Especulación y ficción en “Deutsches Requiem” de Jorge Luis Borges

“Deutsches Requiem” de Borges está contado como si fuese una reafirmación de la ideología nazi y del depravado proceder por parte del narrador personaje Otto Dietrich Zur Linde, en tanto que la figura de David Jerusalem representa al pueblo israelita, víctima del holocausto. Este texto puede parecer a simple vista un mero repaso de las memorias  del narrador, sin embargo, al comienzo, cuando este se refiere a su linaje nos aparece una supuesta nota del editor. Esta no es más que un hábil artilugio empleado por Borges, ya que de alguna manera se pone en jaque el origen genealógico de Otto, aludiendo a que su tatarabuelo Johannes Forkel no solo era judío sino teólogo y hebraísta. Borges, de esta manera, pone en tela de juicio la idea del nazismo sobre la pureza de sangre del pueblo alemán que era, según los nacionalsocialistas, de etnia aria, como descendientes de los teutones. Por otra parte, Borges emplea la ficción como si fuesen referencias a hechos del pasado, especulando así entre dos campos discursivos: la literatura y la historia.

Con el suicidio de David Jersualem el narrador confiesa que siente haber acabado con su propia piedad, como una manera de alcanzar los ideales de su tiempo nazi. O sea, mediante la hipérbole, el narrador se va representado como un ser cada vez más demoníaco, por eso la alusión al mismo infierno que Otto hace en su relato. Esta alusión la trata de avalar en el relato  el narrador en relación con el hombre fáustico de Spengler comentando que en la obra latina De Rerum Natura es donde hay que buscar este estereotipo de hombre. Aunque el texto de Lucrecio está centrado en el tema de los átomos, como partes de la vida, del espíritu y abunda en la idea de que el hombre no debe temer a la muerte y no alude para nada a lo fáustico. De la falta de temor ante la pérdida de la vida hace alarde el narrador. Para Otto, por otra parte,  no tiene nada que ver con Goethe el hombre fáustico, como sostenía Spengler en palabras del condenado nazi. No obstante, aparece a manera de paratexto una nota del autor, haciendo un comentario como si el producto de su ficción solo fuese una mera transcripción de las palabras del criminal y descarado Otto. En ella Borges trata de aclarar sobre las discrepancias que tiene  el narrador con Spengler y el carácter fáustico presente en la obra de Goethe, pero su  comentario se expande en una intrincada explicación a la manera de un laberinto, para descolocar aún más al lector aludiendo al ser alemán como el hombre modelo y prototipo de la humanidad entera. De esta forma, el paratexto al pie de página no es más que una digresión filosófica a la que Borges era tan afecto. Descalifica así el comentario de Otto, quizá para reforzar la idea de que los nazis echaron mano a los escritos de filósofos alemanes como Nietzsche o Spengler, o mal utilizaron la música de Bramhs o de Wagner  para avalar su temibles acciones o hacer propaganda política en pos de su proceder de asesinos, desvirtuando los valores de las obras de la talla de los mentados autores  y compositores.

En otros paratextos del relato aparecen notas del editor aclarando que se ha procedido a hacer elipsis narrativa para ocultar información del texto. Como si lo que recuerda y confiesa Otto fuese algo desagradable y  nefasto. Este paratexto nuevamente no es más que un juego especulativo dentro del texto de Borges, que a simple vista parece ajustarse al género realista, por el empleo de algunas oraciones aseverativas, ciertos cronotopos precisos como la mención al campo de concentración de Tarnowitz  y una simulada  verosimilitud. Esa verosimilitud, ya sea por la elipsis textual o por las notas al pie de página, está constantemente puesta en abismo justamente a través de las notas, tanto del editor como de Borges mismo. O sea que lo que creemos a simple vista un texto narrado desde el verosímil, casi a la manera de una confesión, no lo es. Por ejemplo en una de ellas  el editor hace una aclaración sobre ciertas lesiones sufridas por Otto: “se murmura que las consecuencias de esa herida fueron muy graves”. Pone así Borges al editor al nivel de un historiador que hace comentarios, solo que en este caso estos son  soeces e innecesarios, a la manera de una chismografía.

Otras de las notas mencionan a un tal Soergel como si fuese un historiador, aunque tal personaje solo fue en realidad un informatólogo, especializado en bibliotecología, nacido hacia 1940. Es obvia la relación, en cierta medida, con Borges quien fue bibliotecario durante varios años. Allí nuevamente Borges echa mano a la especulación narrativa que la ficción le permite para dar cuenta de que no han quedado datos del poeta David Jersualem y sí de Otto Dietrich Zur Linde, aunque este no parece ser más que un personaje del cuento  que nunca llegó a existir. En la misma nota, también,  se alude a la pianista Emma Rosenzweig, la misma no es sino  una invención del mismo Borges, que utilizando  apellidos hebreos fabula para dar cuenta del exterminio. De esta manera las tintas están cargadas en el asesinato del poeta que representaría a la comunidad hebrea víctima del accionar nacionalsocialista en los campos de concentración. El nombre de Jerusalém, además, está semánticamente cargado de significación: David  remite al famoso rey de los judíos del que se da cuenta en la Biblia y Jerusalem al nombre del énclave capital de la religión mosaica.

Borges en el cuento apela en el relato a diversos artilugios para desplegar una batería de palabras que no hacen más que acumular semas para resaltar el accionar delictivo del mismo Hitler y de sus esbirros. Entre esos secuaces está el personaje narrador, la figura del supuesto subdirector del campo de concentración de Tarnowitz, que tuvo su asiento en lo que antes de 1939 fuese territorio polaco. El empleo de la hipérbole en el discurso de Otto está  en función de dar cuenta de la devastación sanguinaria nazi. Ahora bien, la figura de Otto, no obstante, está puesta en correlación con la figura de David Jerusalem, ya que el criminal manifiesta que dejó a David enloquecer y que se suicidase, pero a su vez cuando el poeta da fin a su vida, Otto también es como que pierde el sentido de la suya. El narrador comenta que ha sido un admirador de la escritura y del arte del cautivo poeta pero como una especie de indiferencia, ya que lo denigra hasta el punto de considerarlo solo un signo. Otto sostiene no tuvo piedad por el escritor, como una manera de ponerse a prueba para experimentar hasta qué punto podía estar más allá del bien y del mal. Este accionar lo transforma, también, a Zur Linde en otro nadie, alguien que ha dejado de ser humano porque ha perdido la piedad. De esta manera se pone de relieve la figura del escritor así como en las notas al pie de página se menciona a la pianista como los representantes del arte y de los valores humanos en contraposición con Otto, el criminal que está a punto de ser ajusticiado como un ser nefasto e infernal.

La pérdida de piedad de Otto, por otra parte, está asociada a su vez con la derrota de los nazis, a la que Otto alude y asume como algo inevitable, ya que la derrota implica el fin de su propia existencia. Desde el comienzo vamos conociendo que Otto es un muerto en vida. Un muerto porque actúa casi a la manera de un autómata, un muerto como tantos otros de Borges, no solo porque no se aparta un ápice del mandato y de la representación que debe llevar a cabo, sino porque desde el inicio del relato nos manifiesta que va a morir porque ha sido condenado. ¿O  acaso no estamos todos los humanos condenados a morir, como muchos de los personajes de otros cuentos de Borges que desde un comienzo saben que inevitablemente van a fenecer?

Este cuento poco visitado por la crítica, a veces  mal leído, quizá por los artilugios empleados por Borges, pone  el relato en boca de un asesino  que algunos lectores ingenuos lo han pensado como un manifiesto del pensar y accionar nazis. Sin embargo, el sentido sugerido hay que pensarlo en base a la figura del artista que muere y del que no se puede desprender Otto, porque una vez que el escritor se suicida él siente que ha muerto con él.

No hay, obviamente, un arrepentimiento manifiesto por parte de Otto sino algo más sutil, el narrador siente que  pierde el sentido de su vida misma al dejar a David Jerusalem entregado a la pérdida de la ilusión, a la depresión misma que lo arrastra al suicidio. Ahora bien, de dónde asirnos para esta afirmación. De la duda misma que el narrador instaura sutilmente, al utilizar el adverbio de duda, cuando Otto manifiesta “quizá fui feliz…” No sería erróneo  pensar que esa felicidad la halló Otto en haber podido disfrutar no solo de las lecturas de Schopenhauer, Shakespeare, Nietzsche, Spengler sino de la poesía de David Jerusalem de quién conocía de memoria los hexámetros “de aquel hondo poema Tse Yang, Pintor de tigres, o el soliloquio Rozenkrantz habla con el ángel[1].

“Deutsches Requiem”, entonces,  está trabajado mediante estrategias y artilugios discursivos para producir vacilación en el lector. El narrador no solo enuncia  un adverbio de duda o alude a algunas fechas, de manera imprecisa, como cuando Otto comenta: “en octubre o noviembre de 1942…” o “A fines de 1943…”sino que, también, Borges se introduce en el relato mediante los paratextos o fabula a través de un falso editor de manera especulativa. Visitar este texto, tal vez sea un desafío que aún tiene muchos interrogantes por dilucidar, puesto que ahonda como pocos en los oscuros intersticios del espíritu humano, como un vaivén de representaciones entre el bien y el mal.


[1]El título del poema y del soliloquio no son más que invenciones de Borges. El primero tendría que ver, sin lugar a dudas, con el apego de Borges desde niño a los tigres, y quizá aluda al carácter sanguinario de estas bestias en correlación con los nazis mismos. El segundo título, en cambio, alude a uno de los memorables personajes de Shakespeare, el viejo condiscípulo de Hamlet en la obra homónima.