La otredad

Otredad significa no percibir al otro como igual. Instalada esa diferencia, cabría pensar cuán distinto o lejano se nos aparece ese otro. Está visto que la capacidad de reconocer y respetar al otro debe ser una construcción cultural necesaria para cualquier convivencia en comunidad. Ese carácter único e irrepetible de cada uno de nosotros suele ser borrado o negado en especial a través de los medios masivos de comunicación que continuamente están filtrando -de manera fascista- los estereotipos.

Se trata de la aceptación de la diversidad. Cuando la otredad se alimenta socialmente hablando de la alteridad como opuesto a lo propio es que comienza la violencia. No puede aceptarse al otro pues carece de lo que somos. El rechazo desemboca en la necesidad del exterminio. En esta alteridad se manifiesta un etnocentrismo que funciona con categorías en las que se habla de cultura superior o inferior: el bárbaro, el salvaje, el negro, etc. Donde esa inferioridad justifica cualquier tipo de vejación y atropello. De lo que entonces es de reconocer la diversidad cultural sin implicar valorizaciones a priori sobre ella.

Tantalia intenta bucear en este número en los conceptos de otredad y alteridad representados en la literatura, el cine, y también en la Historia y los ámbitos educativos, que constituyen el germen formativo de las tendencias antes mencionadas; pero tratando el tema desde una perspectiva abierta en perpetuo cambio, sin encerrarnos en concepciones que bloqueen la posibilidad permanente de un diálogo permanente y multilateral.

Otredad y alteridad: ¿máscaras de un rostro idéntico o voces en pugna? Ruido de fondo: apresurar una respuesta puede conllevar a un error fatal. Es preciso rodear la pregunta, un instante. Un error fatal: prolongar una respuesta sobre una premisa falsa. O hacerlo sin al menos sugerir, que es posible otra escena oculta tras la aparente trama central. Revisar las premisas. Recomponer la pregunta, tal vez. Veamos: ¿tiene la otredad voz propia o es un concepto hablado por una premisa oculta? ¿La diferencia, quizá? Diferencia es un buen punto de apoyo para una interrogación. Acaso porque dialoga cara a cara con el corazón mismo de la política occidental. La lógica aristotélica.

Principio de identidad. O una perífrasis de aquello que Camus veía en el concepto de suicidio. Solo que aquí ya no se trata de preguntas y respuestas sino de acciones. Proteger ese principio tras la cualidad de axioma y prodigarse en elocuencias infinitas a favor de los otros es cuando menos un contrasentido.

Acciones. He aquí la lógica de la diferencia: ser un proceso que resiste cualquier maniobra instituyente. Aunque se llame otredad y acuda rodeada de buenas intenciones.

El extranjero

Solo su apellido, Mersault. Oficinista. Literal en sus palabras, casi ajeno, un forastero. Atrapado por el tiempo detenido de una playa sofocante, abrumado por el brillo del sol en el acero de un cuchillo, exhibido por un árabe (sin un nombre ni apellido), es decir, no un hombre, un árabe; se crispa su mano dentro del bolsillo y le dispara. Primero una vez. Lo mata. Luego cuatro veces más.

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