El diálogo imposible

Acerca de “más liviano que el aire” de Federico Jeanmaire

Esta novela de Federico Jeanmaire, fue publicada en el año 2009 y obtuvo el premio Clarín. Jeanmaire es un escritor prolífico, ha publicado ya más de 20 libros, entre los que se destacan Miguel (1990), Montevideo (1997), Mitre (1998), Papá (2001), Una lectura del Quijote (2004), La patria (2006), Más liviano que el aire (2009), y su último libro hasta la fecha Amores enanos (2016).

Una característica de su obra es la irrupción de lo siniestro en un contexto realista, cotidiano. En la poética de Jeanmaire, no es necesaria la aparición de lo sobrenatural para producir miedo, angustia, asfixia, desesperación. Es sólo la detención sobre el horror que se puede alojar en lo cotidiano, en la violencia exasperante de las privaciones, en la lenta agonía que produce la incomunicación, en la insistencia en un determinismo biológico y económico para explicar la vida de los excluidos, obturando la posibilidad de una ciudadanía plena y convirtiendo la dinámica plural de la vida en una profecía autocumplida, en la cual emergen unos pocos ganadores y un ejército de perdedores: “Me parece que tienen razón los que dicen que no hay manera de que ustedes puedan rehacer sus vidas y aprender a convivir con los demás. Que están perdidos. Que son insalvables. Que lo que les faltó en la cuna, ya nunca podrán adquirirlo.” A veces aparece a partir de la repetición de lo semejante que produce una inercia de movimiento angustiante, a veces a partir del menosprecio del otro en el proceso comunicativo, convirtiendo un supuesto discurso dialógico en uno monológico, cerrando la posibilidad de existencia verdadera a los sujetos, ya que no hay vida fuera de los signos y los sujetos alcanzan la ciudadanía lingüística y cultural a través de los enunciados. Como diría Bajtin: “El discurso puede existir en la realidad tan sólo en forma de enunciados concretos pertenecientes a los hablantes o sujetos del discurso”. Esta posibilidad está vedada en la novela Más liviano que el aire, ya que de los dos personajes que la constituyen, sólo uno tiene la posibilidad de la palabra, la anciana. Mejor dicho, Santiago tiene la posibilidad, pero su voz es mediatizada e interpretada por Faila, la anciana. La voz del muchacho nunca aparece sino a través de la repercusión, los ecos y la manipulación de la anciana. Entonces es una posibilidad siempre frustrada. En cierto sentido, la palabra empleada por Failaes eco de diferentes orientaciones. Una de las más importantes es la parodia, ya que como dice Bajtin: “En la parodia, el autor habla mediante la palabra ajena, e introduce en ella una orientación de sentido absolutamente opuesto a la orientación ajena. La segunda voz, al anidar en la palabra ajena, entra en hostilidades con su dueño primitivo y lo obliga a servir a propósitos totalmente opuestos. La palabra llega a ser arena de lucha entre dos voces. En la parodia, las voces no sólo aparecen aisladas, divididas por la distancia, sino que también se contraponen con hostilidad”. Esta frase expresa con claridad un aspecto central de la novela. Faila desacredita la palabra de Santiago, se sirve de ella para ridiculizarla y quitarle toda identidad válida. La palabra de Santiago está escindida de su autor, por eso la palabra ajena se convierte trágicamente en palabra anónima, por lo tanto es muy fácil su apropiación y manipulación, en definitiva su deshumanización.

La historia se podría resumir así: un adolescente de 14 años, Santiago, intenta robarle a una anciana que está a punto de ingresar a su vivienda. La intercepta en la puerta y desde atrás le apunta con una navaja simulada (en verdad era un dedo que cumplía la misma función). “Que me haya asaltado empuñando la uña de uno de sus dedos no es lo mismo que si lo hubiese hecho con un cuchillo, o al menos, una navaja pequeña. No sé si me entiende”. Esto lo comenta Faila con cierto enojo, como si el robo expresara más desesperación y amateurismo que una violencia y un peligro cierto. Cuando ingresan al departamento, Faila, la anciana, lo convence para que entre en el baño ya que supuestamente allí tendría escondido el dinero. Cuando el joven ingresa, ella lo encierra. De pronto, todo cambia, y como muchas veces ocurre, el cambio es para peor. La anciana pasa de ser víctima indefensa a verdugo implacable. Lentamente, va asomando lo siniestro. Faila invisibiliza el escenario de dominación que ha construido, y lo hace pasar por un encuentro humano voluntario. Pronto, ese engaño mostrará su verdadero rostro y la violencia se hará explícita también en el ámbito discursivo, cuando pasa de expresiones “cariñosas” y “hospitalarias” a otras como: tarado, bandido, irrespetuoso, delincuente, negrito de mierda, escoria, basura, porquería de ser humano, sanguijuela, parásito, lacra humana, enfermo moral, flojo, cobarde, resentido, diablo, animal, entre otras.

Acá va aflorando la noción de otredad como negación de toda identidad, como clausura en la posibilidad de pensar una definición de sujeto como producto de la multiplicidad de voces, el otro es visto como pura negatividad. Ante lo cual sólo quedan dos alternativas: la exigencia de renuncia a su cultura, a su mundo, a su sensibilidad, para que una vez despojado de su “falla”, de su “deformidad moral” pueda ser reeducarlo a través de la “fuerza civilizatoria” que pretende poner orden una vida de barbarie. La segunda ya no es una violencia simbólica, sino física, y está vinculada con la eliminación, con la desaparición de aquello que no puede ser “rescatado”, como si un destino ineluctable se arrojara sobre ese otro. Las dos violencias tienen lugar en la novela. Faila, una maestra jubilada fervorosa defensora de las concepciones binarias y maniqueas, que aluden al sintagma sarmientino de civilización y barbarie. El mundo para ella se divide en rubios y morochos, ricos y pobres, gauchos y civilizados, los que toman té y los que toman mate. Explica el “atraso” y la “decadencia” del país en la supuesta hegemonía de la cultura plebeya que permeó todos los ámbitos de la sociedad. La cultura plebeya se asocia para ella con los gauchos en el pasado y con los peronistas en el presente y su supuesto poco apego a las leyes, su “vagancia”, su carácter “antisocial”. Podríamos argumentar en cambio, que la aparición de la cultura plebeya fue lo que le dio a la Argentina una fisonomía particular con una movilidad social ascendente y una extendida clase media hasta mediados de los años 70, y que la dictadura puso fin a esa experiencia. Faila, Utiliza la metáfora de la infección, como la utilizó en el pasado el escritor Eugenio Cambaceres, en la novela En la sangre . En el caso de Cambaceres, para argumentar que había un desequilibrio biológico en los inmigrantes que se podía verificar en su composición orgánica y que daba como resultado conductas que atentaban contra el “orden social”: su supuesta vagancia, su falta de educación, el poco apego a las convenciones y la ausencia de respeto a la autoridad. Faila emplea un argumento igualmente irrisorio, “Se trata de algo mucho más profundo: una forma de ser contagiosa que se transmite de generación en generación. Supongo yo que a través del mate, entre sorbo y sorbo, se pasa esa enfermedad. Por eso odio tanto el mate. Y la yerba. Me parece que son los culpables de todos nuestros males patrios. De todos.”

En el primer párrafo se sintetiza esta oscilación, este juego discursivo entre el imperativo y el condicional: “Siéntese sobre la tapa del inodoro. Si quiere. No vaya a creer que lo estoy obligando. Se me ocurre nomás, que puede estar más cómodo sentado sobre la tapa del inodoro. Yo también me traje una silla y la puse cerca de la puerta”. Esta orden presentada como una posible elección oculta la violencia de la imposición, ya que oculta la situación de dominación y por lo tanto la imposibilidad de actuar libremente. Como si la acción condicionada fuera libre y fuese la mejor que podría tomar.

Hay una promesa realizada por Faila que es la siguiente: una vez que ella le cuente la historia de su madre, el muchacho será liberado. A medida que pasa el tiempo esa promesa se va adelgazando con anticipaciones inquietantes: “Usted es joven y aunque sea mentira, estoy segura de que todavía cree que tiene toda la vida por delante”, “Y no se ilusione: si grita o si golpea la puerta, por más fuerte que lo haga, nadie más que yo lo va a oír. Se lo aseguro: este es el último piso del edificio y abajo no vive nadie desde hace un montón de años”. En la primera frase con una crueldad irónica le cierra la posibilidad al futuro de la vida del joven, como si ese maltrato y exclusión social se materializaran a través de Faila y en la segunda frase vuelve a aparecer lo siniestro. Faila demuestra que cualquier resistencia o rebeldía es inútil, nadie va a acudir en su ayuda, nadie lo va a poder rescatar.

El relato que va a contarle Faila transcurre en las primeras décadas del siglo XX y tiene como protagonista a su madre Delia, cuyo sueño era subirse a un avión y pilotear un aeroplano. Conoce a un hombre adinerado y piloto aficionado que acaba de importar un aeroplano a Buenos Aires (la historia transcurre en 1916) y ella le pide que le dé unas clases de navegación aérea para cumplir su sueño. Luego estando en la intimidad, el hombre le pide “gentilmente” que le entregue su cuerpo, ya que tal vez podía ser la última vez que se vieran, debido a que el vuelo comportaba un riesgo de vida cierto. En ese punto, Faila se compara con su madre Delia, en el sentido que a ninguna de las dos les importaba la muerte. Faila, engaña al muchacho porque no tenía nada que perder, si le salía mal su engaño, morir podía representar casi un alivio a su vida de soledad y tedio. Si tenía éxito, podría sentirse poderosa y disponer de la vida del joven, como efectivamente hizo. Delia tenía dos posibilidades: cumplir su sueño de volar o aceptar su lugar de mujer sumisa y convencional. Para cumplir su sueño, Delia hiere y luego deja morir al hombre (cuando se distrae, ella le dispara, lo deja malherido y ante el dilema de si salvarlo o cumplir el sueño de volar, no lo duda) y cuando logra volar, a los pocos segundos el aeroplano se estrella y pierde la vida. Ambos cometieron el mismo error, dar la espalda. “A usted tampoco le fue muy bien cuando entró en ese bañito y me dio la espalda, muy orondo, esta mañana. Un error gravísimo. Muy parecido al error de aquel otro hombre, hace casi un siglo.” Dar la espalda se asocia con no imaginar una reacción agresiva de la otra persona, tiene que ver con bajar la guardia. En los dos casos, la consecuencia es fatal.

Al comienzo, Santiago intentaba robarle su dinero, ahora Delia le va a robar su tiempo. Ahora tiene alguien que la escucha, a pesar de estar allí contra su voluntad. Por eso, se demora intencionalmente, de forma tal que su relato dura tres días. La demora no se explica sólo por las interrupciones del joven, por sus reacciones airadas ante el autoritarismo y el cinismo de Faila, sino también porque a medida que transcurren las horas, la promesa que ha hecho tiene menos consistencia. La anciana se siente seducida por esta situación de dominio, en la cual ella impone las condiciones. El privilegio social de su clase no la salvó de una vida infeliz, arrasada por la soledad y el desamor. Sufrió en el amor, primero una violación por parte de un amigo de su familia, y luego el engaño de un supuesto enamorado que le robó su dinero. Por eso, con el encierro de su prisionero, siente que se puede cobrar viejas deudas y ejercer el doble poder del encierro y de la palabra. Cuando algo no la satisface, aparecen las amenazas: que nunca va a salir y que no va a recibir más comida. Dosifica la comida para recompensar o castigar cada una de las reacciones de su presa. Busca un ser sumiso y agradecido por la supuesta “bondad” que ella desplegó hacia Santiago: “Así me gusta, que agradezca. Es lindo ser agradecido. Yo podría no haberle dado nada, ni siquiera un bizcocho. O haberle denunciado a la policía, sin ir más lejos. Podría haber hecho muchas cosas. Y sin embargo, ya ve, estoy acá, cuidándolo como si fuera mi propio nieto, educándolo para la vida, de alguna manera.” Esta frase encierra una multiplicidad de sentidos. Por un lado en una dialéctica de amo y esclavo, sugiere que el esclavo tiene que estar agradecido al amo por el trato que le da. Trata de convencer a su cautivo que el encierro es en verdad una elección: “Me parece, que, a pesar de lo que se queja, en verdad no quiere irse nunca más de mi departamento”.

Por otro plantea una pregunta que recorre toda la novela: en vez de llamar a la policía, lo encierra y lo tiene cautivo al muchacho, reemplazando el accionar de la justicia por su propia decisión. Esto le permite contar con un interlocutor hasta que finalice su relato. Cuando concluye la historia de su madre, ya la vida de ese otro no tiene ningún valor. También le permite poner en práctica su pedagogía autoritaria, que parte de considerar al otro como una tábula rasa, ya que desprecia sus saberes previos, y los considera una rémora que hay que dejar atrás. Pero en un momento se da cuenta que su ímpetu “civilizador” fracasa, entonces ya su interlocutor se convierte en una presencia desagradable y prescindible. Trata de convencer al joven que no dejarlo salir es un bien para él: “Si lo dejo salir, y tengo la suerte de que no me mate ¿Qué haría? Seguro que se va por ahí a robarle a otras viejas y ni se acuerda de venir a visitarme cada tanto. Yo sé. La gente se olvida muy rápido de todo”. Más tarde, el joven le cuenta que está enamorado de su hermana, y Faila lo acusa de inmoral y enfermo. Allí empieza una cruzada para intentar obturar esa relación.

En el final se explicita este discurso monológico del que hablábamos al comienzo. En un momento Faila dice: ¿Usted me quiere? No, claro. Siempre me olvido de que no puede escucharme. En el fondo estoy hablando sola, como una loca.”. Luego Faila se tropieza, y se rompe la cadera. La perilla del gas estaba abierta. El muchacho empieza a insultarla, cada vez en forma más estentórea. Logra cerrar la llave del gas. Pero los insultos continúan, con gran dolor, la anciana se arrastra y abre nuevamente la perilla del gas: “Ahora ya no me importa lo que diga. Nos vamos a morir los dos juntos, nomás.”

La novela cierra con la sentencia del comienzo, lamentablemente muy vigente en la actualidad. Las justificaciones neurocognitivas para explicar los problemas de aprendizaje y no tomar en cuenta las desigualdades sociales, la inutilidad de destinar recursos a los más desprotegidos , por una lectura sesgada de las estadísticas, la vuelta a teorías biológicas para justificar la marginación social. Todo esto está en las palabras finales de la anciana, faila: “No hay manera de que la gente como usted reencauce su vida. No hay manera. Son un desastre y lo serán por siempre. Son gauchos, en definitiva. Está en sus genes. Esa es la verdad. Mire todas las cosas que hice por usted. Y nada, no conseguí absolutamente nada”.


BIBLIOGRAFÍA

  • Jeanmaire, Federico (2018), Más liviano que el aire, Edhasa, Buenos Aires.
  • Bajtín, Mijail (1985) Estética de la creación verbal, Siglo XXI, México.

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