El espectáculo del monstruo

sobre El monstruo de Daniel Moyano

La palabra monstruo viene del latín: mostrare. Es decir que los monstruos son fenómenos dignos de ser mostrados. Según esta primer acepción de su significado etimológico, el sentido mismo de su ser, es su exhibición. Lo que lleva al monstruo a convertirse en objeto de contemplación colectivo, a la fascinación del espectáculo. No perdamos de vista que la constitución conceptual del monstruo ocurre a partir de la percepción de un colectivo social o una comunidad determinada.

Pero, ¿qué es lo que atrae tanto del monstruo?. Quizás sea eso que comparte con la belleza, una absoluto singularidad. Tanto lo extremadamente bello como lo monstruoso son únicos.

Desde otra perspectiva, se constituiría debido a la ruptura de toda regularidad por violación de las leyes de la naturaleza entendida ésta como una apropiación que cada cultura hace del sentido de “lo natural”. Un sentido que se concreta también a partir de una determinación social, de una comunidad que decide qué es lo natural o hasta dónde alcanza su significación.

En su cuento El monstruo, publicado en 1967 en el volumen homónimo, Daniel Moyano plantea una visión que comulga con estas ideas, pero el relato aborda el fenómeno de una manera eficazmente indirecta. El monstruo en cuestión solo nos llega a través de un narrador que a su vez ha recibido los comentarios de otros conocidos o de reportes en los diarios en los que se lo muestra en fotografías borrosas.

Hubiera querido ir él mismo el día que apareció,

hacía ya dos meses, en aquel viejo depósito de

maderas, pero fue imposible obtener el permiso

necesario…

El jefe de la oficina le hace un comentario que ilumina aquel fenómeno desde otra perspectiva: cada sociedad ha tenido sus monstruos:

Podrá ser todo lo raro que usted quiera, más raro

aún  que los monstruos vistos por mi padre, y por mí

abuelo, pero toda su rareza (…)no es más que la

apariencia de un viejo problema (…) Usted ve el

monstruo solamente y comete un error de percepción.

En el monstruo en tanto y cuanto fenómeno de espectáculo debiera incluirse la mirada de aquellos que lo observan, y se fascinan con él,  y con ella a toda la comunidad o a aquellos que han inculcado valores tales que constituyen en el lugar de monstruo a ese otro radical que no puede ser incluido ni aceptado en ningún colectivo posible. El monstruo rechaza de plano la idea inclusiva, así que configura a ese nosotros colectivo en clara oposición a él.  Esta construcción dialéctica del monstruo pone en juego una problemática social. La monstruosidad acaso no sea más que un parámetro que puede servirnos para determinar aquello que denominamos normalidad. El monstruo sería ese borde radical de la otredad que sirve para determinar las coordenadas sobre lo que habría que admitir dentro de lo normal, según la mentadas reglas de la naturaleza, que, de nuevo, se trata de una determinación cultural.

Lo monstruoso es determinado desde la noción violenta de lo normal (que deriva de la idea de norma). Esa violencia queda inscripta en la mirada que aquellos incluidos en la normalidad vierten sobre ese otro cuya diferencia llega a repeler. Ese que hace germinar un extrañamiento tal dentro de la comunidad que pone en duda cualquier vínculo posible con lo humano.

El cuento sigue en tal sentido una lectura en clave kafkiana. En La metamorfosis, Samsa convertido en un enorme insecto, debido a su alienación dentro del sistema. Su humanidad ha quedado sepultada bajo el cuerpo monstruoso del enorme insecto. Kafka narra desde la intimidad del monstruo. Narra desde esa otredad. Apropiándose de esa otredad desde la enunciación provoca un efecto inverso de extrañamiento.

En el cuento de Daniel Moyano se narra desde afuera. El resultado sin embargo confluye en ese eje particular que ambos cuentos hacen del extrañamiento que genera la visión de un otro ajeno.

Lo humano es siempre puesto en duda frente al monstruo. El monstruo no puede ser humano desde esta perspectiva puesto que lo humano se define en oposición al monstruo. Por eso el narrador desliza como inferencia la humanidad en la criatura.

Cuando intervino la policía, para evitar otras consecuencias,

el monstruo enmudecido giró su enorme masa y lloró silenciosamente

Es en el llanto donde el narrador atisba un principio de humanidad. Además es una respuesta acaso digna y contraria a la violencia que hubiera podido esperarse de él. ¿La policía está allí para evitar que se violente a la criatura, o para evitar todo contacto del monstruo con los humanos y así preservar su condición de monstruo?

Los movimientos y decisiones que lleva a cabo el narrador son infructuosos, no va a poder ver al monstruo directamente, no va a experimentar esa fascinación. De este modo, Moyano resignifica aquel extrañamiento operado en el cuento de Kafka. Se trata de un relato. El monstruo aquí no es más que un conjunto de percepciones representadas a través de diversos soportes narrativos con el fin de mantener esa distancia significativa con el narrador. La criatura desarrolla una verdadera oralidad que la define míticamente, puesto que la escritura hubiera significado acaso una forma de disolución de lo monstruoso La imposibilidad de una percepción directa la lleva al conformismo de todas estas mediaciones.

La distancia proviene del trato sostenido con diversas representaciones que no son sino ocasiones de diferimiento de un encuentro directo con la criatura que nunca ocurre. Esa distancia forma parte de la estrategia narrativa del mismo cuento para establecer so pretexto del fenómeno monstruoso todo un fresco sobre una forma de comportamiento social. Tenemos aquí una estrategia que funciona como clave sobre la verdadera monstruosidad a la que apunta el relato.

Incluso su reacción moral de rechazo cuando en uno de los relatos se da a entender una humillación del monstruo, a raíz de los malos tratos que dicen, sufre.

Yo me rebelé al día siguiente entre mis compañeros

en el banco, diciendo que poner en una plaza pública

al monstruo para mofa de los ignorantes era una

medida inhumana.

La acción inhumana se justifica dado que se trata de una criatura en la que no existe el menor atisbo de humanidad, según el juicio que la misma comunidad realiza sobre ella. Más adelante, se apropia de ese conjunto de relatos sobre el monstruo con lo que se ha identificado, para construir un relato propio que pretende dar a leerse como una experiencia directa con la criatura.

El viejo y la vieja murmuraban en la pieza contigua

levantados aún. Necesitaba contarles la historia del

monstruo. Empecé lentamente, tratando de no turbar

a aquella gente con una historia increíble. Pero poco a

poco fui subiendo el tono y llegué a límites que nadie

toleraba. Aquella gente me miraba con los ojos muy

abiertos y la boca inmóvil.

El entusiasmo del narrador no mide las consecuencias, pues en su fervor transfiere a la pareja de ancianos la posibilidad de recuperar a través del relato el efecto de una experiencia directa no vivida. Sin embargo resulta tan potente el efecto de lo espectacular que la reacción de la pareja (con los ojos abiertos y la boca inmóvil) parece el efecto de haber visto ellos mismos al monstruo.

Incluso luego, llega a confesarlo:

Los viejos quedaron perplejos, como si lo hubieran visto

ellos mismos.

Entonces, el cuento de algún modo constituye también un enaltecimiento del arte narrativo, de sus cualidades mágicas, como diría Borges. De esa forma especial de convocar una presencia que no está, de hacer aparecer ante los ojos algo ausente. Aunque todavía no sabemos qué es eso ausente que el relato convoca.

Luego, volviendo a ciertas características del monstruo, destaca el rostro, libre de pelos, y juzga este detalle como si fuera lo único humano, aparte de la voz.

Lo monstruoso solo puede completarse cuando intuimos algún atisbo de humanidad en ese otro. Esa vacilación entre lo humano y lo inhumano, es justamente lo que atrae, porque si el monstruo perteneciera absolutamente al reino animal y su existencia no tuviera ningún posible contacto con lo humano, sería más sencilla la solución. La sospecha, el vaivén, la distancia son aspectos muy trabajados en este cuento, que siguen los parámetros de lo fantástico como zona de duda, tal cual lo planteaba Todorov.

Imposibilitado ya de ver directamente al monstruo, el narrador se entusiasma con el estreno inminente de una película que nunca llega

La anunciada película, no llegaba nunca. La gente hablaba

de otras cosas.

El monstruo es mediatizado permanentemente, y lejos de las esperanzas del narrador, en vez de humanizarse, se animaliza. Los medios han terminado de cosificar al monstruo para luego olvidarlo. Acaso el verdadero monstruo sean los medios, eso que parece familiar debería ser extrañado repelido y rechazado y el monstruo humanizado y comprendido. Los medios trabajan como los regímenes fascistas con los estereotipos y con la lógica del consumo, por eso se valen del monstruo.

La indiferencia de la gente me torturaba. Para todos era un

asunto concluido y entregaban a sus problemas habituales.

No había pasado nada. Los hechos, al producirse, morían en

el acto.

El monstruo forma parte del espectáculo continuado que montan los medios. Y para que el espectáculo continúe es necesario caducar rápidamente un evento o un hecho para que sea reemplazado por otro. Así, bajo esta dinámica, se van cimentando las políticas de olvido que caracterizan a los medios.

El monstruo no solo se ha convertido en una narración, es decir en una derivación de representaciones que distancian siempre la experiencia directa e incluso la anulan, sino también en un enunciado utilizado por los medios para captar la atención del público y luego desecharlo. Es decir, todas las experiencias aparecen organizadas y reguladas por el mismo sistema de medios que controlan la atención y distraen permanentemente. El interés entonces no es personal sino que es digitado desde ese poder.

Yo también había perdido gran parte de mi interés.

Pensé que no había un hecho capaz de asombrarnos

y me culpé a mi mismo de haberme exaltado

La pérdida de la capacidad de asombro deriva en el aburrimiento, el tedio, la noia. El asombro que es justamente un bastión del arte, se convierte en los medios masivos en moneda de cambio bajo la cual todo se pierde. El sujeto se deja ganar por cierta inercia y termina autoculpándose por esta misma actitud. Lo genuino del asombro termina derivando en una mirada económica regida por la lógica del consumo, según la cual el espectáculo debe seguir, y para que sea posible hay que relegar rápidamente los relatos al olvido e poner el foco en nuevos relatos de manera tal que se controla el fenómeno perceptivo para los fines del consumo.

Al haber perdido su condición espectacular, el monstruo se ha perdido, ya no es, o mejor dicho, su ser, capturado mediáticamente se ha diseminado en diversas formas espectaculares que han terminado estallando como pompas de jabón ante los ojos del público. Pero no es él el que ha perdido esa condición, es la lógica mediática y los espectadores cautivos de ella los que lo han relegado. La novedad deviene olvido, y en la vorágine de la información y los sucesos nada permanece. Lo que se pierde, en realidad, es la conciencia crítica de las audiencias.

Lo monstruoso hay que buscarlo no en el monstruo, que es la víctima propiciatoria, sino en la perversa relación entre los medios y la comunidad. Esa relación que ha alcanzado el estatuto de una religión y que por la cual hemos perdido nuestras propias experiencias y nuestra verdadera percepción.