Apocalipsis en Solentiname (Alguien que anda por ahí, 1977)

Solentiname1Un perdido pueblo1, donde

Hace 42 años, un cura barbudo y desgarbado que usaba boina y cotona y escribía poesías llegó a Solentiname, un archipiélago de agricultores muy pobres situado al fondo del lago Cocibolca, a fundar una comunidad contemplativa.

A ese mismo lugar,

Más tarde, llegó el grandulón de Julio Cortázar, quien según Agudelo se aficionó a los mojitos cubanos de Solentiname, los que nunca antes había probado en Cuba a pesar de sus múltiples viajes, los vino a descubrir en ese paraíso remoto de Nicaragua.2

El cura desgarbado no es otro que Ernesto Cardenal, a quien Cortázar en el cuento lo llama poeta, que lo era, poeta y más que eso. Pero el cuento no es Cardenal ni Cortázar sino unos cuadros que el Cortázar esteta mira y vuelve a mirar, y fotografía, y surge así un momento gracioso:

Me acordé que tenía un rollo de color en la cámara y salí a la veranda con una brazada de cuadros; Sergio que llegaba me ayudó a tenerlos parados en la buena luz, y de uno en uno los fui fotografiando con cuidado, centrando de manera que cada cuadro ocupara enteramente el visor. Las casualidades son así: me quedaban tantas tomas como cuadros, ninguno se quedó afuera y cuando vino Ernesto a decirnos que la panga estaba lista le conté lo que había hecho y él se rió, ladrón de cuadros, contrabandista de imágenes. Sí, le dije, me los llevo todos, allá los proyectaré en mi pantalla y serán más grandes y más brillantes que estos, jodete.

Pero antes, Cortázar, el poeta urbano, ve, vive y describe un lugar olvidado. Se podría decir primitivo pero no, más sabe a primigenio, pues eso es lo que Cortázar nos transmite cuando describe los cuadros que pintan los campesinos:

todas tan hermosas, una vez más la visión primera del mundo, la mirada limpia del que describe su entorno como un canto de alabanza: vaquitas enanas en prados de amapola, la choza de azúcar de donde va saliendo la gente como hormigas, el caballo de ojos verdes contra un fondo de cañaverales, el bautismo en una iglesia que no cree en la perspectiva y se trepa o se cae sobre sí misma, el lago con botecitos como zapatos y en último plano un pez enorme que ríe con labios de color turquesa.

Solentiname2Pero hay una mirada más, donde triunfa toda la poesía de Cortazar:

yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo.

Las fotografías, no los cuadros, vuelan a París; son reveladas y las diapositivas (slides decíamos en una época) fueron a las cajas y las cajas al proyector, y allí está Cortázar, en un anochecer, sin cerrar las cortinas, pasándolas, viéndolas, disfrutándolas; las fotos que sacó en el lago, las de la misa que celebró Cardenal, los poetas que se juntaron en ese viaje clandestino, porque lo era, los chicos jugando después de la misa; ya viene, se dijo Cortázar con un cigarrillo, el disparador del proyector y un vaso de whisky, o de ron, no importa, y debían venir la primeras imágenes de aquellos cuadros primigenios, “la visión primera del mundo”, pero lo que vio fue el

pequeño mundo frágil de Solentiname rodeado de agua y de esbirros como estaba rodeado el muchacho que miré sin comprender, yo había apretado el botón y el muchacho estaba ahí en un segundo plano clarísimo, una cara ancha y lisa como llena de incrédula sorpresa mientras su cuerpo se vencía hacia adelante, el agujero nítido en mitad de la frente, la pistola del oficial marcando todavía la trayectoria de la bala, los otros a los lados con las metralletas, un fondo confuso de casas y de árboles.

(…) estúpidamente me dije que se habrían equivocado en la óptica, pero entonces la misa, los niños jugando en el prado, entonces cómo. Tampoco mi mano obedecía cuando apretó el botón y fue un salitral interminable a mediodía con dos o tres cobertizos de chapas herrumbradas, gente mirando los cuerpos tendidos boca arriba, (…); había que fijarse mucho para distinguir en el fondo al grupo uniformado yéndose (…). Sé que seguí; apretando el botón, mirando la esquina de Corrientes y San Martín y el auto negro con los cuatro tipos apuntando a la vereda donde alguien corría con una camisa blanca y zapatillas, dos mujeres queriendo refugiarse detrás de un camión estacionado(…), y de golpe la pieza casi a oscuras, una sucia luz cayendo de la alta ventanilla enrejada, la mesa con la muchacha desnuda boca arriba y el pelo colgándole hasta el suelo, la sombra metiéndole un cable entre las piernas abiertas (…). Nunca supe si seguía apretando o no el botón, vi un claro de selva, una cabaña con techo de paja y árboles en primer plano, contra el tronco un muchacho flaco mirando hacia donde un grupo confuso le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba,(…) y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte, y alcancé a ver un auto que volaba en pedazos en pleno centro de una ciudad que podía ser Buenos Aires o São Paulo, seguí apretando y apretando entre ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos y carreras de mujeres y de niños por una ladera boliviana o guatemalteca, de golpe la pantalla se llenó de mercurio y de nada y también de Claudine que entraba silenciosa volcando su sombra en la pantalla antes de inclinarse y besarme en el pelo y preguntar si eran lindas, si estaba contento de las fotos, si se las quería mostrar.3

Lo que había visto hizo que vuelva las diapositivas a cero y deje la sala, para ver si la humedad de su rostro era transpiración o lágrimas, y dejó que Claudine descubra por sí misma lo que había soportado, horror tras horror, unos minutos antes. Pero cuando volvió, un poco más sosegado, también extrañado de que Claudine no gritase, se halló ante ella que decía:

—Qué bonitas te salieron, esa del pescado que se ríe y la madre con los dos niños y las vaquitas en el campo; espera, y esa otra del bautismo en la iglesia, decime quién los pintó, no se ven las firmas.

Solentiname3Este cuento Cortázar lo termina en La Habana en abril de 1976. Ya sabía de la Argentina, de Chile, de Uruguay. Acaba de pasar por Nicaragua… Aquella esperanza que había sentido a fines de los sesenta y principios de los setenta se caía a pedazos por todas partes y de alguna manera debía llevarlo a su escritura.

Cómo es eso de ver una imagen por otra. Todo este cuento es bello y sereno menos cuando se dispone a ver las fotos de los cuadros, cuando esperaba encontrarse con “la visión primera del mundo” y se encontró con su destrucción. Esto último amerita una apertura: unos años después de este cuento, Umberto Eco le hace escribir a Adso de Merck, amanuense de Guillermo de Baskerville:

Cuando por fin los ojos se habituaron a la penumbra, el mudo discurso de la piedra historiada, accesible, como tal, de forma inmediata a la vista y a la fantasía de cualquiera, me deslumbró de golpe sumer­giéndome en una visión que aún hoy mi lengua apenas logra expresar. Vi un trono colocado en medio del cielo, y sobre el trono uno sentado. El rostro del Sentado era severo e impasible, los ojos, muy abiertos, lanzaban rayos sobre una humanidad cuya vida terrenal va había concluido, el cabello y la barba…

Imágenes que sin duda surgen del muy recordado texto del apóstol Juan de veinte siglos antes:

Se apoderó de mí el Espíritu, el día del Señor, y oí a mis espaldas una voz que sonaba como trompeta; «Escribe en un libro lo que veas, y manda ese libro a las siete Iglesias (…)». Me volví para ver quién me hablaba; detrás de mí había siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros vi a uno que es como Hijo de Hombre, con un vestido que le llegaba hasta los pies y un cinturón de oro a la altura del pecho. Su cabeza y sus cabellos son blancos…

Pero no es Juan quien inicia este tipo de literatura fantástica. Hacia el siglo VI a C, figura en el Libro de Daniel:

Contemplaba yo en mi visión lo siguiente: los cuatro vientos del cielo agitaron el mar grande, y cuatro animales enor­mes, todos diferentes entre sí, salieron del mar (…) y vi lo siguiente: Pusieron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestido era blanco corno la nieve; su pelo, albo como la lana blanqueada. Seguí contemplando la visión nocturna: En las nubes del cielo venía uno como hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia…

Eco toma de Juan y Juan de Daniel. ¿Habrá tomado Eco de Cortázar?, tal vez, lo que es seguro es que Cortázar también toma de Juan, y no solo el cambio en el relato, lo fantástico, sino un detalle importante: el nombre del cuento. Apocalipsis no quiere decir destrucción o profecía sino revelación; de un dios, de una musa o de quién o qué se trate. Algunas diferencias: Daniel sueña y ve, Juan oye y ve, Adso mira y ve, Cortázar ve… ¿Qué? No lo que proyectan las diapositivas sino lo que él ve, porque lo que proyectan las diapositivas es lo que luego verá Claudine. ¿Qué es lo que ve Cortázar? ¿Qué sucede? ¿Cómo es que lo que le ha sucedido a Daniel en su sueño, algo muy explicable racionalmente, no lo es en Juan que oye y ve o en Adso que mira y ve?

Vamos a otras similitudes: Daniel describe, tras unos escarceos, la imagen de alguien sentado y otro ante su presencia; Juan, tras algún detalle, también nos pone ante alguien; Adso hace lo mismo; y Cortázar inicia sus visiones con alguien: yo había apretado el botón y el muchacho estaba ahí. Sabemos que las visiones de los otros autores, bíblicos o no, continúan, y que en los bíblicos abundan cantidades; lo hace también Cortázar pero en menor medida: se centra en las imágenes, que son varias, sucesivas y reveladoras como en todos lo ejemplos aquí vistos.

Cabe una diferencia fundamental: En Daniel, Juan y Eco las imágenes son fantásticas, fantasmagóricas si se quiere; en Cortázar son reales.

Por último, una especulación confrontable; dijimos: Apocalipsis no es profecía (lo que va a ser), es revelación (lo que es), haya sido un sueño o no. Daniel, Juan, Adso y Cortázar ven. ¿Cortázar ve o ya había visto y lo lleva al papel en este cuento? (El libro de Manuel, sus recortes de diarios, lo demostraría). No se puede asegurar que Cortázar se apoya en lo ya visto para trucar lo que el personaje Cortázar ve y no proyectan las diapositivas, pero sabemos que no es especulador en sus cuentos sino que escribe (como dijera Lispector) distraídamente, esto es, dejando venir. Cortázar en este cuento, en el cambio de imágenes, opone al mundo contemplativo creado por Cardenal el de la destrucción creada por los intereses por demás poderosos. Podemos decir que Cortázar vio esa oposición dentro de sí mismo.

Por suerte Solentiname existe, como existe la posibilidad de confrontar lo que llamo tesis del cuento. Es el siguiente paso y no depende de mí.

 


 

[1] Las imágenes son las fotos que Cortázar obtuvo de los cuadros. Fuente: Cortázar de la A a la Z, Aurora Bernárdez, Carlos Álvarez Garriga y Sergio Kerna, Alfaguara, Bs. As, 2014.

[2] En http://otraamerica.com/la-revolución-de-solentiname/1883

[3] Lamentablemente debí sintetizar; vayan al cuento completo.

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