El vuelo de la mariposa nocturna

Nunca me acuerdo de la época en que escribí algo:la época de A Este Lado del Paraíso, o de Hermosos y Malditos o Gatsby, por ejemplo. Vivía dentro de la historia que contaba.

Francis Scott Fitzgerald, Cuadernos.

No voy a hablar de cartas.

Pero lo que será, comenzará con una,

fechada en el otoño de 1938 y escrita por Francis Scott Fitzgerald. La carta es una respuesta a propósito de un cuento que le enviara Frances Turnball, estudiante de segundo año en Radcliffe College y de cuya familia era amigo el escritor. El algo necesario, está bien al inicio:

Tienes que vender tu corazón, tus reacciones más poderosas, no las pequeñas cosas insignificantes que sólo te tocan ligeramente, las pequeñas experiencias que cuentas en una cena… 1

Una carta,

que evoca una otra escena, plasmada en el título de un artículo periodístico: toda literatura es literatura del yo. Una afirmación,

que en este tiempo de palabras líquidas e ideologías devaluadas, tiene la virtud de serlo: ni crítica ni comentario ni glosa: apenas, el punto más cercano entre el cuerpo y el logos. Casi el grado cero del pensamiento.

Tras el título, una exposición que acaso lo avale; en medio, una frase. O dos:

…Porque digámoslo alto y claro: escribir es exponerse. Cualquiera que no pretenda exponerse, debiera recoger sus bártulos y largarse…2

Una carta un artículo y un vínculo contradictorio: tanto se atraen como se repelen. Como si algo en una denunciase un punto flojo en la otra. Algo que es presencia silenciosa y decisiva en la letra de Fitzgerald y ausencia irremediable en la afirmación.

Algo.

Que acaso la evocación de otras afirmaciones, ayude a dilucidar. Otras, como yo es otro de Rimbaud o el ingenioso Madame Bovary soy yode Flaubert. O, ya en los bordes de nuestra contemporaneidad, Imre Kertesz: Yo: una ficción de la que a lo sumo somos coautores.

Yo. Literatura del yo. Una carta,

…en A Este Lado del Paraíso, yo mismo escribí sobre un affaire amoroso que todavía sangraba fresco como la herida de un hemofílico…

Fitzgerald se abre el cuerpo en su escritura. Fitzgerald, con F de Frances…

¿Literatura del yo, eso? Literatura de una ilusión, de una entidad que no es más que un espectro inverosímil. Sin embargo, si se atiende, por ejemplo, la frase de Kertesz, puede verse que antes que una negación sucede una corrección, un complemento. Y la evocación, lo es, al fin, de una ausencia.

¿La literatura como corrección de un acontecer fallido?

Una afirmación y una afirmación. No hay literatura sin un yo, ni un yo concebible más allá de una fantasía tozuda y egoísta. Luego, si es cierto que toda literatura lo es del yo, y el yo una ficción, un no-nada-nunca deslizándose sin pausa a un otro, ¿debe decirse que toda literatura no es sino literatura del otro?

¿El otro como ausencia que la letra debe redimir?

Una metonimia quizá ayude a echar algo de luz sobre el dilema. Deslicemos yo y otro, hacia mito e Historia. O hacia biografía y ficción. Y entre ellas, el tiempo,

y la letra que avanza, pero como negando el movimiento mismo: nada es inmediato en su urdimbre: sus movimientos asemejan la paciencia de la luz estelar en su viaje hacia nuestros ojos. A su vez, la realidad de los acontecimientos, parece discurrir de manera exactamente opuesta. En ella, la velocidad de las cosas aparenta buscar su punto máximo. La duración tiende a cero y los hombres, elevados al absurdo, extravían primero su sombra y al fin la carne misma. La cronología estalla en su apoteosis.

En el tiempo, el hombre de la historia no solo aniquila a otros. Se inmola.

En este sentido, la literatura como corrección es una suerte de enfermedad, que la Historia inocula en el cuerpo de la escritura. Llamémosle, a la trampa, salir al rescate de las víctimas del tiempo. Redimir a los suicidados y a los asesinados; a los egos a expensas de la otre-oquedad del mundo; a los otros, a expensas de su derecho a elegir su propia odisea. El Gran Hermano que la ficción mesiánica donó a la realidad. El infierno que decanta de las buenas intenciones. Unos y otros, limpios de demonios. Y, Rilke dixit, irremediablemente desangelados. Sin diferencias, víctimas y victimarios reducidos a esquirlas de una planicie helada y sin horizonte. La literatura como la Historia, puede forjar imposturas, llámense literatura del yo o literatura de la otredad.

O puede devenir diferencia, irreductible sospechosa intragable, que no busca reconocer ni ayudar ni salvar, y lejos de reformismos correctores, acude en su vuelo delarva ciega al goce que promete la luz negra de su íntima obsesión. Esa, su única y singular manera de refundar una realidad que excede los salmos cosméticos de los políticamente correctos.

Al fin: ni del yo ni de la otredad; ni el peregrino ni la tierra prometida: no hay otra escena literaria que el desierto. Ese es su territorio: el que dibuja la letra en su movimiento agónico e incesante entre un yo y un otro que, o transmutan o se licuan. Un desierto, el espacio literario.

Una obsesión.

Y Fitzgerald, lo intuyó siempre aunque lo haya comprendido casi al final del recorrido.

Tal como su Gatsby.

Como su Trimalción,

O el nombre exacto que supo donar Petronio para que una larva, siglos después, pudiese mutar en el otro de su anhelo. Scott Fitzgerald al pie de la ley literaria: asirse a la obsesión necesaria que, enajenada del todo y todos, la letra ansía en cada línea,

…No sabe dónde va, no sabe cuándo parar o detenerse… Pero nadie vuela como él,

susurraba Hemingway. Volar, sin conceder a las correcciones que maquillan. Febril, como Ahab tras la bestia blanca: no es muy diferente Ahab de Gatsby: una mujer o una ballena: formas de encubrir una misma pasión y un mismo movimiento. El movimiento hacia el otro. El otro, no importa la fisonomía que adopte, es siempre la obsesión del yo literario que se expone. Y se mueve, siempre y ante todo y por sobre todo. Se mueve, como los héroes inoxidables de Hemingway o como los fracasados irredentos de Scott Fitzgerald que van, como botes remando contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado 3.

Pero la obsesión es una estrategia no un capricho. Y lo es fatal, igual a su América, que no ofrece segundas oportunidades. A todo o nada, a matar o morir. Como la diatriba de un cazador solitario.

La caza,

Una insólita metáfora de la escritura. Algo así como en ese cuento de Leonora Carrington cuyo comienzo vale reproducir:

Al pasar por un callejón una tarde, robé un melón. El frutero, que acechaba detrás de su mercancía, me cogió del brazo.

-Señorita, hace cuarenta años que estaba esperando esta oportunidad. Durante cuarenta años, me he ocultado detrás de esta pila de naranjas con la esperanza de que alguien me birlara alguna pieza. Y le diré por qué: porque quiero hablar, quiero contar mi historia. Si no la escucha, la llevaré a la policía…4

El escritor, un vendedor enamorado; su escritura, un melón irresistible; su obsesión, un deseante ocasional; el otro, un extraño que nunca dejara de serlo pero sin el cual, mi ser no existe ni aún como cuerpo-los cuerpos, también son comunidades enhebradas de voces otras de goces otras de obsesiones…

Obsesión. La de Fitzgerald devino a causa de una silenciosa pero inexcusable orden de los otros de su tiempo: darles un espacio literal permanente para atravesar la soporífera eternidad.

Porque si la identidad Fitzgerald nunca oculto su estremecedora calentura por los dioses americanos estallados tras apagarse los estallidos de la primera gran guerra, aquellos olímpicos olieron la sangre exacta para inmortalizar lo que sería su corto reinado de jazz y Paris como nunca y ya nunca más tan festivo. Así las cosas, el hombre devino ellos y ellos devinieron inmortales.

Y Gatsby el jugoso melón que proteico no cesa de contar su historia.

El ombligo es una maceta donde un potus busca ser y la literatura del yo un par de ojos que registran cuadro a cuadro ese proceso infinitesimal. El potus muere si lo único que le entregamos es nuestra mirada: eso es literatura de la otredad.

Escribir es cavar acequias. Eso hizo Fitzgerald y por eso Gatsby es, entre otras cosas, la Gran Novela Americana. ¿Qué otra cosa es el Imperio Americano sino la recurrente diatriba de aquel otro de la orilla opuesta a aquella donde viven los oficiales demás? ¿Qué otra cosa es esa diatriba sino la tragedia más persistente y arquetípica de aquel devenir entreguerras o de este milenio veintiuno que nos hace de contexto? Por eso Gatsby es eterno, por eso está más allá del yo de quién sea y de los otros quienes sean. Porque en él, otro y yo pierden sentido al fundirse. Porque como yo que intuye su otredad radical, elige ser un trágico a ultranza. Y trágico es elegir la diferencia como plan. Trágico es optar por recorrer un sendero ausente. Trágico es, al fin, la obsesión sibilina.

Obsesión, alfa y omega del asunto, se ve. Literario o existencial. Para Gatsby fue Daisy; para Scott Fitzgerald, Zelda. En sus tetas, aquellas de Tiresias; en sus uñas, aquellas que si no arrancan ojos, rasgan la piel acosada por el desengaño y tiñen el agua quieta de una piscina solitaria. Obsesión, que se menciona en femenino y esconde una tumba líquida.

Trágico ser otro. Inexorable y trágico; a contramano y sin siquiera un Sancho para cargar el espejo y por eso trágico; con final abierto aún ante el final mismo; condenado a amar cada rasgo de lo así llamado vida y a la vez condenado a ser irreductiblemente ajeno y hostil con ella.

Trágico ser otro, sí. Pero a fin de cuentas el precio a pagar para eludir el patético drama de la identidad sólida caprina y narcotizante. ¿Gatsby? ¿Fitzgerald? ¿Será que toda literatura es una autobiografía? ¿Sera que la literatura no es más que una colección de autobiografías más o menos travestidas de ficción? Fitzgerald es irrevocable y transparente con el joven aprendiz como lo es en sus novelas: la autobiografía del escritor es en esencia una exploración al magma de los sentimientos. Gatsby es tan Fitzgerald como Flaubert es Bovary o Melville es Ahab. No más distancia entre el escritor y su personaje que la que existe entre eles y su diferencia.

Entre el yo y su otro.

Lo demás queda para los historiadores o para las cenas snob de gente idem.


[1] Carta a FrancesTurnball, 1938.

[2] Toda literatura es literatura del yo, Laura Fernandez. en Babelia, El País, 14-04-2018.

[3] Trimalción, F.S.Fitzgerald, pg. 218.

[4] El Enamorado, en MEMORIAS DE ABAJO.

BIBLIOGRAFÍA

  • Francis Scott FITZGERALD:
    • TRIMALCION. Ed, Tusquets. 2018
    • EL CRACK-UP. Ed. Crack-up. 2011.
    • EL ARTE DE PERDER. Ed. Círculo de Tiza. 2016
  • Leonora CARRINGTON. MEMORIAS DE ABAJO. Ed. Siruela/Bolsillo. 1995

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