermedad estaba dirigido al tratamiento de las consecuencias que producía, no a sus causas, su forma de prevención.

Fue así que lideraron la política sanitaria los traumatólogos ortopedistas.

Quiero destacar, que el abuelo de uno de los integrantes de Tantalia, Sergio Alberino, fue uno de los gestores de aquellos calzados ortopédicos que colaboraban a reducir los dolores y dificultades motrices de tantos niños enfermos.

Él me contó lo siguiente:

“…. En épocas de la pandemia de Polio, mi abuelo trabajaba en el hospital de Niños, haciendo yesos. Se codeaba con prestigiosos médicos, que además de experiencia, habían viajado y traían ideas del exterior. Uno de ellos le pidió a mi abuelo, que diseñara un tipo de aparato ortopédico con una forma específica, para forzar una posición del pie de los chicos afectados por la polio”.

(Gentileza de Sergio Alberino)

“…Desde el hospital de niños los médicos mandaban a la gente a mi casa a que mi abuela les tomara las medidas a los chicos, para que mi abuelo les hiciera los aparatos. Salían muchísimo más baratos que en una ortopedia y estaban hechos como los médicos querían…”

Para 1956 llegó la curva mayor de contagio. Cerca de 6500 chicos fueron afectados, un crecimiento exponencial respecto de los 250/400 casos que se habían registrado el año anterior, para una población total argentina de 18 millones de habitantes. El 71% de los pacientes fueron menores entre cero y cuatro años.

El gobierno de facto que asumió en 1955 había eliminado el Ministerio de Salud.  Dictar la cuarentena resultaba una medida inimaginable. A pesar de que los medios informaban de nuevos casos diariamente, al principio se minimizó la epidemia.

La gente, sin embargo, estaba desesperada. Ante la falta de información sobre la enfermedad y la poca decisión estatal, comenzaron a llover noticias sobre remedios caseros, ninguno con base razonable de relación con la polio en cuanto a su efectividad, pero que ilusionaba todos, tan vulnerables como indefensos ante la ignorancia: collares para niños con bolsitas de alcanfor, envoltorios similares a las momias con los que se enrollada apretadamente todo el cuerpecito de los bebés, incluyendo brazos y piernas. Solamente la cabeza quedaba expuesta. Vahos con agua de eucalipto, se sumaban a las limpiezas con lavandina y las pintadas de con cal de las paredes, los cordones de las veredas y los árboles.

Desde el área de Salud, aplicaban gammaglobulina, una medida casi con la misma cientificidad que las bolsitas de alcanfor para la polio. Si bien esta medicina aumenta las defensas, no alcanzaba para proteger a los niños contagiados, y mucho menos para impedir las consecuencias físicas que postrarían a muchos.

Cuando el sistema de salud se desbordó totalmente: falta de pulmotores, lugares de internación, comenzó a surgir la necesidad de encontrar culpables, una mágica decisión de cambiar el miedo por el odio. Desde el gobierno, la idea fue responsabilizar al peronismo por la situación sanitaria heredada,

Por otra parte, los antiperonistas decían que todo era un castigo de Dios.

También la ficción se ocupó del tema. Vean el tratamiento del tema que hicieron Oliver, Walsh y últimamente, Molfino.

María Rosa Oliver fue una escritora y feminista argentina. Nacida de una de las familias más aristocráticas de la Argentina, su vida fue atravesada por un fuerte pensamiento progresista, a las antípodas de todo lo que recibió como valores en su familia de origen. Perteneció a los grupos fundadores de Sur y de la Unión de Mujeres Argentinas, fue activa luchadora política pacifista, feminista, viajera incansable y autora de tres notables libros de memorias que conforman un tríptico. En el primero de ellos, Mi hogar, mi mundo, describe los hechos relacionados con su infancia.

A partir de sus recuerdos, nos permite entender el contexto social en la circunstancia de la polio, ya que fue hacia 1910, cuando Oliver se contagió.

Así cuenta, en el capítulo La Polio de su libro Mi Mundo,mi casa.

“…La fiebre al ceder iba dejándome débil y lúcida. En esta lucidez oí por primera vez dos palabras que me sonaron a hierbas silvestres y miel: polio mielitis. La misma voz, o quizá otra, le dio un nombre menos bonito: parálisis infantil, enfermedad que hacía poco había causado estragos en Suecia donde adquirió un tercer sinónimo en honor de los médicos que más la estudiaron: el mal de Heine-Medin. A pesar de sus tres nombres la enfermedad era casi desconocida en la Argentina…

A partir de su relato, también pone de manifiesto el lugar de la culpa en la familia cuando un hijo se infectaba, buscando causas. Su madre culpaba la mala suerte a los ópalos de un collar que su marido le había regalado, al frío que Rosa había tomado la tarde anterior a caer enferma, y hasta a un sueño que calificaba de premonitorio que había tenido con anterioridad al ataque de polio.

María Rosa recibió en su hogar los tratamientos más modernos del mundo para aliviar la parálisis de sus piernas (electro estimulación en sus piernas paralizadas, masajes, pellizcones. Luego de una cirugía correctora le colocaron una órtesis larga, que le llegaba hasta el tronco. Nada de esto, le impidió convertirse en una mujer activa políticamente y viajar por el mundo.

“…aquello que el médico berlinés debió decirle a mamá quitándole toda esperanza de que mi vida pudiera ser la normal y corriente, me ha dado tiempo y cierta capacidad para dedicarme a ser una más, entre los miles empeñados en impedir la tercera [Guerra Mundial]…”

Por esas cosas del destino, entre 1942 y 1944 Oliver se desempeñó en Washington como asesora de la Oficina Coordinadora de Asuntos Interamericanos, bajo el gobierno de Roosevelt. Justamente veinte años atrás, el entonces senador, una tarde se sintió mal. Fiebre, dolores fuertes y, de pronto, la inmovilidad de los miembros inferiores. El diagnóstico fue rápido y desesperanzador. Roosevelt tenía polio.

“…Todavía no hay vacuna que cure. Feliz navidad. La polio…”, así termina la novela del escritor argentino Miguel Angel Molfino, publicada en 2014.

Es un policial negro cuyo personaje, es un asesino y sádico dedicado a romper las piernas y matar a los niños. Él firma cada homicidio con el seudónimo “La Polio”. En su niñez el asesino había sido sometido por su madre a un largo encierro, durante la epidemia de 1956, por miedo a que se contagie. Sin embargo, en ese mundo interno del hogar, el personaje soporta los peores maltratos y abusos, que lo definen luego como un asesino.

La relación entre el pasado y el presente; resignifica sus padecimientos vivenciados pasivamente en otro tiempo y son llevados activamente al extremo de la crueldad la violación y el asesinato de los que son considerados inocentes por excelencia, los niños.

“…La polio era un monstruo que esperaba la oportunidad para lanzarse sobre el pequeño Oscarcito para comerle las piernas; Los cortinados rojos, estaba científicamente comprobado, retraían, rechazaban y aterrorizaban a los bichos negros, de ojos saltones, de la polio (…) Por eso era mejor no salir del cuarto y no quitarse el collar de bolsitas de alcanfor que colgaba de su cuello. Oscarcito reía nervioso, con burbujas de saliva, las manitos crispadas, rayando con sus uñas el antebrazo: tenía miedo y alegría a la vez. Evander, su hermano mayor, entraría en cualquier momento y jugaría raro con él y lo obligaría a disfrazarse de nena…”

Otra mirada, más politizada, desenmascara el efecto mágico de la enfermedad como herramienta de venganza.

“…- Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

– ¿Qué le dicen?

-Que a mi hija le agarre polio…”

“Esa Mujer”, de Rodolfo Walsh, narra uno de los tantos escalofriantes episodios de nuestra historia argentina, como fue el secuestro del cadáver de Eva Perón por la autodenominada Revolución Libertadora de 1955. Su cuerpo fue violado, orinado, cercenado, secuestrado en distintos lugares de Buenos Aires; para luego ser llevado a un cementerio de Milán y enterrado con otro nombre: María Maggi de Magistris

En este contexto, Walsh describe al pueblo peronista, maldiciendo a aquellos militares responsables de semejante vejación, a través de llamadas anónimas con amenazas, donde el deseo de que a sus hijos les agarre la polio, era indudablemente un sello de la época.

El régimen de facto de Eugenio Aramburu (1955-1958) reconoció la epidemia de 1956 como una cuestión política y, en consecuencia, instrumentó rápidamente medidas para enfrentar la emergencia sanitaria. En el marco de una estrategia discursiva que buscaba diferenciarse de la anterior gestión peronista, dispuso erogaciones de dinero y destinó recursos para demostrar una pretendida efectividad que el gobierno depuesto no había logrado. La actuación de la prensa escrita reflejaba la ofensiva contra el peronismo, al que culpabilizaba de la epidemia a causa de la desidia, la falta de higiene y la administración ineficiente y corrupta, argumentos mediante los cuales golpeaba dos de los ámbitos de actuación más caros a la política social peronista: el sistema sanitario y las medidas de protección a la niñez y convocaba a aunarse contra un nuevo enemigo común.

Del significado atribuido a la poliomielitis, adjetivada como una maldición, está revestido de un indudable carácter punitivo “la enfermedad ya no es un castigo sino señal del mal, de algo que merece un castigo”. La epidemia de 1956 fue la metáfora de aquello que merecía ser castigado más que la intención de atribuir significados a la enfermedad en sí misma Para superar el castigo, se convocaba a conjugar esfuerzos para enfrentar a un nuevo enemigo común.

En Santa Evita de Tomás Eloy Martínez la polio forma parte de las referencias de época

En una escena de personas que esperan haciendo cola para solicitar favores a Eva, el narrador describe a los niños sobrevivientes de la última epidemia de poliomielitis que iban a pedir sillas de ruedas, inmersos en un “raudal de interminables desdichas”

Es claro que la polio fue intencionalmente tomada como símbolo tanto para justificar y legitimar un acérrimo antiperonismo, a la vez que se intentaba diluir el registro social del peronismo como parangón del bienestar y la salud, a partir de la contraposición de imágenes de alarma y de temor.

La epidemia fue pegada a la imagen de un castigo colectivo; relegando la propia enfermedad a un plano menor. El concepto de “lisiado” fue redefinido, y asociado a la rehabilitación, tal como un pueblo peronizado que debía “rehabilitarse” de tal idea basado en el esfuerzo voluntarista personal.

Frente a esto, los “cabecitas negras”, partían del mismo dato de la realidad sobre una epidemia, pero lo reconvirtieron en una frase usada para maldecir.

Pasaron sesenta años, sin embargo, hay un sinnúmero de similitudes entre ambas epidemias. Ante lo desconocido, el miedo social busca respuestas por afuera de la ciencia. Algún rezago de nuestro yo infantil recurre a la magia para encontrar un poco de alivio ante tanta incerteza.

Por otra parte, la grieta ideológica breva de la desgracia elaborando un discurso igual de infantil, desplazando el núcleo de la tragedia al lugar del odio.

Quizás sea esto, el odio, la gran pandemia silenciosa de la cual no podemos salir.


REFERENCIAS

OLIVER, María Rosa. Mi Mundo, Mi casa. Falgo Librero Editor, 1965.

POLLACK, Michael. Memoria, olvido y silencio, en Memoria, olvido y silencio. La producción social de identidades frente a situaciones límites. La Plata: Al Margen, 2006.

WALSH, Rodolfo. Esa Mujer. Los oficios terrestres. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1965.

MOLFINO, Miguel Ángel. La polio. Buenos Aires: WuWei, 2014

Sugerencia: Una historia de época, nota en diario Clarín

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