Adentro y afuera en épocas de pandemia

Y de pronto, un día, eso que veíamos en las noticias, eso que ocurría del otro lado del mundo, en extremo oriente, llegó a nuestra ciudad. Un día nos dijeron que no había que salir. Entonces nos quedamos. Y ese afuera al que estábamos acostumbrados desapareció, como si se tratara de un pase mágico. Cuando volvimos a salir, todo fue distinto, como una distopía remanida vista en una película de Hollywood que reitera lugares comunes, pero en la realidad. Ya no podíamos acercarnos a los demás, no podíamos estar en un mismo espacio más que una determinada cantidad de personas. Teníamos que guardar distancia. Comenzaba una dinámica nueva: el adentro se había vuelto un refugio. Pasado un tiempo uno necesita salir de ese refugio, pero el afuera es una intemperie amenazante ahora. Sin embargo, queremos salir, luego de acumular fantasías y expectativas que se remontan a un pasado inmediato; y cuando efectivamente salimos, sobreviene el desencanto. Estar afuera se ha vuelto agotador. Hay una serie de protocolos que cumplir: El alcohol en gel, el trapo de piso con lavandina para los zapatos, lavarse las manos una y otra vez, sin cesar. Y adentro buscarse una actividad que supla esa certeza que nos recorre como un fantasma: estamos adentro porque afuera no se puede. Adentro deseamos que llegue el día en que nos toque salir, y cuando estamos afuera no vemos la hora de salir de esa paranoia agobiante que se respira en las calles para volver a encerrarnos.

El espacio se volvió pequeño y hostil. Pero es una hostilidad que no puede comprenderse, si bien se la entiende. Hay algo en algún lugar del cuerpo que se niega a esta certidumbre, que desearía saltarse todos los protocolos y salir, liberarse del refugio de una vez y enfrentar el mundo pase lo que pase. Pero no podemos. Nos distraemos adentro con diversas representaciones cinematográficas o televisivas de un afuera que ya no es. Un afuera radiante y luminoso, pero de ficción. Contemplamos sin saberlo un mundo ido, anterior. Mientras dura la ficción, disfrutamos de un momento de plenitud, como si esas imágenes nos devolvieran a un pasado, casi presente, que era nuestro, que formaba parte de lo cotidiano y teníamos incorporado como un reflejo a nuestra vida, queriendo que mejorara, aspirando a más, sin percatarnos de que en unos pocos días más adelante nos esperaba una pandemia. El espacio nos confina y nos obliga a un régimen temporal que constituye un desafío: es una oportunidad para vernos, para tomar distancia de aquella rutina ciega en la que estábamos sumergidos. Al planeta le va a hacer bien, nos decimos, como si esa no fuera una abstracción consoladora ante el rigor del inmediato presente. ¿Y ahora? ¿No estamos acaso sumergidos? El afuera y el adentro se han trastocado tanto que nos han inoculado una inubicuidad nueva. Se nos ha roto la brújula. No sabemos dónde estar. Los cuartos de la casa son frecuentados una y otra vez, y el horario flexible de las comidas nos va marcando el tiempo. Diversas actividades lo ocupan, y entre los breves intervalos entre una y otra constatamos que ha amanecido, que está atardeciendo, que ya es de noche.

Por la televisión no cesan las estadísticas diarias de contagios nuevos, de nuevas muertes, y seguimos los datos, los contrastamos con los del día anterior, de la semana anterior. Sin embargo, todo aquello parece tan irreal como cuando salimos a hacer las compras y nos encontramos con rostros adustos haciendo fila cada uno detrás de su barbijo. Esperando poder ingresar al almacén o al supermercado, acumulando provisiones para otro período de encierro. Y, más allá de ese adentro y ese mundo de afuera, esta nueva rutina forzosa nos va comiendo las ilusiones, las ganas de volver a una vida completa, como si se tratara de amoldarse una vez más. Somos seres que se han adaptado hasta la mansedumbre, a la espera de que algo cambie. Pero el cambio ya ocurrió y nos obligó a este confinamiento, el cambio que esperamos, ese que suele verse en una serie o en una película y que nos permite hacer por fin, catarsis, no ocurrirá. Tendremos como siempre que esperar, distraernos o concentrarnos, pero en estado de espera. Hasta que termine la cuarentena.

1 Comentarios

  1. Hola Maxi, por suerte guardé en mis favoritos a Tantalia, entiendo la ansiedad, tengo hijos cincuentones y más jóvenes que sufren el encierro, yo pasé los setenta y disfruto de mi casa, sobre todo de mis libros, algunos recomendados por vos en tu taller, Flannery O Connor, Doris Lesssing, Elena Poniatovska, Katherine Mansifield y mis favoritos, Carson McCullers, Joyce Carol Outes, biografías de reconocidos, y en estos momentos Jane Eyre!!! me ayuda a pensar en épocas muy diferentes, te mando un saludo, siempre agradecida por lo que aprendí, un abrazo! MaCristina

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