Contacto Borgiano, 1972

Cuando terminé séptimo grado, en diciembre de 1972, hubo un acto escolar en que regalaron libros de diversos autores a los egresados. Tal vez de una manera irónica, algo impía cuando no malintencionada, mi maestra –que como de costumbre no me tenía gran aprecio- me entregó sonriente la novísima primera edición de El Oro de los Tigres, de Jorge Luis Borges, que al parecer había llegado mezclada por error entre los otros libros. ‘¡Mire que darle un libro así a este chico!’, comentó mi madre meneando la cabeza, de hecho como si ‘este chico’ no fuera su hijo. Lo cierto es que –por si todavía no queda claro- yo era esa clase de chico y de alumno que dejaba bastante que desear, tanto en aplicación como en conducta, y si bien en Lenguaje (como se llamaba en aquel tiempo) no me iba tan mal como en matemáticas, y me gustaba escribir composiciones y leer libros (de hecho en séptimo habíamos leído con entusiasmo Dailan Kifki, de María Elena Walsh), la lectura del reciente libro de Borges parecía, por lo menos, una factura pendiente endosada por la maestra a título de venganza.

Dailan Kifki era divertido, y de hecho varios de mis compañeros recibieron de regalo otros títulos de María Elena Walsh; algunas chicas recibieron Mujercitas, y otros compañeros más calificados se llevaron ejemplares de Colmillo Blanco de Jack London. Pero de ahí a que un chico de doce años leyera a Borges, existía un camino que ninguna maestra de buena voluntad que pisara suelo argentino podía transitar. Salvo la mía, que evidentemente estaba feliz por dejar de tenerme como alumno y quizá secretamente excitada por entregarme aquel volumen de la editorial Emecé que ni siquiera me intrigaba.

La cuestión es que unos días después me le animé al libro. Era el primer contacto que tenía con el escritor, de quien confieso que no conocía ni su cara (ya que la foto no aparecía en aquella edición), así como tampoco tenía idea de su biografía, y probablemente no supe en aquel momento que se trataba de un escritor ciego. Pero leí el libro de principio a fin (¿así que esto también era poesía?) y mi comentario más espontáneo y sincero fue: ‘No entendí nada, pero me encantó’.

Es que había algo puntual que me llamaba poderosamente la atención, y era que una fecha pudiera dar título a un poema o que formara parte del título, y en El Oro de los Tigres abundaban los ejemplos: ‘Nortumbría, 900, A.D’, ‘A John Keats (1795-1821)’, ‘Religio Medici, 1643’, ‘1971’.

Probablemente el origen de mi interés por la metafísica, la filosofía y la historia se remonta al poderoso hallazgo que fue para mí este libro de Borges. Leí y releí durante meses aquellos extraños poemas repletos de citas históricas, filosóficas, sociológicas, que invariablemente remitían a sucesos que en el mejor de los casos yo solo conocía de oídas y en la mayoría de los casos ignoraba. Borges me catapultó a conocer, despertó en mí una irrefrenable curiosidad por aquellos hechos inverosímiles, fantásticos, sorprendentes. Viéndolo desde la posmodernidad tecnológica actual es evidente que el gran escritor ciego estaba apelando a eso que hoy conocemos como hipertexto, cargando de significado cada renglón, más allá de la precisión estética esgrimida en cada verso.

Muchos años después de conocer la literatura borgiana, tuve una amarga discusión con un escritor apenas mayor que yo, que afirmaba que ‘después de Borges era imposible seguir escribiendo bien, por lo tanto había que escribir con espontaneidad, en lo posible mal, y por supuesto no corregir jamás lo que se escribía’. Este tipo, que dicho de paso rendía culto a autores como César Aira o Leónidas Lamborghini, entre otros nombres menos rimbombantes, aspiraba a una banalización de la literatura a modo de conjuro por la supuesta imposibilidad de escribir bien, que según él Borges imprimía de manera tácita a los jóvenes autores argentinos. Extraña manera de asumir el legado de un grande. Lo cierto es que más allá de la moda pasajera que supuso esa literatura berreta y transitoria (que de hecho nada tiene que ver con autores viscerales y autodidactas como Washington Cucurto, quien dicho de paso me merece el mayor de los respetos), yo siempre he procurado cultivar el rigor en cada página escrita, sin dudas un feliz estigma heredado de ese orfebre del lenguaje que fue Borges, quien afirmaba publicar sus textos para no seguir corrigiéndolos eternamente.

Comments are closed.