El virus del capitalismo, un desafío para pensar la otredad

Leyendo diversos comentarios de infectólogos acerca del comportamiento de este y de otros virus, me di cuenta de la absoluta concomitancia entre el funcionamiento del virus y del capitalismo. Ambos mutan. En el momento en que mutan se vuelven peligrosos para los humanos, entonces se vuelve necesario encontrar mecanismos de defensa ante semejante ataque; cuando se logra dominar la nueva cepa del virus (y la del capitalismo) se produce una nueva mutación y por lo tanto una nueva crisis (o ataque), etc.

Si el capitalismo y el virus mutan, es que ellos mismos poseen la capacidad de volverse otros. Esa capacidad nos resulta confusa, nos desorienta. Uno es uno y no otro, ¿o es que la otredad nos habita, está dentro nuestro? No sabemos de quién se trata: frente al televisor o al microscopio. Por eso hay que pensarla como una estrategia. En la medida en que muta no está allí donde se lo busca. El reconocimiento y la búsqueda son mucho más lentos que la mutación. Aquí, como diría Paul Virilio, la velocidad lo es todo. La búsqueda desemboca en una ausencia, por lo tanto. Hay que buscar en otra parte, o buscar a otro de ese que ya no es. Hay un tercer actor que también funciona así: los medios de comunicación masiva.

En toda esta dinámica nos solemos colocar en el lugar de las víctimas, que es el lugar visible, es el lugar sensible a las estadísticas, es decir, el que rápidamente ingresa en los engranajes de la comunicación masiva, y ha venido depositando su fe en ellos. Pero existe otro lugar: el de los victimarios, ese es un lugar secreto casi esotérico desde el punto de vista comunicacional, y permanece convenientemente en la sombra. Ese lugar no es tocado por los medios masivos, no solo porque nunca “se cuenta con información fehaciente”, sino porque existe una trama de poder que hace que permanezca oculto, ya que se trata de los mismos que son dueños de esos medios, los que detentan intereses para que determinadas informaciones permanezcan en la sombra y ellos por lo tanto impunes. Pierre Bourdieu decía: No me preocupa tanto lo que la televisión dice, sino lo que es capaz de ocultar. Como los vacíos comunicacionales son llenados por rumores, fake news y otras yerbas, ese lugar posee un variopinto menú de versiones acerca, por ejemplo, para nombrar quizá uno de los temas más álgidos de la pandemia, el origen de este contagio masivo.

La versión oficializada (no oficialista), pues estas versiones no pueden poseer garantías como las otras, las que cuentan convenientemente con estadísticas, versa sobre la costumbre china de tomar una sopa de murciélago. Hasta ahora esta versión se impuso por el solo hecho de que son los medios occidentales los que poseen el monopolio de la información a nivel global, convenientemente apoyada por una comunidad científica que accede a informar lo que el imperio del norte les dicta. Esa es la única razón. Esto no quiere decir que se trate del único poder existente, ni que exista un monopolio absoluto de su parte sobre los medios. No hay un funcionamiento troncal dentro del fenómeno comunicacional actual, sino más bien rizomático, cualquier intento de buscar un centro naufraga en ramificaciones que se extienden confusamente sin llegar a alcanzar ninguna tronalidad. Por supuesto que se trata de un efecto deliberado. Y es también por eso que los medios, el capital y los virus no cesan de mutar y reposicionarse. No hace falta recordar a esta altura como han conquistado las conciencias colectivas: casi siempre a base de mentiras y ocultamientos.

Hay una versión entonces “oficializada” de hecho sobre la razón de la pandemia: la de la sopa de murciélagos (hay quienes incluyen al pangolín, una especie de mulita asiática). Parece que no hemos aprendido mucho acerca del funcionamiento de los medios y el modo en que también ellos van mutando de acuerdo a nuevas coyunturas y a la disponibilidad de mejores recursos tecnológicos, y es justamente esta disponibilidad tecnológica, que tanto ha mencionado Max Horkheimer dentro de la Escuela de Frankfurt, lo que les ha permitido agilizar esta dinámica. Pero más allá de esto, y a sabiendas de que la teoría conspirativa puede ser una de las teorías posibles, que la otra, la del accidente del laboratorio ( no voluntario) y la de la mutación del virus (pues como decíamos al principio, mutar está en su naturaleza), es imperioso pensar esta otredad. Se trata de una otredad deliberadamente construida por los medios, cuyo mensaje gira en torno a campos en los cuales habría que pensar la pandemia, fuera de los cuales se caería en “delirios” o formas tildadas como “poco serias” de pensar estos hechos. No es que nos indiquen pensar en alguna cosa en especial, sino más bien que nos delimitan el terreno en el podemos pensar, por eso es posible vislumbrar más allá, una nueva otredad. La otredad soterrada que han inoculado los medios, es decir la negación total de otra versión (verdaderamente otra, no la clásica simulación de una otredad que solo encubre una mismidad), nos obliga siquiera a pensar en esa otra posibilidad, que, por supuesto no se cierra con la versión de la secreta inoculación de algún miembro de la CIA en Wuhan, ni en ninguna de las otras, y se mantiene alimentada mediante un verdadero duelo de versiones y contraversiones que lo único que han hecho hasta ahora es alimentar una ambigüedad que favorece a los poderes de turno.

El artilugio de los medios es incluso más complejo: construye él mismo otra versión simulada pero reorientada hacia las primeras víctimas del virus: Fueron los mismos chinos los que crearon el virus. Esta versión que se presentó como una verdadera revelación alternativa a la de la sopa de murciélago, calzó perfectamente dentro del imaginario occidental, porque desde su razonamiento, los chinos siempre fueron “otros”. Así que se contentaron con esta versión que les proveía un argumento un poco más geopolítico que la hogareña sopa local. Sin embargo, sigue flotando en el aire una serie de posibilidades y de explicaciones que lejos de resolverse, continúa constelando entre las conciencias y mostrando para quienes quieran verlo, un funcionamiento que resumiría a que los medios se mueven siempre dentro del terreno de lo que conviene contar, no lo que efectivamente haya ocurrido.

Todo esto ocurre gracias a la velocidad con se mueve la información. No tenemos tiempo de chequearla. Además, chequear, ¿cómo? ¿con quién? La tarea de verificación de las fuentes es mucho más lenta que las redes sociales y las noticias que se suceden con una profusión abrumadora. Quizá hoy que se ha recuperado

Telam tengamos en la Argentina un instrumento de verificación de la veracidad de las noticias que circulan, pero se trata de una tarea para especialistas, no para ciudadanos de a pie. La increíble masa de información que se está moviendo hoy a raíz de la pandemia es tal, que resulta definitivamente inaferrable. Por algo se habla de “infodemia”. Habría que pensar la infodemia global también. Una pandemia informativa que busca generar confusión a toda costa con el objeto de simular cambios para que lo que en realidad importa, no cambie. Es decir, una estrategia gatopardista.

Los medios utilizan la pandemia para soslayar una gran variedad de temas preocupantes (el hecho de que estemos padeciendo una epidemia global, no implica que no estén ocurriendo otras cosas en el mundo). ¿Quién decide en este tiempo qué noticia vale la pena mostrar en medio de un acontecimiento que va a producir un quiebre en la vida y las costumbres de toda la humanidad? Además, esta coyuntura sirve para instalar, como razonaba Giorgio Agamben, un estado de excepción, que consiste en sojuzgar mucho más a la población, incrementando controles, permitiendo abusos de las fuerzas de seguridad, suspendiendo las garantías y derechos constitucionales, implantando el estado de sitio, etc.

La otra versión que también hay que considerar se refiere a diversas declaraciones de figuras que han liderado organismos internacionales, y que han reiterado la idea de que los viejos están viviendo demasiado. Parece haber anticipado esta pandemia en la que los más vulnerables son los mayores de 65 años. Todo esto en medio de una agresiva política neoliberal que busca reducir jubilaciones y pensiones, incrementar los despidos y avanzar sobre los derechos laborales de los trabajadores que constituyen un escollo para el modelo. La aparición del virus volvió mucho más visibles las prácticas neoliberales, entre el mercado y la vida, eligen el mercado.

La verdadera otredad somos los simples ciudadanos que estamos a merced de una información que se ha sofisticado tanto que hoy es capaz de inventar realidades alternativas e incidir en la población a la hora de los comicios, como ocurrió en las elecciones en las que triunfó Donald Trump. Esa verdadera otredad nos deja a

merced de los poderes reales que lejos están de ser simplemente nuestros gobernantes. Hoy el mundo está manejado por un puñado de oligopolios que lo digitan todo. Por ejemplo, el grupo Prisa que está en manos de unos pocos multimillonarios, entre ellos Paul Singer, uno de los fondos buitres. Este grupo es dueño de los diarios: El País, Canal+ de España, TVI de Portugal, Clarín y La nación de Argentina, O Globo de Brasil, El grupo Televisa que opera en América Latina, El mercurio de Chile, etc. Muchos de ellos además son grupos a su vez que poseen otras empresas de medios. Así es que se han esmerado en denostar a la política como una práctica sucia y corrupta digna de quienes quieren beneficiarse a sí mismos. No quiere decir por supuesto que no existan políticos corruptos, sino que la política sigue siendo necesaria en la vida en comunidad, si dejamos de lado la política, y esto queda revelado de manera cristalina en esta pandemia, nos dejamos de lado a nosotros mismos. En este sentido la apuesta al rol del estado ha vuelto a la escena. Atiborrados de las supuestas bondades del mercado, terminamos desembocando en una pandemia, es decir en la muerte. El mercado se ha hipertrofiado de tal manera que no ha dejado espacio para ninguna otra cosa. El límite de esa expansión fueron las instituciones sanitarias, que habiendo sido estatales fueron insensatamente privatizadas. Los resultados están a la vista.

La otredad es una práctica que nos vuelve humanos. Solo nos sobrepondremos a esta crisis en la medida en que seamos capaces de construir esa visión del otro incluyente, y no negada. Hemos vivido ya suficiente tiempo de negación neoliberal del otro, que ha generado una desvalorización del trabajo, de la salud y la educación como nunca antes vista, de los derechos de los ciudadanos, de la dignidad humana, del embanderamiento de una engañosa meritocracia, que ha desembocado, en cierta forma, es esta pandemia. Este contagio global nos obliga a reconocer que el otro está ahí, por más medios que lo nieguen o tergiversen, por más que se estigmatice a ese otro creyendo que es más o menos propenso al contagio. La respuesta xenofóbica es también una forma de negación de esta otredad necesaria. Es el gesto fácil y la “solución inmediata” ante el riesgo de la aceptación de ese otro. Pero las circunstancias, vistas en profundidad han demostrado que las soluciones rápidas en estos temas no sirven.

Hoy la pandemia nos mantiene aislados. Avizoramos al otro a distancia. Esa distancia, que alienta la quietud de la reflexión, quizás posibilite la reconstrucción de una mirada más humana entre nosotros.


BIBLIOGRAFÍA

Agamben, Giorgio. Estado de excepción, 2007. Alianza editorial, Barcelona

Bourdieu, Pierre. Sobre la televisión. 1996. Anagrama, Barcelona

Horkheimer, Max, La razón instrumental. 1990. Alianza editorial, Barcelona

Negri, Toni. Imperio, 2000. Harvard University Press, Nueva York   Virilio, Paul. La máquina de visión. 1998, Anagrama, Barcelona

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