El extranjero

«Todo era tan natural, tan bien arreglado y tan sobriamente presentado, que tenía la ridícula impresión de “formar parte de la familia”… estaba casi asombrado que mis únicos regocijos hubiesen sido los raros momentos en los que el juez que me acompañaba hasta la puerta del despacho, y diciéndome con aire cordial: “Basta por hoy, señor Anticristo”».

Solo su apellido, Mersault. Oficinista. Literal en sus palabras, casi ajeno, un forastero. Atrapado por el tiempo detenido de una playa sofocante, abrumado por el brillo del sol en el acero de un cuchillo, exhibido por un árabe (sin un nombre ni apellido), es decir, no un hombre, un árabe; se crispa su mano dentro del bolsillo y le dispara. Primero una vez. Lo mata. Luego cuatro veces más.

Ese hombre, Mersault, parece despertar del sopor del mediodía y advierte, con tristeza, que el ruido que provocaron sus disparos había acabado con el equilibrio del día.

Ese día cuyo sol intenso le recordara al momento en que enterró a su madre.

Un tribunal, lo juzga. Es condenado a la pena de muerte, pero no por haber matado al árabe, ya que, ciertamente no era tan grave en esa sociedad, fácilmente podría haberse aducido defensa propia.

La condena absurda a la que llega el tribunal del pueblo, alude a la necesidad de desaparecer, “comerse” a quien no respetara las normas escritas en ese libro invisible de la moral y las buenas costumbres. ¿El árabe? Un pretexto. A nadie le importa. Sólo es peligroso un “apellido” que actúa diferente.

“…Decía que yo no tenía alma en absoluto, no me era accesible ni lo humano…el vacío de un corazón…. se transforma en un abismo en el que la sociedad puede sucumbir…”

Así pide el fiscal la cabeza de este monstruo:

“…Aquí el Procesador se enjugó el rostro brillante de sudor. Dejó ver en fin que su deber era penoso pero que lo cumpliría firmemente. Declaró que yo no tenía nada que hacer en su sociedad, cuyas reglas más esenciales desconocía y que no podría invocar al corazón humano cuyas reacciones elementales ignoraba…”

Aunque esta declaración del Procesador está contextualizada en el juicio de Meursault, es fundamental destacarla como una declaración literariamente tautológica: quien no llora en el funeral de su madre, debe tener un corazón criminal. Meursault es condenado por los ojos ingenuos de un ambiente creyente del miedo de Dios, aunque esa misma sociedad por juzgarlo cometa una acción violenta. Esta violencia se respira de manera implícita hasta el final de la primera parte de la novela, para hacerse explícita durante toda la segunda parte.

Vuelvo a la condena: El miedo a un otro llega al paroxismo del absurdo. El tribunal lo condena a pena de muerte por no haber llorado en el funeral de su madre, por haber ido al cine a ver una película cómica con una mujer y acostarse luego con ella, al día siguiente de la muerte de su madre, por no querer ir a París a trabajar, por no amar a su novia. Por no profesar la fe católica:

“(EL ABOGADO)…Me preguntó por mi madre y el día del entierro…Le expliqué que tenía una naturaleza tal que las necesidades físicas alteraban el mundo de mis sentimientos. El día del entierro de mi mamá estaba muy cansado y tenía sueño, de manera que no me di cuenta de lo que pasaba. Lo que podía afirmar con seguridad es que hubiese preferido que mamá no hubiese muerto“

(EL JUEZ)…y me exhortó por última vez, irguiéndose entero, y preguntándome se creía en Dios. Contesté que no…Me dijo… ¿quiere usted que mi vida carezca de sentido? Según mi opinión aquello no me concernía y se lo dije. Entonces me puso el Cristo bajo los ojos y decía Ves, ves, ¿No es cierto que crees que vas a confiarte en Él? Evidentemente, dije no…”

Un apellido, Mersault, es un forastero moral. Desconoce, reniega de las pautas establecidas en ese libro invisible que marca el comportamiento aceptado, lo que hay que hacer y lo que es calificado como “lo aceptable” o lo permitido.

Es un personaje mítico y es también un ciudadano vulgar, provinciano y racista; alguien sin mayores expectativas que descansar, fumar, ver a Marie e ir a la playa para combatir el calor, indiferente, hasta el momento en que, desbordado por el sol, siente su vida amenazada por un “algo” casi un “alguien” de tercera categoría (indígenas le llamaban a los árabes de Argelia.

Marina Nuñez, Phantasma (3)

A menudo se identifica a este personaje como un psicópata, un perverso, un amoral.

Sin embargo, al matar, él dice:

“Y era como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia”

La hipótesis de una personalidad psicopática o desalmada es muy conveniente para no profundizar en una sintomatología que nos convoca a todos. Será por eso por lo que aún hoy se ve en Mersault un enfermo social. La culpa es de él. O el síntoma es solo suyo. Sin embargo la frase de estar llamando a la puerta de la desgracia, manifiesta una clara conciencia moral de su destino y de una reflexión que muestra tal y como es; esa libertad de ser coherente con lo que piensa que lo obligará a responder con su vida, ante el absurdo, y por qué no, la perversión de una sociedad reactiva ante lo diferente, lo extraño. Aquella frase: comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en que había sido feliz.

Un psicópata, quien desconoce sentimientos de humanidad, jamás diría eso. El equilibrio del día es como hablar de la armonía del cosmos, de la naturaleza, que nos habla de la concordia, la estabilidad existencial que sucede un día en la vida de un hombre con otros seres humanos. Y menos aún haber destruido el silencio excepcional de una playa en que había sido feliz.

Después de ese primer disparo, «su» disparo, él comprende que todo ha terminado para él, que el absurdo ha operado dentro de él como un error fatal, pero que después de ello nada puede importar, pues ese cadáver que yace frente a él ha sido abatido por su disparo, el que destruyó el equilibrio del día y el silencio de su única felicidad.

Como conclusión de esa extrema comprensión que Meursault hace de lo acontecido, él continúa en una trayectoria consistente. Ya nada importa, porque ha matado. Entonces le dispara a un cuerpo inerte; deja caer toda la descarga fatal de este vientre suyo que tendría cuatro proyectiles únicamente. Este vientre de Meursault tiene solamente cuatro balas que están presentes en toda la novela y que son las balas del absurdo, las balas que harán que finalmente lo lleguen a inculpar de homicida apático, y que lo llevarán a la pena capital por una sociedad que lo juzgará, no por la muerte ocurrida en la playa, ni por los disparos posteriores a la caída del fuego del cielo y a la descarga que el mar absorbiera.

«… en un soplo espeso y ardiente. Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notaran».

Esta descripción es desgarradora por lo absurdo. Estos cuatro proyectiles se hunden en el cuerpo de la víctima sin que se lleguen a notar. Esos cuatro disparos no eran para defenderse de un rival herido, eran cuatro descargas técnicamente inútiles, eran cuatro disparos sin sentido ni razón.

Con un revólver que tiene seis balas dispara cinco, quizás la sexta fuera para sí mismo, asumiendo que ya nada tendrá más sentido, que él mismo está muerto.

“…Era siempre yo quien moriría. Ahora o dentro de veinte años…Desde que uno debe morir, no importa cómo ni cuándo…”

La novela puede ser dividida rítmicamente en dos partes. La primera, nos transmite el tedio de un personaje rutinario, gris, apático, que se anoticia de la muerte de su madre, en el geriátrico donde estaba y acude, un poco aturdido por el clima, con un discurso extraño, como afuera de sí. Fuma, se duerme, come, pero no llora. Todos entonces lo miran con reproche. Él ni advierte el malestar que genera.

Vuelve y esa misma noche se acuesta con una joven, quien se enamora de él y le pide casamiento. Él le habla con la misma distancia:

Su jefe lo convoca para irse a trabajar a París, lo rechaza.

Estas situaciones, al momento del juicio, son las pruebas que lo condenan.

No es el disparo, los cuatro disparos sobre el árabe, quien en realidad había atacado a su vecino, con el cual estaba pasando un día en la playa.

Es la respuesta que da sobre el motivo por el que disparó:

“dije rápidamente que había sido a causa del sol…”

Un paisaje es humanizado, como si fuera una parte Meursault quien lo siente como extensión de su existencia. En el afuera, como en el ánimo de Meursault, suceden sincrónicamente, la detención del tiempo, el miedo, la relajación luego de la oleada del mar, el despertar del sopor y ser consciente de lo sucedido. Meursault dispara responsabilizando al sol:

“…El sol caía casi a plomo sobre la arena y el resplandor del mar era insoportable…”

Pareciera que Camus nos habla de un paisaje que está sometiendo al personaje.

Meursault carga al sol; éste comienza a pesarle desde hace dos horas, y no puede librarse de él. Entonces llegaría ese instante en que se desate la violencia nuevamente para ser ahora Meursault su protagonista; momento en que se enciende el vientre de Meursault como un polvorín y este sol es desatado por el absurdo, y recién entonces se ha de descargar la violencia:

Lo sensato habría sido haberse detenido bajo el sol, retroceder y evitar el enfrentamiento, pero Meursault da un paso más.

“…Tenía los ojos ciegos detrás de esta cortina de lágrimas y sal…”

El tribunal, el pueblo, mira con extrañeza y horror a ese monstruo que piensa, siente, razona y actúa de manera diferente. Ese otro peligroso que deberá ser castigado. Comido. Muerto. Y así el ejemplo cundirá en la sociedad para que nadie ose escaparse del libro invisible de los usos y costumbres.

Un pueblo que recibía dócilmente, pasivamente la guerra, la muerte, la tortura decidida por quienes tienen el poder de decidir.

Bombas y aviones sobrevuelan el territorio argelino, nadie se asombra ni reacciona. Está naturalizado en la cotidianeidad de ese pueblo, el que sin embargo se horroriza por la actitud extraña, diferente de ellos mismos.

Me pregunto, ¿Camus acaso no desarrolló a Mersault como personaje especular, que expresa la misma distancia, la misma indiferencia que el propio pueblo con relación a la guerra?

Para finalizar, el propio nudo de la novela está a pocas páginas del comienzo:

Allí la necesidad de parecerse es tan fuerte como la de distinguirse:

 “(HABLA CON EL PORTERO DEL ASILO)” …En el pequeño depósito me enteró de que había entrado al asilo como indigente. Como se sentía válido, se había ofrecido para el puesto de portero. Le hice notar que en resumidas cuentas era pensionista. Me dijo que no. Ya me había llamado la atención la manera que tenía de decir: “ellos”, “los otros” y, más raramente, “los viejos”, al hablar de los pensionistas, algunos de los cuales, no tenían más edad que él. Pero, naturalmente, no era la misma cosa. Él era portero y en cierta medida, tenía derechos sobre ellos…”

La misma sociedad que juzga a Meursault, se revuelve intentando con su muerte ocultar sus propias contradicciones, es injusta, mórbida, regida dogmáticamente por una fe religiosa acerca de un paraíso después de la muerte, por el intervencionismo y el expansionismo de las grandes potencias de Occidente, justificadas o ignoradas por el hombre común.

En la práctica, la justicia francesa en Argelia no hubiese condenado a muerte un europeo por disparar a un árabe, que previamente le había enseñado un cuchillo, y que poco antes había acuchillado a otro europeo.

Pero Mersault debía morir, porque es un extraño.


Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *