El enigma de la ballena húngara

Haz de las ruinas un todo…

“Melancolia de la Resistencia”, L. Krasznoharkai

1

Leo. Entresueños, una voz me distrae. Oigo:

que el mar desprecia los territorios que se niegan al vaivén de sus olas. Tanto, que ni siquiera les permite avizorar, a los humanos de esa tierras medias y parcas, la frescura salina de su aliento.

Desaparece la voz. Vuelvo al texto. Me pregunto:

¿qué demonios hace una ballena inerme, recluida en la oscuridad de un carromato circense que surca la noche helada de una aldea húngara? ¿Acaso es la pesadilla del mar? ¿O el sueño de un dios que suele usar las ballenas como prólogo de algún caos inminente?

Salgo del texto y pienso que tal vez así sea: profetas mudos que exhiben un mensaje que ni conocen ni les pertenece. A los monstruos

o a las ballenas. Como aquella escurridiza en medio del Atlántico y en combate con un empecinado cazador de odios o aquella otra forjada en carne de tinta sacra zampándose un esbirro de aquel que si alguna hubo sido, hoy se confirma irremediablemente fuera de juego. Ballenas de ficción, que aunque ancladas a contextos y metáforas desiguales, se reúnen en la recurrencia de una semántica repetida. Y las semánticas repetidas, como las mentiras o como cualquier cosa quizá, consolidan a veces juicios apresurados.

Ballena como encarnación de lo monstruoso.

Lo obvio y lo no tanto. Al extremo de suponer lo opuesto de su obviedad.

Una metáfora inversa.

Una reivindicación de las ballenas.

O de los monstruos.

Le entraron ganas que dejaran todos la ballena y miraran al cielo…[1]

Recuerdo:

Los dientes son la herencia de Satán en nuestro cuerpo,

sostenía mi tía Filomena, entre tantas otras curiosas afirmaciones que acumuló durante su dilatada existencia -por esta en particular, desistió de reponer unos cuantos que hubo de perder en un accidente hogareño. Y aun más: el resto, como asidos a una orden silenciosa, cayeron uno a uno, poco después. La beatitud de las encías, dijo, creo, orgullosa de su carne rosadas y libre de rastros demoníacos.

Pero el asunto ahora no son los dientes de mi  tía aunque si sus curiosas y diversas hipótesis sobre las cosas del mundo que, de tanto en tanto, suponen un extraño retorno -quien sabe  si por capricho de mi memoria o de ella misma soplándome letra al oído desde algún ubicuo mas allá. Por caso dos, que convoco y no por azar. La una refiere a Hungría como el centro energético del mundo: la extraña prueba que justificaba esta verdad, se encontraba, para mi tía, en unos misteriosos microoganismos que desde el territorio magiar se hacía traer para preparar su singular pócima revitalizante. La otra, retaceada por un dialecto gallego estricto que no alcanzo a descifrar, menciona a los monstruos como emisarios del Señor…


2

Etimológicamente, un monstruo es un concepto de dos caras: es el monstrare puesto ante nuestros ojos en el estricto sentido de una revelación; es el monere, que advierte y lleva inscrita una profecía que deberá ser traducida por los ojos del elegido ante quien se exhibe.

Aquel que revela, aquel que advierte: “un glifo a la búsqueda de un hierofante”[2]

De lo anterior: sean ballenas, íncubos, zombies o cuerpos transgénero, lo que los convierte en monstruos, no es su condición anómala sino su amenaza. Y una amenaza aunque venga del pasado y se la viva en presente, deviene siempre en futuro.

Inmediato.

Veía, con una nitidez mayor a cada instante, que el misterio no era otra cosa que la ballena…[3]

Acaso Freud le deba su inmortalidad a los monstruos. Su ser hierofante, su apetencia por los glifos, por los monstruos cotidianos.  El monstruo como proyección de esa parte del yo que ha sido reprimida y censurada

tiene su coherencia. Si se acepta a la genial diatriba freudiana como un magnifico aparato de ordenamiento de la circunstancia humana. Sin embargo, es justo decir que el mismo Freud, en textos tardÍos y abatido su optimismo positivista por la negrura que se avizoraba en el cielo de la Europa entreguerras, hizo explícita esa manera de la monstruoso que hace trizas la precaria ilusión de la salvación individual.

Porque, debe decirse: pensar un monstruo como un emisario individual, es un reduccionismo que más temprano que tarde obliga a ver su verdadera raíz. El monstruo como caos de la cultura

que supone algunos preconceptos: la cultura, como la suma de manifestaciones y contextos de lo humano, no solo no elude sino que propicia el orden como factor esencial de su configuración; lo segundo, que todo aquello que genera la aparición de lo monstruoso en un punto cualquiera de la biografía cultural, supone un riesgo inequívoco para ese orden. Y debe ser eliminado más temprano que tarde. Sin embargo, esa aparición propone alternativas mucho menos patéticas que aquella que propone el miedo.

La advertencia…

…Era de extrañar que muy en el fondo creyeran que no era del todo inútil esperar algo extraordinario en la proximidad de aquel ser excepcional?

De acuerdo, pero… ¿y las ballenas? ¿Y mi tía sus teorías?

Acá es donde ingresan lo húngaros.

Y con ellos, la ballena inerme.


3

Si Hungría es el centro energético del mundo, lo es en cuanto centro bipolar: hay una línea indisoluble entre ella y la vecina tierra austriaca, que hace imposible separar a una de otra. Acaso los fantasmas del viejo imperio, un rancio hedor de sombras enredadas con el presente o cierto resentimiento que busca permanecer oculto y por ello se torna más ominoso, sean puntos de esa línea.

Lo son, en el sesgo literario, al menos: registros dispares que al oponerse, como las voces de un dueto operístico, componen la esencia de un fantasma compartido. Acercarse a la letra de Thomas Bernhard y Lazslo Krasznahorkai acaso ayude a comprender aquellas afirmaciones. Porque lo que en Bernhard es un repliegue de letra que se vuelve contra si misma y hace detonar con crueldad inusitada la violencia que se ocultan bajo la alfombra de la cotidianeidad austriaca, en Krasznahorkai, es al decir de George Szirtes, su traductor al inglés, un lento fluir de lava narrativa, que acude a esa misma violencia en una postergación casi infinita y que acaba mutando-la en una melancólica ausencia de sentido.

Muertos que se resisten a serlo y se atrincheran bajo la alfombra, bien podría ser la letra tatuada en el cuerpo de una ballena de circo. Porque, entre otras cosas, eso es el cuerpo de un monstruo: “(algo que) nada más existe para ser leído”[4]

…ninguna de las novedades significaba nada por si sola… solo eran señales de una inminente catástrofe.[5]

De violencia de muertos vivos de melancolía… De eso va uno de los libros, que componen la diatriba del hierofante Laszlo Krasznahorkai…

Melancolía de la resistencia, es el título. Tres actos, cuatro voces centrales y una ballena muda, su configuración .

Orden. Caos. Orden.

Acaso el epígrafe oculto, entre el pliegue último, de su origami argumental.

La escritura de Krasznahorkai es monstruosa. Interpela y advierte: el lector que has sido, devino instrumento inútil, ante mí: es tiempo de olvidarlo todo y comenzar de nuevo: primero el oído luego la voz luego la lectura luego la voz. “La frase corta puede ser cómoda pero es antinatural. Basta con escucharnos hablar”…[6]

Los argumentos importan poco. La sintáctica. La expresión: frases, que como el sendero díscolo de una jungla cerrada, se sabe cuando empiezan pero no cuando ni donde terminan. Solo se sabe, que detenerse, es tal vez, la muerte como lector.

Si hay una posibilidad en la jungla, es a mano del movimiento.

La voz antes de la hoja vacía y la voz luego. En medio del blanco, el negro de las letras en una travesía sin pausa hacia un fracaso algo mejor, cada vez. La voz del desierto,

que es la voz de un nihilista. La Hungría de Krasznahorkai es un desierto, tierra arrasada visceral donde los monstruos lo han limado todo hasta casi hacerlo desaparecer.

Casi.

Permance el filo del desbaste constante. Permanece el empecinamiento por entender. Permanece la melancolía.

Esa dura decadencia, no representaba para ella un final decepcionante… sino la materia prima de un orden nuevo.[7]

El pesimismo. O aquel mismo nihilismo atacado por aquella melancolía. Acaso la mutación necesaria, el devenir más digno tras el encuentro con el monstruo, el diestro y el siniestro. Y el presente, ante todo.

Obnubilado en sus espejismos de bienestar.

La escritura como lava. O como un vuelo en círculos, que busca eludir las trampas de un laberinto de certezas tecnológicas. Y sueña con territorios nuevos, para la letra

y para sus lectores. O al menos para aquellos que en vez sacarse selfies con el monstruo, respiran profundo y les toman la palma de la mano.

Y leen.

Cuatro voces: suficientes para el big bang. Cada monstruo cada caos trae consigo un big bang. Algunos lo llaman revolución, al big bang.

Otros barbarie.

La cobardía y la fascista inercia de las mayorías que repelen las monstruosas complicaciones de una lectura singular, suelen adherir en silencio a la segunda opción.

(Barbarie, sí. En alguna época, a los monstruos estaba de moda llamarlos bárbaros.)

Segunda opción que, reflejada en un espejo negro, se convierte en una reciclada tercera vía.

(En esta época, refugiados.)

Para el caso, da igual, esta o aquella.

Mencionaban un caos que proliferaba sin freno… la inminente catástrofe…[8]

El monstruo es una entidad que está más allá de la biología: signo por sobre todo, su devenir trasunta en la cultura. Por eso, sin la mirada del otro, es nada. Tan nada como esa misma mirada, si elude el texto que expone, ese cuerpo, monstruoso.

Los elementos que configuran Melancolía de la resistencia son esos cuatro personajes. El quinto acaso sea la aldea el clima las horas del día. Escenografía. Contexto.

Un monstruo sin contexto es un fósil.

Krasznahorkai frente al monstruo, opta por la respuesta exacta de un artista: no interpretar. Nada más transcribir la advertencia… Lo contrario es convertir al monstruo en una pieza de subasta.

Fósil, sin contexto… Tanto, como un monstruo que deje de ser signo para convertirse en ícono.

Pieza de subasta.

Ese monstruo textual que propone Krasznahorkai, comparte el tono con otras profetas como Faulkner o Virginia Wolf o aún Lawrence Sterne: él y ellos agencian con los poetas del tiempo que se quiera: su texto es la transcripción del sonido que cada piel singulariza en una especifica garganta. La expresión más estricta.

La de la voz cotidiana.

…ya no se podrá gobernar a la antigua nuestra ciudad, en varios aspectos marcada por una maldición: la maldición de la debilidad…[9]


4

Los monstruos como emisarios, pues. Hacia el hombre o desde el  hombre? Traen mensajes trascendentes para paliar alguna ignorancia puntual o son la puesta en escena de un rechazo crucial y definitivo?

Cada quién creerá en lo que guste.

Sea el correo de alguna divinidad ad hoc o la cobardía que empuja a la negación más radical, el monstruo no dejará de regresar.

Puntual e inesperado.

Como un perro haría con su amo.


BIBLIOGRAFIA

Laszlo KRASZNAHORKAI   Melancolía de la Resistencia. Ed. Acantilado

Jeffrey Jerome COHEN     Monster Culture (Seven Theses). University of Minnesota Press, 1996.


[1] Melancolia de la resistencia. Ed. Acantilado, pg.

[2] Monster Culture (Seven Theses). Jeffrey Jerome Cohen. University of Minnesota Press, 1996.

[3] Idem ref.1.

[4] Idem ref. 2

[5] Idem ref. 1

[6] Laszlo Krasznahorkai resiste, nota de Pedro B.  Rey. En http://revistasantiago.cl/literatura/laszlo-krasznahorkai-resiste/

[7]

[8] Idem ref. 1

[9] Idem ref. 1