Desde la ventanilla del tren

sobre Georgette y el General, de Sara Gallardo

tren1Empecé a leer “El país del humo[1]”, de Sara Gallardo, casi por imposición. Un amigo me prestó el libro e insistió en que no debía perderme la obra de esta autora. Empecé la lectura algo escéptico, sin maravillarme todavía. Me encontré con relatos en los que las situaciones y los personajes eran identificables con lo cotidiano, pero que, a la vez, salían de lo común. Un hombre de llanura preocupado por no morir en la montaña, un señor que cree leer el destino de los hombres escrito en las nubes, un jubilado de Lanús que de pronto encuentra su casa rodeada por el mar, son algunas de las temáticas de sus cuentos. Y eso fue lo que más me atrajo de Sara Gallardo, su capacidad para moverse desde lo conocido a lo extraño, escapando de toda predicción, para luego volver a poner los pies en la tierra, como si nada hubiera sucedido.

De entre esos relatos me detuve especialmente en “Georgette y el General”[2], un cuento pequeño, sencillo y emotivo. Desde la primera línea se nos informa que “Esta historia cuenta cómo un buen pensamiento transformó un edén en un desierto”, es decir, algo positivo del mundo de las ideas que genera algo negativo en el mundo físico.

El desierto puede ser visto por cualquiera que se asome a la ventanilla del tren unas estaciones después de Chajaes”. El narrador se nos presenta como alguien que puede viajar a nuestro lado en el tren, alguien que ha tenido contacto directo con lo que ocurre en  la historia y nos cuenta “vi el edén en mi infancia”. Narra desde lo que ha conocido. Sin embargo, a medida que aborda el relato, manifiesta, cada vez más, estar al tanto de detalles que trascienden lo “observable”, como que el médico y el muchacho de la farmacia se retiraban “soñadores”.

Desde el vamos la relación entre Georgette y el General es asimétrica: “De un viaje había que traer jabones, ropa, libros, cocineros, zapatos, perfumes, pianos, quesos, sombreros, sábanas, institutrices, guantes, vinos, y quien pudiera, una muchacha”. O sea que la llegada de la francesa responde a una especie de “adquisición” (cual si fuera un objeto) que ha hecho el general, que de esta manera demuestra su capacidad económica para mantener no solo a ella sino también la casita, con cocinera y capataz incluidos. Esta capacidad para realizar un gasto “inútil” (al mejor estilo planteado por la “Teoría de la clase ociosa”[3]) viene a dar certificación del poder que detenta el general.

Los personajes alcanzan su esplendor: ella en lo suyo, que es la belleza (la propia y la del espacio que la rodea). Él, el general, en lograr la presidencia de la Nación. Él la visita en su casita vecina a la gran estancia.

Belleza y Poder. En pocos párrafos seremos testigos de la decadencia de ambos. Ella, dedicada al orden y la limpieza, ha engordado y ya no es tan bella. El segundo mandato del general como presidente no está a la altura del primero. Antes de eso ha ocurrido una caída mayor, la de la relación de ambos, que se ha vuelto inexistente. Ya no llega el General con los regalos a la casa de Georgette. Ya no mira ella con admiración a su héroe.

Cuando Georgette muere el relato continúa con las vicisitudes de su alma, y el narrador, pese a haberse presentado como uno más de nosotros, es ahora omnisciente y puede “ver” lo que nosotros no. Nos cuenta lo que el fantasma de la francesa ahora vé, por ejemplo, el amor de Obarrio, el capataz. Liberada de la decadencia del cuerpo, ella continúa con la tarea inútil de mantener bella la casa, el Edén físico y metafísico del que nos ha hablado el narrador.

Aquí está la trampa. Sabe que “los méritos de la misa” son infinitos y que lo han alcanzado, como narrador de la historia. Y que también alcanzarán al lector (que no lo sabe). Lo más importante, alcanzan a Georgette, pero el narrador a pesar de este conocimiento, se lamenta por la pérdida de la belleza sin importarle el alma que se ha liberado.

Perdido el paraíso, el narrador vuelve a su lugar junto a los mortales. Vuelve a hacer referencia al paisaje que puede verse unas estaciones después de Chajaes.

A esta altura, diría que he sentido “El país del humo” justamente como un viaje en tren, con Sara Gallardo sentada a mi lado contándome todo lo que veo por la ventanilla y, más importante aún, todo lo que no veo.


 

[1] Sara Gallardo. (1977). El país del humo. Buenos Aires: Sudamericana.

[2]“Georgette y el general” de Sara Gallardo, puede escucharse en http://www.mimp3s.com/player.php?u=aHR0cDovL3d3dy5nb2Vhci5jb20vYWN0aW9uL3NvdW5kL2dldC9hODllNWE2Py5tcDMqZ2VvcmdldHRlIHkgZWwgZ2VuZXJhbCBkZSBTYXJhIEdhbGxhcmRvIC0gcG9yIG1hZ2RhbGVuYSBydWl6IGd1acOxYXrDuigyMDAxKSox

[3] Thorstein Veblen. (1987). Teoría de la clase ociosa. Madrid: Hyspamérica.

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